Bienaventuranzas de Pentecostés


Felices quienes se reúnen en torno al viento del Espíritu para dejarse transformar cada día por él.

Felices quienes se dejan conducir por la luz del Espíritu y no le ponen trabas, obstáculos, impedimentos, inconvenientes.

Felices quienes reconocen sus debilidades y se dejan fortalecer por el Espíritu de Dios.

Felices quienes viven la novedad radical del Espíritu, para no quedarse nunca anclados en el pasado, vivir la realidad del presente y estar abiertos a la sorpresa del futuro.

Felices quienes se dejan rejuvenecer por el Espíritu y dejan colgados en el perchero del olvido los viejos vestidos llenos de remiendos.

Felices quienes se dejan fascinar y refrescar por la brisa del Espíritu, quienes reconocen en ella la presencia vivificante de Dios en sus vidas.

Felices quienen viven con un espíritu de solidaridad, empeño, ternura, cuidado y consuelo.

Felices quienes no dejan que el Espíritu quede aprisionado, quienes recrean cada día las palabras e intuiciones del Espíritu, quienes se dejan habitar por la libertad radical del Espíritu.

(Miguel Ángel Mesa Bouzas. Bienventuranzas de la vida, PPC)


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Ciudad del Vaticano, 24 mayo 2012

El Santo Padre ha recibido este mediodía a los participantes en la LXIV asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, a quienes ha dirigido una alocución sobre los desafíos que presenta la nueva evangelización en el contexto de una sociedad cada vez más alejada de Dios. “Nuestra situación -ha dicho Benedicto XVI a los obispos- requiere un renovado impulso dirigido a aquéllo que es esencial en la fe y la vida cristianas.

En un tiempo en el que Dios se ha convertido para muchos en el gran Desconocido y Jesús es simplemente un gran personaje del pasado, la acción misionera no puede ser relanzada sin que renovemos la calidad de nuestra fe y nuestra oración; (…) no sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio si no somos nosotros mismos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios”.

El Papa ha iniciado su discurso recordando que el próximo otoño se cumple el L aniversario del Concilio Vaticano II, y ha exhortado a los obispos a poner en práctica las indicaciones conciliares para hacer frente a las grandes transformaciones sociales y culturales de nuestro tiempo, “que tienen consecuencias visibles también en la dimensión religiosa”. Una situación de secularismo caracteriza hoy las sociedades de antigua tradición cristiana, de forma que el patrimonio espiritual y moral que constituye las raíces de Occidente “no se comprende en su profundo valor. (…) La tierra fecunda corre así el riesgo de convertirse en desierto inhóspito”.

Entre los signos que despiertan preocupación, el Papa ha citado la disminución de la práctica religiosa y la participación en los sacramentos: “Numerosos bautizados han perdido su identidad; no conocen los contenidos esenciales de la fe o piensan que pueden cultivarla prescindiendo de la mediación eclesial. Y mientras muchos dudan de las verdades enseñadas por la Iglesia, otros reducen el Reino de Dios a algunos grandes valores, que ciertamente tienen que ver con el Evangelio, pero que no se refieren al núcleo de la fe cristiana”.

“Lamentablemente, Dios queda excluido del horizonte de tantas personas; y cuando no encuentra indiferencia o rechazo, se quiere relegar el discurso sobre Dios al ámbito subjetivo, reduciéndolo a un hecho íntimo y privado, marginado de la conciencia pública. El corazón de la crisis que hiere Europa pasa por este abandono, este rechazo de la apertura a lo Trascendente”.

En este contexto, ha afirmado Benedicto XVI, “no bastan nuevos métodos de anuncio evangélico o de acción pastoral para hacer que la propuesta cristiana encuentre mayor acogida”. Como señala el Concilio Vaticano II, se trata de “recomenzar desde Dios, celebrado, profesado y testimoniado. (…) Nuestra primera, verdadera y única tarea es la de comprometer nuestra vida por aquéllo que (…) es verdaderamente fiable, necesario y último. Los hombres viven de Dios, que a menudo buscan inconscientemente o con tanteos para dar pleno significado a la existencia. Nosotros tenemos la tarea de anunciarlo, mostrarlo, de guiar al encuentro con Él”.

En este punto, el Papa ha advertido que “la primera condición para hablar de Dios es hablar con Dios, ser cada vez más hombres de Dios, nutridos con una intensa vida de oración y plasmados por su Gracia. (…) Dejémonos encontrar y aferrar por Dios, para ayudar a que cada persona que encontramos sea alcanzada por la Verdad. (…) La misión antigua y nueva que está ante nosotros es la de introducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo a la relación con Dios, ayudarlos a abrir la mente y el corazón a ese Dios que los busca y quiere estar cerca de ellos, guiarlos a comprender que hacer su Voluntad no supone un límite a la libertad, sino que es ser verdaderamente libres, realizar el verdadero bien de la vida”.

“Dios es el garante de nuestra felicidad -ha dicho Benedicto XVI para terminar- , y donde entra el Evangelio (…) el hombre experimenta que es objeto de un amor que purifica, renueva y hace capaces de amar y servir al hombre con amor divino”.

Texto extraído de: http://www.news.va/es

¿QUIÉN ES EL SEÑOR DE MI VIDA?


 VII Domingo de Pascua (Mc 16, 15-20) – Ciclo B. La Ascensión del Señor

 

Son los últimos cinco versículos de Marcos, aunque no pertenecen al escrito original sino que fueron añadidos más tarde. Nos llama la atención sin duda que la narración difiera notablemente de la de Lucas.

Todo sucede el mismo Domingo de Resurrección, en el cenáculo. No se describe la Ascensión, como veíamos en la primera lectura. Los discípulos parecen salir inmediatamente a predicar por el mundo entero. Todas estas diferencias nos obligan a reflexionar sobre el género de estos relatos y su mensaje.

El texto manifiesta un esquematismo llamativo. No describe nada: resume con imágenes la esencia del mensaje: la misión confiada a los discípulos y la fe en Jesús Señor.

Este esquematismo simbólico aparece muy bien en las señales que acompañan a los discípulos: “en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Evidentemente, no son promesas de realidades físicas, sino símbolos de la fuerza del Espíritu en la lucha contra el mal.

Conocemos de sobra el significado de los relatos de la Ascensión. Sabemos que no describen sucesos, que Dios no está arriba y que Jesús ni bajó ni subió, porque arriba y abajo no hay más que materia. Ni la encarnación es un aterrizaje ni la ascensión es el despegue de un astronauta. ¡La vieja manía de confundir los símbolos con los sucesos y de tragarse las teologías del Viejo Testamento permitiéndoles enturbiar el mensaje de Jesús!

Dios es “El Altísimo”, pero no en metros; el Viento de Dios sopla en Jesús y en la Iglesia, pero no lo mide un anemómetro; los que crean no hablarán en lenguas nuevas, ni agarrarán serpientes en sus manos; si beben veneno les hará daño como a los demás, y no serán médicos milagrosos; y los que no crean no serán condenados, aunque el redactor de ese párrafo lo creyera así.

De todos estos textos me quedo con pocas cosas:

PRIMERA: agradecer a Lucas su esfuerzo por comunicarnos cómo entendió a Jesús la primera comunidad, aun con todo su lenguaje simbólico trasnochado que nos confunde tanto.

SEGUNDA: agradecer a Marcos su insistencia en “la misión”. Eso nos caracteriza; dedicar la vida al proyecto de Dios, el Reino, como Jesús, que no cogía serpientes ni era un políglota sorprendente. Agradecerle también eso de “proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. El sueño de Dios no es la raquítica salvación de media docena de perfectos. Toda la creación, realizada y perfecta es el sueño de Dios, su Proyecto, el Reino.

TERCERA: agradecer a Pablo varias frases preciosas:

él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros… que nos obliga a preguntarnos ¿qué me ha dado Dios a mí para el Reino? ¿lo estoy aprovechando? ¿qué se espera de mí? ¿por qué en nuestra iglesia parece que sólo el papa y los obispos han recibido el Espíritu Santo?

“para la edificación del cuerpo de Cristo”; el Cuerpo de Cristo no está edificado, lo estamos haciendo entre todos, y no es una realidad sino un proyecto, “hasta que lleguemos todos … al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”.

Ese “todos” quizá significaba para el autor todos los cristianos”, pero nosotros somos más ambiciosos: todos, absolutamente todos, porque todos son hijos de Dios y si alguno no llega a lo que Dios ha soñado, Dios fracasa. Y nunca me creeré que el Padre Todopoderoso vaya a fracasar.

La Ascensión de Jesús nos propone un acto de fe en nosotros mismos, en la humanidad, que no es un ser de tierra destinado a la tierra, es un proyecto de hijo, destinado a una plenitud como la de Jesús, que revela así la grandeza de lo humano, mucho más allá de las expectativas que el ser de tierra puede imaginar.

Expresándonos en formas tan diversas, perteneciendo a tan diferentes culturas, utilizando símbolos o conceptos, estamos unidos en una sola fe en el mismo Señor, en un solo Dios, el Padre revelado por Jesús, comprometidos en la misma misión. hacer de la humanidad el Reino del Padre. Este Jesús exaltado en lo alto es, para todos nosotros, el Señor, el único Señor. Y es la pregunta que se nos propone, acuciante y definitiva, en el final del Tiempo de Pascua:

¿Quién es el señor de mi vida? ¿A quién sirvo, a quién venero, a quién adoro por encima de todas las cosas?

“Jesucristo, nuestro Señor” no significa que Él sea el Amo y que es alguien muy importante, sino, sobre todo, que es nuestro Señor, mi Señor, el que define mis criterios, el que marca mis valores, el que confiere sentido a mi vida, aquél en quien he puesto mi confianza, aquél de quien me fío para poder llamar a Dios “papá” y ponerme a vivir a su estilo, buscando sin engaños lo que más deseamos: la felicidad.

Estupendo mensaje el de la Ascensión, con tal que no lo estropeemos con mezquindades infantiles sino que nos lleve a gritar, de corazón “Jesús es el Señor de mi vida”.

María, la mujer del Magníficat

El mes de mayo ha sido, tradicionalmente, para los católicos, el mes dedicado a María. Madre, maestra, discípula, creyente… hay muchos títulos que nos permiten acercarnos a María desde la fe. Buscamos que su vida sea para nosotros un ejemplo de fidelidad, de coraje y valentía. La vemos muy cercana a nosotros, quizás porque la vemos tan humana, tan real, tan capaz de amar y servir, la vemos capaz de reír y llorar, de celebrar las alegrías de la vida, pero acoger los golpes que también vienen. La vemos como una de los nuestros, y nos sentimos un poco suyos, un poco hijos, un poco necesitados de su protección.

«Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer” (Gal 3,28)

Una mujer

Es muy importante darnos cuenta de quela encarnación comienza con el “sí” de una mujer. QUE LA PRIMERA TIENDA DE DIOS AL ACAMPAR EN ESTA TIERRA ES LA ENTRAÑA MATERNA. Desde el “Hágase” hasta esa escena de la Piedad, a los pies de la cruz, la mujer presente en tantos momentos significativos de la vida de Jesús. Mujer que es madre, que evoca ternura, que nutre, sostiene, empuja.

Ella es imagen de tantos hombres y mujeres que luchan por lo que creen necesario. Una mujer. Y un grito y una llamada para nosotros hoy, como sociedad, y como Iglesia; una llamada a la igualdad verdadera, que aún está por conseguir.

Un canto eterno

El evangelio pone en boca de María un canto radical, un himno que proclama la grandeza de Dios. Un grito de justicia y liberación. Seguro que su vida reflejó esa lógica. Seguro que sintió con hondura el grito de los más machacados, los más heridos y los más rotos. Seguro que vibró con la palabra de ese Hijo que le daba la vuelta a todo. Seguro que, en su fuero interno, fue indiferente a la soberbia de los necios, pero sensible a la palabra humilde de los pequeños. Y todo eso lo plasmó Lucas en ese canto, en ese Magnificat. También yo, también cada uno de nosotros, estamos haciendo de nuestra vida un canto, porque nuestras vidas hablan.

AL ESTILO DE JESÚS

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre. Ahora los tiene que dejar. Conoce su egoísmo. No saben quererse. Los ve discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. ¿Qué será de ellos?

Las palabras de Jesús adquieren un tono solemne. Han de quedar bien grabadas en todos: “Éste es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos.

De Jesús quedó un recuerdo imborrable. Las primeras generaciones resumían así su vida: “Pasó por todas partes haciendo el bien”. Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.

Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín, se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale desde dentro su amor hacia aquella desconocida: “Mujer, no llores”. Quien ama como Jesús, vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.

Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo, o abatidos o como ovejas sin pastor. Rápidamente, se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús, aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.

Es admirable la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. No piensa en sí mismo. Está atento a cualquier llamada, dispuesto siempre a hacer lo que pueda. A un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino, lo acoge con estas palabras: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús.

Jesús sabe estar junto a los más desvalidos. No hace falta que se lo pidan. Hace lo que puede por curar sus dolencias, liberar sus conciencias o contagiar confianza en Dios. Pero no puede resolver todos los problemas de aquellas gentes.

Entonces se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús.

Difunde el estilo de amar de Jesús. Pásalo

Orar a María

Decía el beato Juan XXIII: “He apendido a marte como a mi madre, y como tal te saludo cada mañana y cada noche”. ¿Cómo no hablar con María? ¿Cómo no invocarla?

(…)

Ante todo, enseña el Papa, cuando el cristiano ora a María, quiere orar como María (cf. Mc 16-22). Es decir que quiere imitar su misma actitud espiritual ante Dios, porque la reconoce como modelo único en esta experiencia. Con ella y como ella quiere convertirse en oyente, orante, madre y oferente, “para hacer de la propia vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida” (Mc. 21). Y es que,cuando oramos a María, ella nos mete en su corazón para transformarnos en verdaderos hijos suyos.

En segundo lugar, al orar a Maria, oramos con María, acompañados por ella (cf. Mc 25-28). Porque ella no es la última destinataria de nuestra oración. La oración cristiana siempre se dirige al Padre por Cristo en el Espíritu. Y María, que fue la primera en experimentar la relación con las tres divinas Personas, nos acompaña hacia el Padre, que la predestinó y le confió su designio de salvación; nos lleva hacia su Hijo, con quien está unida con un vínculo indisoluble y esencial; y nos hace descubrir la acción del Espíritu Santo, que la plasmó y convirtió en criatura nueva para hacerla después Madre del Hijo. De este modo, la oración a María se revela como intrínseca y esencialmente trinitaria y cristológica. Y la Virgen nos abre también a otra relación: María está unida a todos los discípulos de su Hijo, “a cuya generación y educación ella colabora con marterno amor” (Lumen Gentium 64); es decir,  está unida indisolublemente a la Iglesia y, por tanto, nos comunica su solicitud maternal hacia todos nuestros hermanos, hacia los que ya reconocemos como tales y hacia los que esperamos reconocer.

Miguel Payá Andrés. María, de Nazaret a Valencia. Ed. Arzobispado de Valencia, 2012 pp. 130-131

VIDAS ESTERILES : V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) – Ciclo B

 

Por José Antonio Pagola

 

Los seres humanos somos un deseo intenso de vida y cumplimiento. Hay dentro de nosotros algo que quiere vivir, vivir intensamente y vivir para siempre. Más aún, nacemos para hacer crecer la vida.

Sin embargo, la vida no cambia fácilmente. La injusticia, el sufrimiento, la mentira y el mal nos siguen dominando. Parece que todos los esfuerzos que hagamos por mejorar el mundo terminan tarde o temprano en el fracaso.

Movimientos que se dicen comprometidos en luchar por la libertad terminan provocando iguales o mayores esclavitudes. Hombres y mujeres que buscan la justicia terminan generando nuevas e interminables injusticias.

¿Quién de nosotros, incluso el más noble y generoso, no ha tenido un día la impresión de que todos sus proyectos, esfuerzos y trabajos no servían para nada?

¿Será la vida algo que no conduce a nada? ¿Un esfuerzo vacío y sin sentido? ¿Una «pasión inútil» como decía J.P. Sartre?

Los creyentes hemos de volver a recordar que la fe es «fuente de vida».

Creer no es afirmar que debe existir Algo último en alguna parte. Creer es descubrir a Alguien que nos «hace vivir» superando nuestra impotencia, nuestros errores y nuestro pecado.

Una de las mayores tragedias de los cristianos es la de «practicar la religión» sin ningún contacto con el Viviente. Y sin embargo, uno empieza a descubrir la verdad de la fe cristiana cuando acierta a vivir en contacto personal con Jesús Resucitado. Sólo entonces se descubre que Dios no es una amenaza o un desconocido, sino Alguien vivo que pone nueva fuerza y nueva alegría en nuestras vidas.

Con frecuencia, nuestro problema no es vivir envueltos en problemas y conflictos constantes. Nuestro problema más profundo es no tener fuerza interior para enfrentarnos a los problemas diarios de la vida.

La experiencia diaria nos ha de hacer pensar a los cristianos la verdad de las palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada».

¿No está precisamente ahí la raíz más profunda de tantas vidas estériles y tristes de hombres y mujeres que nos llamamos creyentes?

Blog católico de oraciones y reflexiones pastorales sobre la liturgia dominical. Para compartir y difundir el material brindado. Cremos que Dios regala Amor y Liberación gratuita e incondicionalmente.

 

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