Contemplativos en medio del mundo

Contemplativos en medio del mundo

La vida frenética, los ritmos que la sociedad nos impone, las cosas que hacer o que pensar llenan a menudo nuestras jornadas y nuestros razonamientos. Quisiéramos tener más tiempo para nosotros, para nuestra familia, para nuestras tareas o para estar más en contacto con la creación…. Pero el cristiano tiene una obligación más que el resto de los mortales: la de buscar el tiempo necesario para mantener un contacto vivo con el Señor a través de la oración, y así garantizarse un diálogo con la fuente de su mismo bien.

De esto no puede prescindir en absoluto, porque la correcta relación con la vida espiritual de cada uno es condición esencial para una vida serena, desde la perspectiva de Dios. Pero ¿Cómo llegamos a esto de manera concreta? Es justo y razonable que nos lo preguntemos, ya que además de los “agentes externos” que asaltan” nuestro tiempo, también hay “enemigos” interiores – como la distracción, la pereza, la superficialidad…- que atraen nuestra atención y nos alejan del intento.

Un bellísimo texto de Jean Lafrance –Aprender a orar con S. Isabel de la Trinidad– nos puede ayudar a vivir en continuo recogimiento interior y a permanecer constante  mente unidos a Dios, incluso cuando estamos ocupados en otros quehaceres.

Analicemos juntos algunos párrafos: Un movimiento que nos lleva al corazón “Hay un movimiento interior en la espiritualidad de Isabel, hermana carmelita de principios del siglo XX, que lleva a las almas a adherirse perfectamente a Dios; es un movimiento de retorno al centro de si mismo. Debemos bajar hasta nuestro corazón y recogernos….

Escribe Isabel: “Debemos unir todo nuestro ser al silencio interior, recoger todo nuestro poder y dedicárselo al amor, y tener esa mirada humilde que permita a la luz de Dios de irradiarnos. Un alma que discute con su propio yo, que se ocupa de sus sensibilidades personales, que sigue un pensamiento inútil o un deseo cualquiera, ese alma desperdicia su poder….¡Cuánto indispensable es esta bella unidad para el alma que desea vivir aquí en la tierra una vida santa, sencilla y espiritual! “

 

Los vehículos del viaje interior

¿Cómo alcanzar un tal recogimiento cuando nuestra vida nos obliga a estar desperdigados, a afrontar tantos problemas en tan diversos lugares? ¿Y cómo alcanzar esa unidad ante todos esos combates que la vida cotidiana nos presenta y que nos hace vivir superficialmente? Ante todo, digamos que la vida contemplativa puede ser vivida en medio del mundo, de nuestro mundo….Pero existen medios de los que no podemos prescindir, si deseamos vivir en la intimidad teniendo a Dios en el centro de nuestro corazón.

El “recogimiento” en el sentido interpretado por Isabel, es uno de los medios indispensables para estar unidos a Dios. Ello no conlleva el retirarse a una celda o hablar lo menos posible: es de echo, una actitud fundamental por la cual el corazón del hombre halla reposo solo en Dios, ya que los ruidos exteriores, y los interiores de la sensibilidad, no llegan ya a deshacer esa unidad con Dios.

Así, en la práctica, podemos ver a muchos hombres que, relacionándose con sus prójimo y desempeñando su oficios, permanecen siempre abiertos a Dios, quedando su acción tan purificada que ya no les distrae mas de Dios. Estos hombres conocen el valor del silencio exterior, porque es condición del silencio interior. “No se trata de una separación externa de las cosas exteriores, sino de una soledad del espíritu” escribe la carmelita. Debemos evitar la oposición entre exterioridad e interioridad. Nuestros contemporáneos son bastante escépticos ante la expresión “vida interior”, y tienen razón, porque ésta es a menudo sinónimo de fuga, por eso es preferible hablar de “vida espiritual” (…)

El silencio que purifica el amor

Este silencio interior debe extenderse al entero ser, sobre todo al espíritu, ya que hace callar a los pensamientos inútiles, a los razonamientos vagos que debilitan nuestra voluntad y secan el amor. Ésta calma a la imaginación, atenuando las emociones, las tristezas y el molesto ruidoe nuestras ideas; purifica la memoria imponiendo el silencio sobre el pasado con sus esilusiones y amarguras….Silencio en las angustias del corazón, en las penas del alma, silencio del abandono. El hombre que se estabiliza en este silencio interior se olvida de si mismo, deja de lamentarse, y de consolarse: queda distanciado de si mismo (…).

El “movimiento de recogimiento”, por tanto, es decisivo para la oración, porque coloca al alma en intimidad con Dios, haciendo que, aún callando, esté en oración. En un solo acto, prescindiendo de palabras, ésta adora, se ofrece a Dios y reposa en El. Es el silencio de la eternidad….”.

La Redacción

 Eco de Maria Reina de la Paz 214 (Marzo-Avril 2011)

Link para descargar Eco en pdf completo

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