¿QUIÉN ES EL SEÑOR DE MI VIDA?


 VII Domingo de Pascua (Mc 16, 15-20) – Ciclo B. La Ascensión del Señor

 

Son los últimos cinco versículos de Marcos, aunque no pertenecen al escrito original sino que fueron añadidos más tarde. Nos llama la atención sin duda que la narración difiera notablemente de la de Lucas.

Todo sucede el mismo Domingo de Resurrección, en el cenáculo. No se describe la Ascensión, como veíamos en la primera lectura. Los discípulos parecen salir inmediatamente a predicar por el mundo entero. Todas estas diferencias nos obligan a reflexionar sobre el género de estos relatos y su mensaje.

El texto manifiesta un esquematismo llamativo. No describe nada: resume con imágenes la esencia del mensaje: la misión confiada a los discípulos y la fe en Jesús Señor.

Este esquematismo simbólico aparece muy bien en las señales que acompañan a los discípulos: “en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Evidentemente, no son promesas de realidades físicas, sino símbolos de la fuerza del Espíritu en la lucha contra el mal.

Conocemos de sobra el significado de los relatos de la Ascensión. Sabemos que no describen sucesos, que Dios no está arriba y que Jesús ni bajó ni subió, porque arriba y abajo no hay más que materia. Ni la encarnación es un aterrizaje ni la ascensión es el despegue de un astronauta. ¡La vieja manía de confundir los símbolos con los sucesos y de tragarse las teologías del Viejo Testamento permitiéndoles enturbiar el mensaje de Jesús!

Dios es “El Altísimo”, pero no en metros; el Viento de Dios sopla en Jesús y en la Iglesia, pero no lo mide un anemómetro; los que crean no hablarán en lenguas nuevas, ni agarrarán serpientes en sus manos; si beben veneno les hará daño como a los demás, y no serán médicos milagrosos; y los que no crean no serán condenados, aunque el redactor de ese párrafo lo creyera así.

De todos estos textos me quedo con pocas cosas:

PRIMERA: agradecer a Lucas su esfuerzo por comunicarnos cómo entendió a Jesús la primera comunidad, aun con todo su lenguaje simbólico trasnochado que nos confunde tanto.

SEGUNDA: agradecer a Marcos su insistencia en “la misión”. Eso nos caracteriza; dedicar la vida al proyecto de Dios, el Reino, como Jesús, que no cogía serpientes ni era un políglota sorprendente. Agradecerle también eso de “proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. El sueño de Dios no es la raquítica salvación de media docena de perfectos. Toda la creación, realizada y perfecta es el sueño de Dios, su Proyecto, el Reino.

TERCERA: agradecer a Pablo varias frases preciosas:

él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros… que nos obliga a preguntarnos ¿qué me ha dado Dios a mí para el Reino? ¿lo estoy aprovechando? ¿qué se espera de mí? ¿por qué en nuestra iglesia parece que sólo el papa y los obispos han recibido el Espíritu Santo?

“para la edificación del cuerpo de Cristo”; el Cuerpo de Cristo no está edificado, lo estamos haciendo entre todos, y no es una realidad sino un proyecto, “hasta que lleguemos todos … al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”.

Ese “todos” quizá significaba para el autor todos los cristianos”, pero nosotros somos más ambiciosos: todos, absolutamente todos, porque todos son hijos de Dios y si alguno no llega a lo que Dios ha soñado, Dios fracasa. Y nunca me creeré que el Padre Todopoderoso vaya a fracasar.

La Ascensión de Jesús nos propone un acto de fe en nosotros mismos, en la humanidad, que no es un ser de tierra destinado a la tierra, es un proyecto de hijo, destinado a una plenitud como la de Jesús, que revela así la grandeza de lo humano, mucho más allá de las expectativas que el ser de tierra puede imaginar.

Expresándonos en formas tan diversas, perteneciendo a tan diferentes culturas, utilizando símbolos o conceptos, estamos unidos en una sola fe en el mismo Señor, en un solo Dios, el Padre revelado por Jesús, comprometidos en la misma misión. hacer de la humanidad el Reino del Padre. Este Jesús exaltado en lo alto es, para todos nosotros, el Señor, el único Señor. Y es la pregunta que se nos propone, acuciante y definitiva, en el final del Tiempo de Pascua:

¿Quién es el señor de mi vida? ¿A quién sirvo, a quién venero, a quién adoro por encima de todas las cosas?

“Jesucristo, nuestro Señor” no significa que Él sea el Amo y que es alguien muy importante, sino, sobre todo, que es nuestro Señor, mi Señor, el que define mis criterios, el que marca mis valores, el que confiere sentido a mi vida, aquél en quien he puesto mi confianza, aquél de quien me fío para poder llamar a Dios “papá” y ponerme a vivir a su estilo, buscando sin engaños lo que más deseamos: la felicidad.

Estupendo mensaje el de la Ascensión, con tal que no lo estropeemos con mezquindades infantiles sino que nos lleve a gritar, de corazón “Jesús es el Señor de mi vida”.

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