Confidencia… Jacques Loew

CONFIDENCIA DE UNA EXPERIENCIA DE VIDA

 [Nota biográfica sobre Jacques Loew]

A la edad de veinticuatro años, “descubrí” a Dios.

Y desde entonces –hace ya veinte años de esto- no he cesado de encontrar un gozo que se renueva cada día, una fuerza y una felicidad que renacen sin cesar en medio de esta gran certeza: Dios existe, esto es cierto, Dios existe y me ama. Y sin embargo, veo a mi alrededor a la inmensa mayoría de mis compañeros de trabajo o de barrio que dudan de la existencia de ese Dios. ¿Puedo esperar que llegaré algún día a hacerles compartir mi seguridad y mi dicha?

Desde hace veintisiete o veintiocho años, yo me pregunto acerca de Dios. Y hace más de diecisiete años que hombres y mujeres me plantean las mismas preguntas que yo me hacia a mí mismo…

¿No creéis que esto me ha dado un poco de experiencia?

Si os parece que sí, yo os diré cuál es, en mi opinión, la principal dificultad que encontramos cuando buscamos a Dios. Es que muchos buscan a Dios, pero toman, sin darse cuenta, la ruta opuesta a la que verdaderamente conduce hacia él. Les sucede como a esos técnicos que construyen, reúnen materiales, trazan planos, comprueban si aquello marcha o no. Así fabrican un cohete extraordinariamente perfecto y lo lanzan al cielo. De lo que se trata es de construir, de trabajar, de alcanzar una meta.

Pero, cuando se trata de buscar a Dios, tal actitud fracasa siempre. La verdadera búsqueda de Dios se parece, por el contrario, a la actitud de un hombre que, después de haberse sentado, escucha. Y es lógico que sea así, porque, en definitiva Dios no es algo que hay que construir o que hacer, sino que es alguien a quien hay  que recibir.

 

Y cuando se recibe a alguno, hay que empezar por sentarse y escuchar.

Sentarse y escuchar no supone dimisión ni pereza, Siempre lo hacemos cuando queremos dejarnos impregnar por una verdad que nos parece demasiado grande para nosotros.

Para saber el secreto de un amigo, yo no tengo más que un medio, que es el de escucharle, sobre todo cuando adivino que este amigo tiene que decir cosas grandes que yo ignoro.

Pero si yo hablo todo el tiempo, no conoceré jamás el secreto de mi amigo, aunque mis palabras giren, desde el principio hasta el fin de nuestra conversación, en torno a su secreto.

Así sucede que muchos de nosotros buscan sinceramente a Dios, pero no lo escuchan nunca. Se fabrican un Dios según su idea y la vida se encarga muy pronto de demostrarles que su idea era equivocada. Entonces, unos vuelven a comenzar de nuevo y otros se desaniman y abandonan la tarea. Pero no se han preguntado si, acaso, después de todo, no les ha dicho Dios mismo quién era él, no se han preguntado si Dios no les había hablado de sí mismo, si no  es él su propio testigo.

Por otra parte, esta actitud nuestra no es nueva: es la de la vieja historia de los hombres de la torre de Babel: “Construyamos una ciudad y una torre cuya cima penetre en el cielo…”

Ya veis, querían alcanzar a Dios por sus propias fuerzas, intentaban elevarse por sí mismos hasta él. Y ya sabemos la confusión que siguió a su intento. No se encuentra a Dios construyendo se cada cual por sí mismo una Iglesia y una religión en la que uno pueda instalarse para encontrar allí a Dios

Se  encuentra a Dios, cuando se dice, como el adolescente Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Cuando una verdad es demasiado elevada para nosotros, necesitamos buscar y escuchar a alguno que esté a la altura suficiente para comprenderla y explicárnosla. Dios no está al nivel del hombre. Está al nivel de Dios. Sólo Dios puede hablar de Dios. Sólo Dios puede descubrir a Dios. Cuando se ha llegado a comprender esto, ya queda poco para descubrir a Dios.

Pero hace falta mucho tiempo para comprenderlo.

Escuchad estas palabras, separadas la una de la otra por varios millares de años. Una es del Cantar de los cantares, de esa poesía judía ardiente de amor y de búsqueda:

“En mi cama, por la noche,

buscaba al amor de mi alma:

lo busqué y no lo encontré.

Me levanté

y recorrí la ciudad

por las calles y las plazas,

buscando al amor de mi alma;

lo busqué y no lo encontré.

Me han encontrado los guardias

que rondan por la ciudad:

-¿Visteis al amor de mi alma?

Pero apenas los pasé,

encontré al amor de mi alma:

lo agarré

y ya no lo soltaré,

hasta meterlo en mi casa… “

Esto se escribió hace dos mil quinientos años.

Y como un eco de hoy, una niña de dieciocho años, carmelita de Lisieux –Teresa del Niño Jesús–, escribía a su hermana, hablando de Dios: “Antes se cansará él de hacerme esperar que yo de esperarlo”.

Jacques Loew “He buscado en la noche”. S. Educación Atenas, Madrid, 1972, pp. 11-14

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Una respuesta

  1. porque, en definitiva Dios no es algo que hay que construir o que hacer, sino que es alguien a quien hay que recibir . Mil gracias por esta reflexión unidos en oración

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