Evangelizazión en Internet

Las redes sociales, nuevos espacios para la evangelización

En la fiesta del Patrón de los peridodistas, Benedicto XVI ha hecho público su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebra el 12 de mayo, dedicado a las redes sociales, a las que califica de «nuevos espacios para la evangelización». El continente digital emerge como uno de los desafíos actuales más significativos para la nueva evangelización

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En el contexto del Año de la fe,  Benedicto XVI ha vuelto a dedicar su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a dichas sociales: Redes sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización,  es el lema para la Jornada de este año, que se celebrará el 12 de mayo.

Las redes sociales son una nueva realidad a al que no es posible darle la espalda. «Las redes sociales conectan personas para compartir fotos, mensajes, pensamientos, textos, libros, etc… por lo que resultan un medio interesantísimo para compartir y dar a conocer la Fe. Vivimos en el mundo que nos ha tocado vivir y éste es un mundo globalizado y conectado. No podemos dar la espalda a esta realidad, todo lo contrario, debemos aprovechar todas las posibilidades que estas herramientas nos brindan para dar a conocer nuestra Fe», explica Santiago Requejo, uno de los fundadores de Mayfeelings, La red social que reza para cambiar el mundo.

De la importancia de una adecuada presencia eclesial en el continente digital, da cuenta la reciente entrada del Papa en Twitter, las clases de Facebook y Youtube para cardenales y obispos, o las reuniones mantenidas por responsables vaticanos con blogueros de todo el mundo. En esa línea, la Pontificia Universidad Lateranense (PUL) pone en marcha, el próximo 14 de febrero, un Máster de Periodismo Digital, para formar a nuevos comunicadores digitales. «Este curso -ha explicado el Rector de la PUL, monseñor Enrico dal Covolo– pone a nuestra Universidad a la vanguardia de los estudios en este campo y confirma el deseo de la Iglesia de estar presente con el mayor compromiso en esta área».

En España, la plataforma de evangelización por Internet iMisión va a organizar un curso para «capacitar a agentes de pastoral, miembros de organizaciones, etc., para crear, publicar y mantener un sitio web destinado a la difusión del Evangelio. Mostrar herramientas existentes en Internet para la nueva evangelización». El curso está destinado a agentes de pastoral, religiosos y laicos.

Decálogo para la Evangelización en Internet

Uno de los grupos o plataformas más importantes y activos en las redes sociales es iMisión (www.imision.org), un proyecto para relacionar a católicos 2.0 que utilicen las nuevas tecnologías, especialmente Internet y las Redes Sociales, para anunciar el Evangelio. Nació en junio de 2012 de la mano de los religiosos Xiskya Valladares y Daniel Pajuelo, una tarea compartida de hacer presente el mensaje de Jesús de Nazaret y las nuevas plataformas comunicativas. En la actualidad cuenta con nueve miembros y mas de 280 colaboradores, repartidos en Europa y América. Incluso el Presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, monseñor Caludio María Celli, se interesó por esta iniciativa de Evangelización digital surgida en España para evangelizar el continente digital y recibió a sus fundadores el pasado 3 de enero.

La plataforma iMisión tiene publicado un decálogo para la Evangelización en Internet:

1. EN EL ORIGEN, CRISTO. Jesús dice: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Éste es el mandato del que nace la llamada a la evangelización también en el Continente Digital.

2. INTERNET, UN LUGAR, NO UN MEDIO. La Red no es sólo un instrumento, es un lugar habitado. Se trata de Evangelizar en Internet, no tanto de ‘usar’ Internet para evangelizar.

3. LA CLAVE, EL TESTIMONIO. «Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana…» (Evangelii Nuntiandi, n.41). Los contenidos no evangelizan de modo auténtico sin nuestro testimonio explícito del amor de Dios en la Red.

4. NUESTRA FUERZA, LA GRACIA. «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Sólo unidos a Cristo, viviendo una verdadera vida cristiana en fidelidad y amor a la Iglesia, los iMisioneros podemos dar un fruto abundante y superar la tentación del desaliento y del activismo.

5. SOMOS PUEBLO, COMUNIDAD. Tan significativo como el testimonio personal es el testimonio comunitario. Una comunidad de testigos, acogedora y abierta, capaz de acompañar hacia Cristo a los que se acercan, tiene mucho más fuerza e impacto para iEvangelizar que los proyectos personales aislados.

6. EN TODO, LA CARIDAD. La soberbia, la división y las críticas sin caridad entre cristianos, provocan un escandaloso espectáculo que engendra escepticismo y a veces hasta ateísmos. Construir Iglesia, pedir y trabajar la comunión, es una urgencia si queremos ser apóstoles de Cristo y no esclavos del Malo que divide también en la Red.

7. ABIERTOS, PARA TODOS.  iEvangelizar exige abrirse al diálogo con una actitud humilde a todos, no sólo a aquellos que acogen la fe de buen grado, también a quienes la desconocen o están más alejados.

8. BUSCAMOS DAR FRUTO, NO TENER ÉXITO. Perseguir solo el tener más seguidores, amigos, visitas… es una forma de idolatría. Debemos estar alertas para no dejarnos atrapar por la fascinación del medio. Los iMisioneros no buscamos tener éxito personal sino dar los frutos del Reino.

9. POR LO VIRTUAL A LO PRESENCIAL. La iEvangelización tiene su punto de partida en el mundo digital, pero intenta traspasar sus fronteras y provocar el encuentro en el mundo presencial. La iEvangelización se verifica, se purifica y se potencia con el encuentro presencial.

10. SIEMPRE DISCÍPULOS, SIEMPRE APRENDIENDO. Los iMisioneros vivimos en permanente búsqueda de los lenguajes que puedan interpelar hoy el corazón humano y anunciar a Cristo. Para esto los iMisioneros necesitamos una vivencia responsable de la fe y una formación continuada en el ámbito de la comunicación y las nuevas tecnologías.

Fuente AlfayOmega.es

José Calderero
@jcaldere

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La conversión de san Pablo.


Autor: Ariel Álvarez Valdes

Fuente: SAN PABLO

El autor propone un camino para encontrarnos, una vez más, con san Pablo, el fariseo devenido apóstol, en quien tantos cristianos han sabido leer su propia vida de compromiso y acción pastoral.

La caída sin caballo

La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de san
Pablo. Cómo fueron los detalles de aquél hecho lo sabemos gracias a san Lucas, que lo inmortalizó en un conmovedor relato conservado en Los Hechos de los Apóstoles.

Cuenta este libro que Pablo era un joven y fogoso judío, llamado entonces Saúl, y que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, que él consideraba una secta peligrosa. Resolvió, por lo tanto, combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.

Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. Damasco distaba unos 230 kilómetros de Jerusalén y era una de las ciudades más antiguas del mundo, en la que habitaba una importante comunidad cristiana. El viaje debió de haberle llevado a Pablo y a sus compañeros alrededor de una semana.

De pronto, y casi ya en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. (Conviene aquí recordar que los viajes en esa época se hacían a pie, por lo que la famosa imagen de Pablo cayendo “del caballo” que tanto hemos visto en cuadros y pinturas, no corresponde a la realidad). Entonces oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”. Pablo respondió: “¿Quién eres, Señor?” La voz le contestó: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad. Allí se te indicará lo que tienes que hacer”.

Luz para el ciego

Pablo se levantó, y comprobó que no veía nada. Entonces con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.

En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas, y permaneció allí tres días ciego, sin comer ni beber, hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías y le dijo: “Saúl, hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recuperes la vista y quedes lleno del Espíritu Santo”. Entonces le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista.

A partir de ese momento Pablo fue otra persona. Un cambio impresionante sucedió en él. Ananías lo bautizó, le explicó quién era Jesús, lo introdujo en la comunidad local, lo instruyó en la doctrina cristiana y lo mandó a predicar el Evangelio. De este modo Pablo conoció el cristianismo, y llegó a ser miembro de la Iglesia a la que en un principio combatía.

Sin contar las intimidades

Ahora bien, resulta curioso que este relato tan detallado del libro de los Hechos no coincida con la versión que el propio Pablo da en sus cartas.

En primer lugar, en ninguna escrito suyo Pablo cuenta a nadie lo que experimentó aquél día camino a Damasco. Ni siquiera a los Gálatas, los cuales habían puesto en duda su apostolado, y para los que hubiera sido un excelente argumento contarles ese suceso extraordinario. Sólo menciona su conversión de pasada (ver Gál 1, 15). Y cuando en otras partes cuenta sus visiones y revelaciones lo hace en tercera persona (“Sé de un hombre…”: 2Cor 12, 2), como si no le gustara hablar de ese tema ni a sus más íntimos. En cambio en los Hechos Pablo aparece divulgándolo varias veces, con toda libertad, y una vez nada menos que ante una verdadera multitud de gente desconocida (Hech 22). ¿Es éste el mismo Pablo de las cartas?

En segundo lugar, los Hechos no dicen que Pablo haya visto a Jesús. Cuentan que sólo “vio una luz venida del cielo” y “oyó una voz” que le hablaba (9, 3-4). En cambio Pablo en sus cartas asegura, aunque sin entrar en detalles, haber visto ese día personalmente a Jesús. A los corintios les advierte: “¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?” (1Cor 9, 1). Y también: “Se le apareció a Cefas y a los Doce… y finalmente se me apareció también a mí” (1Cor 15, 8).

¿Conversión o vocación?

En tercer lugar, Pablo asegura haber recibido tanto su vocación como el Evangelio que predicaba, directamente de Dios, sin intermediario alguno. En sus cartas afirma: “Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por medio de hombre alguno, sino por Jesucristo” (Gál 1, 1). Y dice: “Les cuento, hermanos, que el Evangelio que les anuncio no es cosa de hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno sino por revelación de Jesucristo” (1, 11). En cambio en Hechos se dice que fue Ananías quien explicó a Pablo el significado de la luz que lo envolvió, y quien le enseñó la doctrina cristiana (9, 6-19).

Hay otras diferencias entre la versión de Los Hechos de los Apóstoles y la de Pablo. Por ejemplo, Hechos presenta la experiencia de Damasco como una “conversión”; en cambio Pablo nunca dice que se haya convertido, sino que habla de su “vocación” (Gál 1, 15). Hechos dice que su conversión estuvo acompañada de fenómenos externos (una luz celestial, una voz misteriosa, la caída al suelo, la ceguera); en cambio Pablo nunca menciona tales fenómenos exteriores fantásticos, sino más bien sostiene que la revelación que él tuvo fue una experiencia interior (Gál 1, 16).

¿Cómo se explican estas diferencias? ¿Por qué Lucas parece no ajustarse a lo que Pablo señala en sus cartas? Para responder a esto debemos tener en cuenta la intención de los Hechos de los Apóstoles.

Como un militar griego

Lucas, al momento de componer su libro, conocía una tradición que contaba que Pablo, camino a Damasco, había vivido cierta experiencia especial, y que un tal Ananías había desempeñado un papel importante en ella. Y con estos datos compuso un relato siguiendo el esquema de las llamadas “leyendas de conversión”. ¿Qué eran las “leyendas de conversión”? Eran narraciones estereotipadas en las que se mostraba cómo a algún personaje, enemigo de Dios, se le manifestaba éste con señales extraordinarias y terminaba convirtiéndolo.

Un ejemplo de ellas es la conversión de Heliodoro, relatada en el 2º libro de los Macabeos. Cuenta esta leyenda que Heliodoro, ministro del rey Seleuco IV de Siria, en su persecución contra los judíos intentó saquear el tesoro del Templo de Jerusalén. Cuando estaba a punto de lograrlo, Dios se le apareció en una impresionante manifestación. Heliodoro cayó al suelo envuelto en una ceguera total, mientras sus compañeros presentían lo sucedido sin poder reaccionar. Al final Heliodoro, que había entrado al Templo con tanta soberbia, debió ser sacado en una camilla mudo e impedido. Luego de varios días, y gracias a la intervención de un judío, el ministro recuperó sus fuerzas, se convirtió y recibió la misión de anunciar en todas partes la grandeza de Dios (2Mac 3).

Tres veces lo mismo

Existen muchas otras leyendas judías que cuentan de idéntico modo la conversión de algún personaje enemigo de Dios. Por lo tanto, no debemos tomar los detalles de la conversión de san Pablo como históricos, sino más bien como parte de un género literario convencional.

¿Y por qué a Lucas le importaba tanto de la conversión de san Pablo, al punto tal de no sólo ampliarla en detalles sino de repetirla ¡nada menos que tres veces! (9, 3-19; 22, 6-16 y 26, 12-18)? ¿Por qué contar tres veces lo mismo, en un libro como los Hechos que se caracteriza por la sobriedad y economía de detalles narrativos, y cuando otros episodios más importantes, como el de Pentecostés, aparecen una sola vez? Porque Lucas, a lo largo de todo su libro, intenta mostrar cómo se cumple una profecía de Jesús: que la Palabra de Dios se extenderá por todo el mundo de aquel entonces. En efecto, al principio, Jesús se les aparece a los apóstoles y les dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta los confines de la tierra” (1, 8). ¿Y cuál era en aquel entonces “los confines de la tierra”? Era precisamente Roma, la capital del Imperio. Por lo tanto su objetivo es mostrar cómo la Palabra de Dios llega justamente hasta Roma.

La profecía que cumplir

Pero Lucas no sabía de ninguno de los doce apóstoles que haya llegado hasta Roma. En su libro de los Hechos, Pedro, la cabeza del grupo, nunca sale más allá de Judea y Samaria. Juan, compañero de Pedro, tampoco viaja más que hasta Samaria. Santiago el Mayor es asesinado temprano. Santiago el Menor no se mueve de Jerusalén. Matías, elegido en lugar de Judas, desaparece inmediatamente después de su elección. De los demás apóstoles no hay ni noticias. ¿Cómo mostrar que la profecía de Cristo se cumple y que la Iglesia llega “hasta los confines de la tierra”?

La solución fue hacer recaer sobre Pablo el cumplimiento de esta misión. Pero el problema estaba en que Pablo no era un verdadero apóstol. Porque para Lucas “apóstol” era el que había conocido personalmente a Jesús, y había recibido de él la misión de anunciar el Evangelio (Hech 1, 21-26), cosa que no había sucedido con Pablo. Entonces para explicar por qué Pablo es el que cumple la misión de llegar a Roma, encargada en realidad a los apóstoles, Lucas lo muestra recibiendo del propio Jesús este encargo en el camino de Damasco. Y lo repite tres veces a lo largo del libro, mientras va camino a Roma, como para que no queden dudas.

El arte expositor de Lucas

Pero Lucas no cuenta tres veces lo mismo, sino que con gran habilidad narrativa presenta los relatos de manera diferente, con pequeños cambios graduales, que sirven para exaltar de manera progresiva la figura de Pablo. Veámoslos.

Sobre la luminosidad que envolvió al apóstol, el primer relato habla de “una luz del cielo” (9, 3). El segundo, de “una gran luz” (22, 6). Y el tercero, de “una luz más luminosa que el sol” (26, 13).

El primer relato no dice a qué hora fue aquella luz. Pero el segundo aclara que fue “cerca del mediodía”, lo cual resalta el esplendor luminoso. Y el tercero ya dice “en pleno mediodía”, mostrando cómo el brillo de la luz superaba al sol cuando éste brilla con mayor fuerza. En el primero y en el segundo relato dice que la luz envolvió sólo a Pablo (9, 3 y 22, 6). En el tercero dice que la luz envolvió también a “todos sus compañeros” (26, 13).

¿De pie o en el suelo?

También las persecuciones que realizaba Pablo antes de convertirse aparecen descritas con esta técnica de graduación. El primero dice que Pablo a los cristianos los “conducía a la cárcel” (8, 3). El segundo agrega que los “perseguía a muerte” (22, 4). Y el tercero, que los metía en la cárcel, los torturaba para que renunciaran a su fe cristiana, los perseguía hasta en ciudades extranjeras, y cuando eran condenados a muerte él contribuía con su voto (26, 10-11).

Lo mismo ocurre con la misión encomendada a Pablo. El primer relato sólo anticipa que Pablo llevará “el nombre de Cristo ante los gentiles, los reyes y los judíos” (9, 15). En el segundo ya aparece enviado “ante todos los hombres” (22, 15). Y en el tercero Pablo no sólo es enviado sino que se especifica los detalles de su misión (26, 16-18).

Con respecto a los fenómenos que aparecieron, el primer relato dice que los compañeros de Pablo oyeron la voz pero no vieron la luz (9, 7). El segundo dice que vieron la luz pero no oyeron la voz (22, 9). Y el tercero, que ni vieron ni oyeron nada. Es decir, cada vez se va centrando más en Pablo el mensaje divino.

Sobre el efecto de la conmoción, la primera y la segunda vez dice que sólo Pablo cayó al suelo, mientras sus compañeros quedaron de pie (9, 7; 22, 7). Pero la tercera vez dice que ellos todos cayeron al suelo (26, 14). Así, también los compañeros de Pablo se unen gradualmente a la adoración de la teofanía.

Y sobre la ceguera, en el primer relato Pablo queda ciego durante tres días (9, 9). En el segundo, sólo permanece ciego durante el tiempo que brilla la luz divina (22, 11). Y en el tercero no se menciona la ceguera, de modo que no hace falta que sea llevado por sus compañeros, ni que lo cure Ananías. Así, cada vez hay menos oscuridad en Pablo.

Un diálogo conocido

Un único elemento se mantiene siempre igual en los tres relatos: el diálogo entre Pablo y Cristo en el momento de la aparición. ¿Por qué fue conservado este diálogo con tanto cuidado? ¿Porque reflejaba quizás una conversación real entre Jesús y el apóstol?

Hoy los biblistas sostienen que se trata de un diálogo también artificial, muy común en el Antiguo Testamento, llamado “diálogo de aparición”. Los escritores sagrados lo emplean cada vez que quieren contar la aparición de Dios o de un ángel a alguna persona.

El “diálogo de aparición” consta normalmente de cuatro elementos: a) la doble mención del nombre de la persona (¡Saúl, Saúl!); b) una breve pregunta del personaje (¿Quién eres, Señor?); c) la autopresentación del Señor (Yo soy Jesús, a quien tú persigues); y d) un encargo (Levántate y vete). Este mismo “diálogo” lo tenemos, por ejemplo, cuando el ángel le encarga a Jacob regresar a su patria (Gn 31, 11-13); cuando Dios autoriza a Jacob a bajar a Egipto (Gn 46, 2-3); en la vocación de Moisés (Éx 3, 2-10); en el sacrifico de Isaac (Gn 22, 1-2); en la vocación de Samuel (1Sam 3, 4-14).

Utilizando este “diálogo” artificial, empleado oficialmente para estas ocasiones, Lucas quiso decir a sus lectores que Pablo realmente había conversado con Jesucristo camino a Damasco, y que no había sido una mera alucinación.

Pablo y nosotros

Siempre nos han resultado lejanos y misteriosos los personajes bíblicos, precisamente porque aparecen viviendo experiencias extrañas y especialísimas, que ningún cristiano normal vive hoy en día.

También Pablo, en cierto momento de su vida, experimentó un encuentro íntimo y especial con Jesús, que lo llevó a abandonar todo y a centrar su existencia únicamente en Cristo Resucitado. Fue una experiencia interior inefable, imposible de contar con palabras. Pero el autor bíblico la describe adornada con voces divinas, luces celestiales, caídas estrepitosas, ceguera, para exponer de algún modo lo que nadie es capaz de comunicar.

En realidad la experiencia paulina fue semejante a la de muchos de nosotros. Seguramente nuestra propia vocación cristiana fue también un encuentro grandioso con Jesús resucitado. Pero no oímos voces extrañas, ni vimos luces maravillosas. Y por eso no la solemos valorar. Y muchas veces languidece anémica en algún rincón de nuestra vida diaria.

Por eso hace bien reconocer que tampoco Pablo vio nada de aquello. Que no nos lleva ventaja alguna. Recordarlo, y pensar luego en la cantidad de veces que podemos experimentar a Jesús resucitado en nuestra vida, puede ser la ocasión para animarnos a hacer cosas mayores que las que hacemos ordinariamente. Como las que hizo Pablo.

¿Cómo rezar cuando has pecado?

Fuente:  Blog de La Oración  P. Evaristo Sada LC

Cuando has pecado la mejor oración es un espíritu contrito, humillado y confiado a los pies de Cristo crucificado.

Señor, he pecado.
Con el corazón hecho pedazos vengo a pedirte perdón.
Sé que no hay maldad tan mala capaz de impedirte amarme.

cristo_velz

Me da vergüenza verte crucificado y encima pedirte favores,
pero, te necesito, Señor:
por tu inmensa compasión ¡borra mi culpa!

Mírame, soy débil, vulnerable, pecador.
Yo, miseria. Tú, misericordia.
Tú que puedes sacar bien del mal, levántame, Señor.
Sáname. Restáurame. Hazme un hombre nuevo.

Desde la altura del cielo nos viste sufrir
y con el estandarte del amor
viniste al encuentro del hombre que sufre.

Una y otra vez he comprobado que lo que atrae tu mirada misericordiosa sobre mí es mi estado de miseria.
No son mis méritos los que me hacen agradable a tus ojos, sino la omnipotencia de tu misericordia.
La incomprensible gratuidad de tu amor.

No debe haber pecado capaz de tenerme alejado de ti.
Por más vergüenza y dolor que sienta,
siento también la confianza de venir a pedirte perdón
con la certeza de que siempre, siempre, encontraré la mirada del Buen Pastor.
Tus ojos están puestos en los que esperan en tu misericordia (Sal 32)

Por eso estoy aquí, una vez más de rodillas ante ti, Cristo crucificado.
Vengo a declararme débil, miserable, pecador.
Vengo a pedirte perdón.

(Guarda silencio, escucha que te absuelve y que te dice: Te sigo amando igual. Déjate amar.)

Gracias, Jesús.
Cuando hago oración contemplándote en la cruz
te me revelas como Misericordia.
Tu amor crucificado es una invitación a la confianza.

Te lo suplico, Señor, que hoy y cuando tenga la desgracia de perder la gracia,
no olvide jamás que tú, Dios, moriste crucificado para salvarme;
que no pierda nunca la esperanza de tu misericordia.

Como el ladrón que paga sus culpas en el Calvario,
también yo te suplico: acuérdate de mí a la hora de mi muerte
y consérvame a tu lado para siempre.

Y luego, con el espíritu bien dispuesto, acudir al sacramento del perdón.

Una buena práctica que aprendí al entrar a la vida religiosa es el rezo del Salmo 50 todas las noches, de rodillas junto a la cama, ante Cristo crucificado, tratando de adoptar las actitudes del Rey David:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa,
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado,
contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con hisopo: quedaré limpio, lávame, quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme,
no me arrojes de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso;
enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén;

Entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.

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“Jesús nos revela el rostro de Dios”. Benedicto XVI

  

Ciudad del Vaticano, 16 enero 2013 (VIS, video: Romereports.com).

La historia de la salvación, es decir la historia de Dios que se revela al hombre progresivamente ha sido el tema de la catequesis del Santo Padre durante la audiencia general de los miércoles.

El Antiguo Testamento narra esta obra y nos dice cómo Dios, después de la creación, a pesar del pecado original vuelve a ofrecer al ser humano la posibilidad de su amistad, “a través de la alianza con Abraham y el camino de un pequeño pueblo, el de Israel, que no elige según los criterios del poder terrenal, sino sencillamente por amor(…) Para esta obra se sirve de mediadores, como Moisés, los profetas y los jueces, que transmiten al pueblo su voluntad, recuerdan la necesidad de fidelidad a la alianza y mantienen viva la esperanza de la realización plena y definitiva de las promesas divinas”.

La revelación de Dios alcanza su plenitud en Jesús de Nazaret; en Él “Dios visita a su pueblo y a la humanidad de una manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo unigénito; se hace hombre Dios mismo. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre, (…) nos revela el rostro de Dios”. En la frase de Jesús: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”, se encierra “la novedad del Nuevo Testamento: (….) Dios se puede ver, ha manifestado su rostro, es visible en Jesucristo”.

Benedicto XVI ha recordado la importancia de la búsqueda del rostro de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, es decir de “un ‘Tú’ que puede entrar en una relación, que no está cerrado en su cielo mirando desde lo alto a la humanidad. Ciertamente, Dios está por encima de todo, pero se dirige hacia nosotros y nos escucha: nos ve, habla, estrecha alianzas, es capaz de amar. La historia de la salvación (…) es la historia de esta relación que Dios revela progresivamente al hombre”.

Con la Encarnación la búsqueda del rostro de Dios “da un vuelco inimaginable, porque ese rostro ahora se puede ver: es el de Jesús, el del Hijo de Dios que se hizo hombre. En Él se cumple el camino de la revelación que Dios comenzó con la llamada de Abraham. Él es la plenitud de esta revelación, porque es el Hijo de Dios; es a la vez ‘mediador y plenitud de toda la revelación’; en El coinciden el contenido de la Revelación y el Revelador (…) Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es sencillamente uno de los mediadores entre Dios y el hombre, sino ‘el mediador’ de la alianza nueva y eterna(…) En él vemos y encontramos a Dios al que podemos invocar con el nombre de ‘Abba, Padre’; en el nos viene dada la salvación”.

El deseo de conocer realmente a Dios, es decir, de ver su rostro -ha subrayado el Papa- está grabado en todos los seres humanos, incluso en los ateos. Y quizás nosotros tenemos también, inconscientemente, este deseo de ver sencillamente quien es El (…) Pero esto deseo se cumple siguiendo a Cristo (…) así vemos finalmente a Dios como a un amigo. Lo importante es que lo sigamos no sólo cuando lo necesitamos o cuando encontramos con un rato de tiempo entre los miles quehaceres cotidianos. Nuestra entera existencia debe orientarse al encuentro y al amor con Jesucristo; y, en esa existencia el amor al prójimo debe ocupar un lugar central; ese amor que, a la luz del Crucifijo, hace que reconozcamos el rostro de Jesús en los pobres, los débiles y los que sufren

Sor Emmanuel: “Santidad y vocación”.

Vídeos de Sor Emmanuel:

“La santidad: tener en nuestro corazón la plenitud del amor”

Editado  por Marcelo Marciano

Compartimos con ustedes estos cortos vídeos de Sor Emmanuel.

En esta catequesis nos habla acerca de como ir creciendo día a día en nuestra santidad, para así llegar a tener en nuestro corazón la plenitud del amor.

SANTIDAD Y VOCACIÓN

 

Fuente: http://www.virgendemedjugorje.org

El abecedario del Año de la fe

Don Javier Leoz, Delegado de Religiosidad Popular de la archidiócesis de Pamplona, ha elaborado un abecedario de recomendaciones para vivir un 2013 centrado en el Año de la fe.

Adquirir exacta conciencia de la fe para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para proclamarla.

Beber de las fuentes de la Palabra para impulsar una auténtica evangelización, con nuevos métodos y con nuevo ardor. Sólo desde la Palabra sabremos a quién transmitir, por qué y para qué.

Confesar y trasferir sin miedo los contenidos de nuestra fe cristiana. Presentar aquello que creemos sin dulcificaciones ni temor a ser rechazados.

Dar valor y sentido divino a la caridad, de tal forma que nuestra generosidad sea fruto de la íntima relación con nuestra fe. Que nuestra caridad sea cristiana y no sólo humanitaria.

Estimular e incentivar a los diversos grupos existentes en la parroquia para que conozcan y profundicen más en las Sagradas Escrituras.

Facilitar el Sacramento de la Reconciliación como llamada a la perfección de la vida cristiana, y a saborear la misericordia de Dios a través del perdón de los pecados.

Gustar y consolidar la amistad con Jesucristo. Para ello, como recuerda el Papa Benedicto XVI, es necesario abandonar los desiertos excesivamente mundanos en los que se diluye nuestra vida cristiana.

Hacer de este Año de la fe una lectura objetiva, eclesial y renovadora del Concilio Vaticano II. Alejarnos de los radicalismos -en un sentido y otro- será una oportunidad para redescubrir aquel acontecimiento eclesial que ha marco un antes y después en la vida de la Iglesia.

Irradiar con alegría la experiencia de Jesucristo muerto y resucitado, mediante la recitación confiada y pública del Credo.

Jalonar toda la acción pastoral del presente Año de la fe visualizándola en el ámbito de la caridad. El presente año, y en la coyuntura de crisis, es una oportunidad para demostrar los quilates de nuestra identidad cristiana.

Leer con más detenimiento e interés la Palabra de Dios. Debemos descubrir la necesidad de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido a todos los que son sus discípulos.

Memorizar como oración cotidiana el Credo. Con ello retomaremos una buena costumbre presente ya desde los inicios del anuncio evangélico.

Nostalgia de Dios. Es decir; recuperar el deleite por las cosas de Dios a través de la liturgia, de la piedad popular, de la música sacra, polifónica, canto gregoriano, los sacramentos, y de la fe celebrada en comunidad.

Orar para que la Iglesia, con todos sus miembros, nos sintamos llamados a una constante conversión hacia el que es el único Salvador del mundo: Jesucristo.

Percibir los signos de los tiempos como una convocatoria a comprometernos mucho más desde nuestra condición de cristianos. No sirve ya el lamentarse o detectar el mal de nuestra sociedad. Es preciso ser sal, levadura y luz allá donde nos encontramos.

Querer y buscar espacios de reflexión, estudio y oración. Los jubileos bíblicos llevaban siempre al pueblo de Dios a la meditación sobre las acciones salvadoras de Dios y sobre el compromiso de la alianza.

Resolver y abandonar la timidez apostólica en la que, frecuentemente, caemos los católicos. ¿Por qué no se hace sentir mucho más la voz de los cristianos en los ámbitos políticos, económicos, sociales, etc.?

Sintetizar, para una mejor comprensión y conocimiento, el Catecismo de la Iglesia católica, con motivo del 20 aniversario de su publicación.

Testificar y transmitir, ante las realidades que nos rodean, el don de la fe. Sólo desde la experiencia, profunda y real, podremos dar razón de aquello que decimos sentir y creer.

Unir nuestra fe a la del Papa y a la de la misma Iglesia. Ésta no es otra que aquella que está basada en el cimiento de la roca de los apóstoles: una sola fe, un solo Dios y Padre.

Valorar la fe como un don recibido, pero también como una tarea a realizar. La Iglesia, por sí misma, es misionera. Un miembro de la Iglesia, o es misionero, o le falta algo a su fe: testimonio vivo de Jesucristo.

Web, blog y creatividad para hacer presente el mensaje de Jesús de Nazaret con las técnicas de los nuevos tiempos y con el tesoro que llevamos entre manos: la nueva evangelización.

Yuxtaponer, en todo momento, la fe a las opciones de cada día, la Palabra que ilumina, a las decisiones.

Zambullirse de lleno, como cristianos, en la vida eclesial. Colaborar con ella en aquello que podamos realizar, y, sobre todo, estar orgullosos de pertenecer a la Iglesia católica.

Fuente “Alfa y Omega, nº 815

Lauren Franko, la religiosa que descubrió su vocación en YouTube

Así comienza el artículo que la revista de moda Marie Claire de Sudáfrica en su versión de agosto de 2012 dedicó a a la joven Lauren Franko:

 

 

«Imagínate que tienes 26 años y vives con otras quince mujeres como tú. No puedes dejar la casa en donde estás, no puedes tener sexo, te levantas a las 5:20 de la mañana y sólo puedes hablar dos vecs al día». (…) Aunque, todo hay que decirlo, hoy Lauren ya no usa ese nombre, sino que se hace llamar Hermana María Teresa del Sagrado Corazón. Sí, han deducido bien: Lauren es religiosa.

 
Con mejillas coloradas y una sonrisa contagiosa, Lauren cuenta su historia vocacional a la revista. Lo hace con naturalidad y sinceridad, con alegría y soltura. Tanto que la entrevistadora no duda en describirla como «una persona con una mente brillante y un gran sentido del humor».
 
 

¿Y cómo es que llegó a hacerse monja? Lauren cuenta que siempre quiso serlo, pero que se dio cuenta que no siempre era bien aceptada en su niñez cuando decía que lo que ella quería ser de grande era religiosa. «Así que cuando un día en el colegio nos pidieron que nos vistiéramos de lo que quisiéramos ser de adultos yo salí vestida de ganadero».

 
Luego llegó la adolescencia y Lauren se desbocó. Dejó la Iglesia y probó con otras religiones. En realidad probó de todo: «Pensaba que era algo normal y que me haría feliz. Pero en realidad me dejó vacía. Nuestra sociedad nunca te dice: “Si esto no funciona, prueba con Dios”».
 
Hastiada de su vacío, regresó a la Iglesia Católica. En la universidad renovó su oración y, aunque seguía teniendo novio, el deseo de ser monja regresó a su corazón. No obstante, creía que por lo que había vivido en su adolescencia no podría serlo; y eso le traía mucha tristeza.
 
«Una noche, en mi cuarto, comencé a rezar. Pero también quería escuchar mi canción favorita. Tomé los audífonos, me metí a YouTube y puse la canción. Pero en vez de escuchar la canción, escuché las palabras: “¿Quieres casarte conmigo?”. Inmediatamente apagué la música y le dije “sí” a Dios. En cierta manera, ya había hecho la decisión, pero esto me lo confirmó».
 

La reacción de su entorno fue tremenda: sus padres se enfadaron con ella, sus amigas quisieron chantajearla diciéndole que perdería su libertad y entraría en un ambiente patriarcal que la esclavizaría. Pero nada de esto frenó la decisión de Lauren y entró al monasterio dominico en Summit, New Jersey (EEUU), con veinte años de edad.

 
La pregunta ahora es sencilla: ¿cómo trata una revista de moda como Marie Claire la vida de una joven de veinte años dentro de las cuatro paredes del monasterio? La respuesta es sencilla: con admiración. Basta leer el artículo y repasar cómo describe las oraciones, el trabajo manual, el silencio que viven durante el día (incluyendo en las comidas), las penitencias que llevan a cabo por el mundo, incluyendo la vida de castidad.
 
«La dificultad -comenta esto último la ahora Hermana María Teresa- no radica tanto en renunciar a la actividad sexual, sino en renunciar a la cercanía de una relación matrimonial. Yo he renunciado voluntariamente a la posibilidad de tener un marido con el cual caminar en la vida, con el cual compartir sus alegrías y tristezas, he renunciado a abrazar y a ser abrazada. Y es difícil, sobre todo en esos momentos en los que Dios parece que está lejano».
 Lauren el día de su primera profesión

Pero no todo es renuncia: «La sexualidad es algo que debe ser valorado y así lo veo. El vacío que esta falta de relación deja se lleva a cabo justamente para darle espacio a Dios. Porque aunque este vacío puede ser difícil, es también mi grande gozo. ¡Estoy profundamente enamorada de Dios! Y siendo monja puedo amar de la manera más radical posible: renunciando a todo por mi Amado. Esta relación es mucho más intensa de lo que cualquier relación humana puede ser. Sí, tengo un esposo: Dios».

 
 

Con el paso del tiempo, su familia ha aceptado la vocación de Lauren y la visitan una vez al mes. Y aunque sigue siendo difícil -«echo de menos ir a la tienda o ir a misa con mi mamá», comenta Lauren- la sonrisa no se le escapa del rostro. De hecho, en un año profesará sus votos solemnes… ¡y no tiene miedo ante lo que se le presenta!

 
«Al hacer esto, renunciaré a mi capacidad de poseer algo; estaré atada hasta mi muerte. He pensado mucho en este paso y estoy segura de ello». Y así sellará ese matrimonio con Dios tan anhelado por ella: un matrimonio que admira incluso a revistas como Marie Claire y que tuvo su primer chispazo una tarde, mientras escuchaba en YouTube su canción favorita.
 
 
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