La conversión como transformación en Cristo. Benedicto XVI, Homilía Vísperas por la Unidad de los Cristianos

BENEDICTO XVI.

Extracto homilía en Vísperas al final de la

Semana de Oración por la Unidad de los cristianos

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«Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor» (cf. 1 Co 15, 51-58).

El significado de esta misteriosa transformación, de la que nos habla la segunda lectura breve de esta tarde, se muestra admirablemente en la historia personal de san Pablo. A continuación del acontecimiento extraordinario que tuvo lugar en el camino de Damasco, Saulo, que se distinguía por el celo con que perseguía a la Iglesia naciente, fue transformado en un apóstol incansable del Evangelio de Jesucristo. En el caso de este evangelizador extraordinario aparece claro que esa transformación no es resultado de una larga reflexión interior, y tampoco fruto de un esfuerzo personal. Es ante todo obra de la gracia de Dios que obró según sus caminos inescrutables. Por ello san Pablo, al escribir a la comunidad de Corinto algunos años después de su conversión, afirma, como hemos escuchado en el primer pasaje de estas Vísperas: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado» (1 Co 15, 10).

Además, considerando con atención la vicisitud de san Pablo, se comprende cómo la transformación que él experimentó en su existencia no se limita al plano ético —como conversión de la inmoralidad a la moralidad—, ni al plano intelectual —como cambio del propio modo de comprender la realidad—; se trata, más bien, de una renovación radical del propio ser, similar, por muchos aspectos, a un volver a nacer.

Una transformación semejante tiene su fundamento en la participación en el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, y se delinea como un camino gradual de conformación a él. A la luz de esta consciencia, san Pablo, cuando a continuación será llamado a defender la legitimidad de su vocación apostólica y del Evangelio que anunciaba, dirá: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Ga 2, 20).

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