Tiempo de Adviento – Palabras de esperanza

21 de diciembre: (Cant 2, 8-14; Sal 32; Lc 1, 39-45)

Poema de amor 

“¡Oíd, que llega mi amado, saltando sobre los montes, brincando por los collados!

Es mi amado como un gamo, es mi amado un cervatillo.

Mirad: se ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, mira por las celosías.

Habla mi amado y me dice: «¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí!” (Cant 2, 8-9).

 

Recepción de la Palabra 

 

Es muy difícil expresar la relación de amor de Dios con la humanidad, si la interpretamos desde la experiencia afectiva humana. Nuestra limitación sexuada no puede discernir bien lo que significa la declaración de amor esponsal de Dios. Homologar la relación matrimonial de Dios con la humanidad desde el analogado humano puede llegar a una aberración.

 

Sin embargo, la Sagrada Escritura, a la hora de revelar el amor que Dios tiene a su pueblo, lo ha descrito en las categorías del amor entre esposo y esposa. Y cuando el Evangelio de San Juan presenta a Jesús, lo hace en clave de unos desposorios, en el marco de una boda en la que el verdadero novio es Jesús.

 

Si leemos estas referencias en vísperas de conmemorar  el Misterio de la Navidad, nos será fácil contemplar la Encarnación del Verbo y el nacimiento del Hijo de Dios en Belén como la consumación de un desposorio entre la Divinidad y la humanidad en la única persona del Hijo Amado de Dios.

 

Pero no solo se nos revela tan íntima relación en el hecho único del Verbo encarnado, sino que en Él y por Él, los creyentes tenemos la llamada a formar una sola cosa con quien es la manifestación plena del amor de Dios.

 

Los místicos son testigos privilegiados de la capacidad del corazón humano de enamorarse de Dios, y de sentir el amor divino como respuesta total a la indigencia afectiva humana. Pero el amor esponsal que Jesucristo ofrece no está reducido a los que lo experimentan de una manera sublime, sino que Él ha querido dejarnos la posibilidad de formar parte de su misma vida a través de la participación eucarística y de los sacramentos.

 

El mismo Jesús asegura que quien come el Pan de Vida,  su carne y  su sangre, forma una sola cosa con Él. En Navidad, a todos los cristianos  se nos reaviva la llamada no solo a venerar y adorar en el pequeño Jesús a Dios hecho hombre, sino también a estremecernos por lo que significa que Dios haya querido asumir nuestra naturaleza para hacernos una sola cosa con Él. Quienes den fe a esta Misterio, gozarán, ya en esta vida, de la máxima posibilidad de relación con Dios.

P. Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

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