Dios, omnipotentemente débil…

     En el Sagrario, la sosegada sal sencilla de esta luz, tu Cuerpo, destila silencios o invisibles palabras de presencia, sabiduría y misterio.

   

      Vengo ante ti para adorar. Estás tan pleno y puro aquí, pequeño y escondido. Late tu sangre vid ardiente más allá de los oros que no encierran ese río de fuego y dolor, amor, vertiéndose a la ribera de mis ojos.

   

    Callo, me asombro, me rindo. Escucho. Nos fundimos, me abrazas en esta distinta unidad de corazones, sin espadas, conquistas la carne perdida de mi herida.

      Me sumerjo y mis ojos son aguas libradas al  rojo mar de tu costado abierto. Dios,  omnipotentemente débil te ofreces, sin medida, extremo don a mi pobreza y mis vacíos, a mis miedos, a todo cuanto mata la vida y la abundancia que tu Cuerpo y tu Divinidad procura en mi.

   

      Estás. Adoro. Aún cuando no soy. Adoro. Tu Eres. Y sin lucha me vences… y en esta derrota prodigiosa me gano, me vierto y callo. Asombro. Amor, tu pequeñísimo hijito se lanza a tu regazo.

     

     Fiat. Abba. Gracias.

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