Primer domingo de Cuaresma. Joseph Ratzinger

MEDITACIONES PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

JOSEPH RATZINGER

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lc 4,1): con su bautismo, Jesús dio  comienzo a su misión pública de Siervo de Dios, de Cordero de Dios, de Hijo del hombre,  de Mesías.

Recibir el bautismo de manos de Juan fue un acto de penitencia, acto que se iniciaba con  la confesión de los pecados (Mc 1,5; Mt 3,6). Descendiendo al río y haciéndose lavar,  Jesús realiza un gesto de humildad, una humilde súplica de perdón y de gracia. En otras  palabras: este descendimiento es una muerte simbólica al hombre viejo para alcanzar la  gracia de una vida nueva. Jesús, el Cordero sin pecado, se incorpora a la fila de pecadores  que espera -por así decirlo- ante el confesonario; con este gesto se hace uno de tantos  pecadores que reciben el sacramento de la penitencia. Esto significa que en este preciso  momento comienza su hora, la hora de la cruz. Jesús se hace nuestro representante y  carga sobre sí nuestro yugo.

BAU/MISION: En adelante, ya no hay vida privada para El; su vida es obediencia plena a  la voz del Espíritu. Su vida es enteramente misión: representa nuestra vida ante el Padre;  es, pues, en lo más íntimo y profundo de su realidad espiritual, vida «para» nosotros.  Cuando recibimos el bautismo, nos introducimos en su bautismo. El bautismo cristiano  señala el momento en que entramos en su vida, en este «para», que es la esencia de la  humanidad del Hijo de Dios. En consecuencia, ser bautizado exige participar en la  obediencia del Hijo, en la obediencia de aquel que no hace su voluntad, sino la voluntad del  Padre bajo la dirección del Espíritu Santo.

DESIERTO/QUÉ-ES: Pero volvamos al texto: el Espíritu lleva a Jesús al desierto. ¿Qué  sentido tiene esta sorprendente conducción? Reflexionemos un poco sobre qué significa «el  desierto».

1. El desierto es el lugar del silencio, de la soledad; es alejamiento de las ocupaciones  cotidianas, del ruido y de la superficialidad. El desierto es el lugar de lo absoluto, el lugar de  la libertad, que sitúa al hombre ante las cuestiones fundamentales de su vida. Por algo es el  desierto el lugar donde surgió el monoteísmo. En este sentido, es lugar de la gracia. Al  vaciarse de sus preocupaciones, el hombre encuentra a su Creador.

Las grandes cosas comienzan siempre en el desierto, en el silencio, en la pobreza. No se  puede participar en la misión de Jesús, en la misión del Evangelio si no se participa en la  experiencia del desierto, sin sufrir su pobreza, su hambre. Aquella bienaventurada hambre  de justicia, de la que nos habla el Señor en el Sermón de la Montaña, no puede nacer  estando el hombre harto de todo. Y no olvidemos que el desierto de Jesús no acaba con  estos cuarenta días. Su último desierto, su desierto extremo, será el del salmo 21: «¡Dios  mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Y de este desierto brotan las aguas de la  vida del mundo.

Estos Ejercicios quieren ser un momento de desierto en medio del tráfago de nuestras  ocupaciones. Roguemos al Señor que nos lleve de su mano, que nos permita descubrir  aquel silencio profundo donde habita su palabra (cf. Sb/18/14: «Dum medium silentium  tenerent omnia… omnipotens sermo tuus venit de caelis…»).

2. El desierto es también el lugar de la muerte: allí no hay agua, elemento fundamental de  la vida. Y así, este lugar, de ardiente y cruda luminosidad, se muestra como el extremo  opuesto de la vida, como abismo peligroso y amenazante. En el Antiguo Testamento, la  soledad forma parte de la muerte: el hombre, como persona, vive de amor, vive de relación,  y precisamente en este sentido es imagen del Dios Trinitario, cuyas personas son  relationes subsistentes, acto puro de la relación del amor. El desierto, por tanto, no es  únicamente la región que destruye la vida biológica; es también el lugar de la tentación, el  lugar donde se pone de manifiesto el poder del diablo, del «homicida desde el principio» (Jn  8,44). Al entrar en el desierto, Jesús se pone al alcance de este poder, se enfrenta con este  poder, continúa el gesto de su bautismo, el gesto de la Encarnación; no sólo se sumerge en  las aguas profundas del Jordán, sino que también baja a las profundidades de la miseria  humana, hasta sumergirse en las regiones del amor quebrantado, en aquellas soledades  que invaden de un extremo al otro este mundo herido por el pecado. Un teólogo del siglo V  decía: Jesús bajó a los infiernos cuando se encontró con Caifás. ¡Cuántas veces Jesús  encuentra a Caifás, aun en nuestros días! De ahí podemos tomar pie para meditar qué  significa «seguir a Jesús».

Por otra parte, este descender Jesús a la soledad expresa la infinitud del amor divino y  confirma las maravillosas palabras del salmo 138: «Si subiere a los cielos, allí estás tú; si  bajare al seol, estás presente» (v.8).

NU/000040-AÑOS: 3. Al entrar en el desierto, Jesús entra también en la historia de la  salvación de su pueblo, del pueblo elegido. Esta historia comienza a raíz de la salida de  Egipto, con los cuarenta años de peregrinación a través del desierto; en el centro de estos  cuarenta años están los cuarenta días de Moisés en el monte: días con Dios cara a cara,  días de ayuno absoluto, días de alejamiento del pueblo en la soledad de la nube, en la cima  del monte; de estos días brota la fuente de la revelación. Los cuarenta días aparecen de  nuevo en la vida de Elías; perseguido por el rey Ajab, el profeta camina durante cuarenta  días por el desierto, volviendo así al punto de origen de la alianza, a la voz de Dios, para un  nuevo principio de la historia de la salvación.

Jesús entra en esta historia, entra en las tentaciones de su pueblo, en las tentaciones de  Moisés; como Moisés, ofreció el sagrado canje: ser borrado del libro de la vida para salvar  a su pueblo. De este modo, Jesús será el Cordero de Dios que carga sobre sí los pecados  del mundo, el nuevo Moisés que está verdaderamente «en el seno del Padre» y, cara a  cara con El, nos lo revela. El es verdadera fuente de agua viva en los desiertos del mundo;  El, que no sólo habla, sino que es la palabra de la vida: camino, verdad y vida. Desde lo  alto de la cruz, nos da la nueva alianza. Con la resurrección, el verdadero Moisés entra en  la Tierra Prometida, cerrada para Moisés, y con la llave de la cruz nos abre las puertas del  Paraíso.

Jesús, por tanto, asume y concentra en sí toda la historia de Israel. Esta historia es su  historia: Moisés y Elías no sólo hablaron con El, sino de El. Convertirse al Señor es entrar  en la historia de la salvación, volver con Jesús a los orígenes, a la cumbre del Sinaí,  rehacer el camino de Moisés y de Elías, que es la vía que conduce hacia Jesús y hacia el  Padre, tal como nos la describe Gregorio de Nisa en su Ascensus Moysis.

Hay otro punto que me parece también importante. Jesús se va al desierto para ser  tentado; quiere participar en las tentaciones de su pueblo y del mundo, sobrellevar nuestra  miseria, vencer al enemigo y abrirnos así el camino que lleva a la Tierra Prometida. Pienso  que todo esto pertenece particularmente al oficio del sacerdote: mantenerse en primera  línea, expuesto a las tentaciones y a las necesidades de una época concreta, soportar el  sufrimiento de la fe en un determinado tiempo, con los demás y para los demás. Cuando la  filosofía, la ciencia o el poder político levantan obstáculos contra la fe, es normal que los  sacerdotes y los religiosos sientan su impacto antes incluso que los laicos; arraigados en la  firmeza y en el sufrimiento de su fe y de su oración, deben ellos construir el camino del  Señor en los nuevos desiertos de la historia. El camino de Moisés y de Elías se repite  siempre, y así la vida humana entra en todo tiempo en la única senda y en la única historia  del Señor Jesús.

Fuente: Mercaba.org

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