NO QUEDAR PARALIZADOS POR NUESTRO PASADO

VII Domingo del T.O – Ciclo B (Mc 2,1-12)
Por José Antonio Pagola

 

Vivir reconciliado consigo mismo es una de las tareas más difíciles de la vida. De hecho son bastantes los que viven interiormente divididos, rebelándose continuamente contra su propio ser, descontentos de sí mismos, sin aceptarse ni amarse tal como son.
A estas personas se les hace muy difícil portarse bien consigo mismas cuando se sienten culpables. Lo más fácil es enfadarse, denigrarse a sí mismo, condenarse interiormente: «Siempre seré el mismo, lo mío no tiene remedio». Es la mejor manera de paralizar nuestra vida.

Estas personas no pueden sentir el perdón de Dios, porque no saben perdonarse a sí mismas. No pueden acoger su amor, porque no saben amarse. Solo mirándome con piedad y misericordia, como me mira Dios, solo acogiéndome como él me acoge, puede mi vida renovarse y cambiar.

De nada sirve condenarnos y torturarnos, tal vez con la esperanza secreta de aplacar así a Dios. No necesitamos de ninguna autocondena para que él nos acoja. No es bueno hundirnos o rebelarnos. No es esto lo que más nos acerca a Dios, sino la compasión con nosotros mismos y con nuestra debilidad.

Como dice el conocido maestro espiritual Anselm Grün, la llamada de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso», incluye la misericordia para consigo mismo. Tenemos que ser también misericordiosos con los enemigos que todos llevamos dentro.

El relato evangélico de Marcos nos habla de la fe de los que conducen al paralítico ante Jesús, pero nada se nos dice de la actitud interior del enfermo. Al parecer es un hombre paralizado físicamente y bloqueado interiormente. Jesús lo cura con el perdón: «Hijo, tus pecados quedan perdonados»; puedes vivir con un pasado ambiguo y oscuro; estás perdonado; no permanezcas paralizado por tu pecado; Dios te acoge; levántate y toma tu camilla, asume tu responsabilidad y vive con paz.

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3 comentarios

  1. Gracias Señor por tu misericordia infinita…

    • deseo fortalecer mi fe quepuedo hacer

      • Estimada hermana, nuestra fe es un regalo que recibimos de Dios, para fortalecerla abramos nuestro corazón a su amor en primer lugar. Puede ayudarnos acoger a nuestra Madre, orar con Ella. Con el Rosario obtendremos todo lo que necesitamos.

        La fe es un don y una virtud a la vez, como don ya la recibimos en el bautismo, como la esperanza y la caridad, -esa es la parte de Dios, como la salvación: Jesús ha muerto y ha resucitado por cada uno y todos los hombres pero debemos acoger esta salvación en nuestra vida con un sí personal, aceptando al Jesus como nuestro Señor y Salvador; la nuestra es practicar y pedir la virtud para crecer esa semila ya depositada en nosotros desde el Bautismo por la gracia de Dios y su Espíritu Santo- en este sentido nuestra fe debemos hacerla crecer con actos, como nuestra caridad crece con actos de ella y nuestra libertad, igual.

        No hay atajos, para esto no recetas. Hay el orar cada día, hay el caminito de las almas pequeñas, la confianza, la vida sacramental es ya vida de fe, la vida en la Iglesia. Dificil y falso es crecer en la fe sin estar unido a la Iglesia, a nuestros pastores y sacerdotes, a los hermanos, a una parroquia, y dentro de esta a algún grupo de oración, de reflexión o piedad: esto nos ayudará a crecer.

        Es importante vivir y celebrar los sacramentos, la confesión regular, la dirección espiritual, la buena lectura… Para mi la consagración al Inmaculado Corazón de Maria, caminar con Maria con el rezo diario del Rosario ha sido una gran transformación. Te invito a descubrirlo desde la paginas del libro “Déjate-amar”, que puedes consultar y descargar gratuitamente desde el enlace del blog en el icono de la barra lateral; en el cuenta la experiencia y los mensajes de Fabiana Corraro de Meana y el Movimiento Laical Mariano de Almas Pequeñísimas.

        Nuestra fe es en definitiva un relación de confianza en Dios, y la relación con Dios se alimenta y crece mediante la oración y la intimidad con Dios. Vida de fe y vida de oración se dan la mano.

        Espero que esta breve reflexión y experiencia compartida te sean de utilidad, te encomiendo a nuestra Madre que te acoja en su Inmaculado Corazón y en él te guie a una mayor intimidad con nuestro Señor y fortalezca en tu vida de fe. Que sientas el Amor de Dios y de nuestra Madre del Cielo en tu corazón.

        Fraternalmente, en Jesús y Maria

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