Consagrados a María

La Virgen, modelo de oración

El Papa Benedicto XVI ora ante la imagen de la Virgen de Fátima, durante la visita a su santuario en mayo de 2010

En sus seis años de pontificado, Benedicto XVI ha visitado muchos de los santuarios marianos más importantes del mundo. El Papa ha explicado claramente su objetivo: «una Iglesia realmente mariana», una Iglesia que ponga en el centro a Jesús

En el programa que emitió la televisión pública italiana, el Viernes Santo, un telespectador le preguntó al Papa si piensa renovar la consagración del mundo a María en el inicio de este nuevo milenio. Benedicto XVI recordó la consagración que hicieron Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II, en respuesta a la solicitud de la Virgen en Fátima.

Ahora -dijo-, lo importante es «interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting…, siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración». Y concluyó: «Por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero sí quisiera invitar a todos a unirse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día, y crezca así una Iglesia realmente mariana».

¿En qué consiste esa Iglesia mariana? «¡Cuán necesario es -dijo el Papa en el santuario de Altötting, en su Viaje a Baviera de 2006-, tanto para la vida de cada persona, como para la convivencia de todos, ver a Dios como centro de la realidad y de nuestra vida personal! El ejemplo por excelencia de esa actitud es María. Ella, durante toda su vida, fue la Mujer de la escucha». La Virgen «nunca se pone en el centro, sino que quiere guiarnos hacia Dios, a Quien acude confiada, pero humilde. Lo vemos en las bodas de Caná. No tienen vino, le dice a Jesús. No le pide nada en particular -subraya el Papa-, y mucho menos que Jesús realice un milagro produciendo vino. Simplemente, informa a Jesús, y le deja decidir lo que conviene hacer».

Una zarza ardiente en el pecho

Vemos en este episodio, «por una parte, su afectuosa solicitud por los hombres, la atención maternal que la lleva a percibir los problemas de los demás», pero, con su actitud, además, la Virgen «nos enseña a rezar: no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o razonables que nos parezcan, sino presentárselos a Él, y dejar que Él decida lo que quiera hacer…, convencidos de que su respuesta será lo mejor para nosotros».

 

En Lourdes, «durante las apariciones -explicó el Papa en este santuario en 2008, al conmemorar el 150 aniversario de aquellos sucesos-, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Ello confirma el carácter profundamente teocéntrico del Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo». Porque de eso se trata. Ni la Virgen «ni nosotros tenemos luz propia: la recibimos de Jesús», dijo el Papa en mayo de 2010, en Fátima. Cristo es como el fuego en «la zarza ardiente, que en otro tiempo atrajo a Moisés en el Sinaí, y que no deja de seducir a los que perciben una luz especial en nosotros, que arde sin consumirnos. Por nosotros mismos, no somos más que una mísera zarza, en la que, sin embargo, se ha posado la gloria de Dios».

El Papa recordó las descripciones de los pastorcillos de ese fuego: «Jacinta exclamaba: Me gusta mucho decirle a Jesús que lo amo. Cuando se lo digo muchas veces, parece que tengo un fuego en el pecho, pero no me quema. Y Francisco decía: Lo que más me ha gustado de todo, fue ver a Nuestro Señor en aquella luz que Nuestra Madre puso en nuestro pecho».

Todos, de alguna manera, estamos invitados a contemplar así el rostro de Cristo. Explicaba el Papa: «Dios -más íntimo a mí de cuanto lo sea yo mismo- tiene el poder para llegar a nosotros…, de manera que el alma es tocada suavemente por una realidad que va más allá de lo sensible y que nos capacita para alcanzar lo no sensible. Por esta razón, se pide una vigilancia interior del corazón que muchas veces no tenemos, debido a las fuertes presiones de las realidades externas y de las imágenes y preocupaciones que llenan el alma».

Para conseguirlo, tenemos la ayuda inestimable de «nuestra Madre bendita», que «ha venido desde el cielo, ofreciendo la posibilidad de sembrar en el corazón de todos los que se acogen a ella el amor de Dios que arde en el suyo».

R.B.

Fuente: Alfa y Omega > Nº 738 / 19-V-2011 > Contraportada.

Agradecimiento a  Julia A.

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