El don del perdón: XXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”

https://i0.wp.com/update.gci.org/wp-content/uploads/2013/05/Jesus-disciples-risen.jpgXXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”
(Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20)

El don del perdón

Entra dentro de ti, aunque vivas un tiempo de descanso un tanto extrovertido. No pierdas la ocasión que te ofrece la Palabra que se proclama este domingo. Jesucristo ha entregado a la Iglesia el poder divino de perdonar los pecados, de desatar la conciencia, secuestrada tantas veces por la mala memoria.

Ya el profeta Isaías prefiguraba el don que Jesús entregó a Pedro, y en él a la Iglesia: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra, nadie lo cerrará, lo que él cierre, nadie lo abrirá.” (Is 22, 22). El salmista responde: “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Y el apóstol san Pablo reconoce: “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Sal 137). San Benito reza en su Regla: “El Señor que comenzó esta obra buena en ti, Él mismo la lleve a término”. Y lo hace con el ofrecimiento permanente del perdón.

La Iglesia no se arroga ningún poder judicial. Los sacerdotes “no son agentes de aduana”, nos ha dicho el papa Francisco. El sacramento del perdón es el regalo precioso del Resucitado, para que sus hermanos, los hombres, puedan avanzar por los desiertos de la vida con el auxilio del agua para su sed; del pan vivo, para su hambre; de las sandalias y de la túnica, que no se les desgastan en su éxodo o exilio, gracias al perdón y a la misericordia divina.

El Maestro no dijo al discípulo: “-Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”, para que la Iglesia se convirtiera en un poder fiscalizador, sino para que sea un puerto franco, donde los náufragos no sucumban en su despojo durante la travesía.

No disimules tu debilidad, no huyas de la zona oscura; atrévete a pronunciar las sombras que te habitan delante de quien puede ofrecerte, en nombre del Señor, luz, paz, alegría, serenidad, descanso, unidad interior, restablecimiento, novedad, como ningún otro medio te puede conceder.
Quizá has probado a distraerte, has intentado olvidar en el tiempo de vacaciones, has relativizado los hechos que sabes que te hieren. Antes de reiniciar las tareas, puedes aprovechar la ocasión para drenar todo aquello que te pesa y te entristece. Dicen que a la vuelta de vacaciones, muchos sienten depresión. Tienes la posibilidad de librarte de toda nostalgia, dejando entrar en tu corazón la gracia del perdón divino, y desde él, el deseo de reemprender de nuevo, con ilusión, el trabajo.

 P.  Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

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Testimonio: Vincent, adolescente agnóstico. A los 32 años, se ha bautizado

 
Cuando Vincent escribió esta frase todavía era agnóstico. Hoy, ya católico después de su reciente bautismo, recuerda para Alfa y Omega cómo fue su proceso de conversión. Al echar la vista atrás, este treintañero australiano se da cuenta de cómo Dios le ha ido acercando, poco a poco, a la fe. (Noticia digital (28-VII-2014)

 

Lo primero que Vincent supo de la fe, con cuatro años de edad, es que iría al infierno si no se bautizaba. «Un profesor de Religión me dijo que debía bautizarme si no quería ir al infierno así que llegué a casa y le pedí el bautismo a mi madre», explica Vincent. «Mi madre, que era agnóstica, me dijo para tranquilizarme: Claro que sí hijo, te bautizaremos y ahí se quedó la cosa», continúa.

Su madre, siendo agnóstica, fue, sin darse cuenta, una de las primeras persona en acercarle a Dios. «Era muy abierta, frente al resto de sus hermanos y de sus padres, que eran ateos. Mi madre era mucho más moderada en su posición. Ella no rechazaba la fe y eso fue un ejemplo muy positivo en mi vida».

La segunda pista que le puso Dios para acercarle a la fe fue la iconografía religiosa, por la cual siempre sintió mucha atracción. «De adolescente coleccionaba todo aquello que tuviera una imagen religiosa de cualquier credo. Tenía un pedazo de estatua de San Antonio en mi cuarto. Con 18 años, había coleccionado infinidad de cosas religiosas. En ese momento era más pan-religioso», recuerda Vincent. Y esa atracción por todo lo que tuviera que ver con las imágenes religiosas lo interpretó como una búsqueda: «No profesaba ninguna fe y me interesaban todas. Yo esto lo entendí como una búsqueda, como una necesidad de poner mi mirada en algo más allá». Vincent, sin saberlo, estaba comenzando un camino que le ha llevado al bautismo, y ese camino comenzó gracias a su inquietud. «Dios se ha servido de mi inquietud para acercarme a la fe», asegura.

Obstáculo en el camino: El monopolio de la verdad

A pesar de su atracción por la iconografía, Vincent seguía siendo agnóstico y lo que le echaba para atrás de los católicos es lo que él definió como su monopolio de la verdad. «Para mí, que una religión profese que tiene la única verdad y el único camino era algo que chocaba y que me alejaba del cristianismo», cuenta Vincent. Pero gracias a su novia y a un cura católico las dudas se fueron despejando.

La novia de Vincent se convirtió tras el cáncer de su madre. «Cuando le detectaron la enfermedad, María se puso a rezar intensamente por la curación de su madre. El cáncer desapareció y a María se le despejaron las dudas. Después de algún tiempo volvió a la fe y empezó a hacer visitas a los pobres. Ella me contaba lo contenta que estaba y que tenía que acompañarla a visitar a los pobres porque era increíble, era un sitio muy especial». Vincent un día probó suerte y acudió, junto a su novia, a la casa donde se atendían a los enfermos. Fue allí donde conoció al padre Alberto, del que se hizo buen amigo y quien le ayudó a superar las barreras de los prejuicios. «El sacerdote me ayudó. Me contó que él había hecho peregrinaciones por países musulmanes y cuando te encuentras de frente a un hombre de Dios, da igual que sea musulmán, que sea cristiano, tú te das cuenta de que es un hombre de Dios. Eso me inspiró mucho respeto y me calmó bastante esas preocupaciones».

El ejemplo de los demás fue clave

Otra de las cosas que le fue acercando a la fe fue el ejemplo de las personas. Dios quiso que Vincent se encontrara con personas clave en su vida que, de una forma natural, le fueran acercando hacia Él. «El ejemplo de los demás siempre me llamó mucho la atención. Mi madre pudo ser muy ejemplar en esa apertura, en esa tolerancia. Yo creo que fue clave. Y el padre Alberto, algo parecido. De hecho él fue mi catequista». Son personas que marcaron a Vincent y le ayudaron a liberarse de prejuicios y de dudas.

Años de búsqueda

La conversación entre el padre Alberto y Vincent tuvo lugar hace seis años. «Empecé a ir a la casa de los pobres, pero sin mucha regularidad». Y el Señor fue lanzando nuevos anzuelos, ahora a través de la música y la Virgen. «Yo soy una persona que me emociono con mucha facilidad. Pude asistir como espectador a varias Misas y me emocionaba especialmente la música. Recuerdo que al oír los cantos a la Virgen, muchas veces lloraba. Era un llanto de tristeza porque sentía que no participaba de la Misa y era también un llanto por la Virgen. Veía aquellas personas que le cantaban a su madre y yo había perdido a la mía».

Vincent se fue metiendo cada vez más en las celebraciones y quería poder participar plenamente. «Me afectó muchísimo no poder comulgar y me sentía como un excluido. Allí nació ese deseo de poder comulgar, de poder participar con la comunidad. Ahí empezó mi interés primero y real por la religión católica, casi como un interés social. Fue entonces cuando comencé a recibir catequesis».

Catequesis sin prejuicios

«Yo me quería dejar llevar. Tenía mucha ilusión en vivir el proceso sin ninguna idea preconcebida y sin ninguna expectativa sobre mí. Cuando empecé el catecismo hice un esfuerzo de distanciarme de cualquier resultado del proceso. Obviamente, si empiezas a recibir catequesis es con la intención de convertirte y bautizarte pero yo, en verdad, quería vivirlo con más libertad y pensé: A ver qué pasa. Yo estoy dispuesto, pero no sé si me conozco lo suficiente para saber cómo voy a responder a la catequesis. Me dejé esa libertad para decir que si en un momento una enseñanza me chirriaba, no podría proceder y tendría que parar», explica Vincent sobre el comienzo de las catequesis.

Y con esta disposición, las catequesis fueron un éxito. «Mucho del mérito es del padre Alberto, que ha sabido llegar a mi corazón y comunicarme las cosas, las Verdades, para que yo las entendiera. Todas las enseñanzas esenciales del Evangelio me parecían muy aceptables, me parecían Buena Noticia. Me iba pareciendo apetecible y me iba entregando, me iba dejando llevar».

Mi independencia espiritual hacia el bautismo

El proceso que estaba siguiendo Vincent ilusionó a mucha gente, especialmente a su novia, que veía como la persona a la que amaba se estaba acercando, poco a poco, a Dios. Fue entonces cuando María quiso animar a su novio a seguir dando pasos hacia el bautismo inminente. Pero Vincent le dejó muy claro que no quería presión, que le dejara ese espacio. Ella fue muy respetuosa y durante unos meses fue un proceso que no compartió con nadie. «Me tenía que independizar espiritualmente. Quería estar seguro de mis propias intenciones», puntualiza Vincent. Él no quería bautizarse porque le hiciera ilusión a alguien, él quería bautizarse porque había descubierto a Dios.

Tres sacramentos en un día

Vincent consiguió llegar al final del proceso, y decidió bautizarse. El 21 de junio de 2014, a los 32 años, recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión. «Mucha gente, cuando se acercaba la fecha, me hablaba de la importancia de aquel día y me decían que tenía que llevar chaqueta y corbata. Yo les decía que yo no era así, y que Dios le quería como era», así que Vincent decidió llevar su habitual traje claro y su camisa de flores.

Ahora, después de algo más de un mes como miembro de la Iglesia católica, Vincent piensa en la cruz. «Pienso mucho en la cruz. No me he quitado nunca el crucifijo que me regalaron el día de mi bautizo […] Cuando voy por la calle y paso por delante de una Iglesia, si tengo tiempo, entro para hablar un rato con Dios. Le pido que me conceda el discernimiento necesario para tomar siempre las decisiones más acertadas».

Vincent recibirá un nuevo sacramento el 20 de septiembre de 2014. Ese día se casará con María en un pequeño pueblo de Granada.

José Calderero
@jcalderero

EXPERIENCIA DE DIOS

 

https://i0.wp.com/equipoagora.es/Humanizar-la-salud/Imagenes/Ante-el-dolor-y-el-sufrimiento.jpgCada vez que nuestra historia conozca el infierno, aquel momento será también el único en que podremos hacer experiencia de Dios, porque su gracia, habiéndonos precedido, estará ya allí esperando abrazarnos.

Así lo expresa el padre Silvano Fausti: “<Dios “quiere que todos los hombres se salven”, porque están extraviados: el infierno es el único lugar de posible salvación> (Tierra colgada del cielo).

El infierno es el lugar habitual que todos experimentamos cuando pecamos, cuando nos enfrentamos con nuestros límites, en una situación familiar difícil donde no nos entendemos…

Se dice que al final de la vida, san Jerónimo –el primer Padre de la Iglesia que tradujo la Biblia al latí— oró con estas palabras:

<”Oh Dios, yo te he ofrecido la traducción de la Biblia y no te basta; te he dado mi vida misionera y no te basta; te he ofrecido mi vida de sacerdote y no te basta; te he dado mi oración y no te basta: ¿qué más quiere de mí?”. Y Dios respondió: “Dame tu pecado, para que yo pueda perdonarte”>

La poetisa francesa Marie Noël (1883-1967),  en su diario secreto, escribió este diálogo con Dios recuperando el antiguo pasaje citado más arriba:

<Estoy aquí, Dios mío, ¿Me buscabas? ¿Qué querías de mí? No tengo nada que darte. Desde nuestro último encuentro, no he puesto nada a un lado para ti. Nada… ni siquiera una obra buena. Estaba demasiado cansada. Nada, ni siquiera una buena palabra. Estaba demasiado triste. Nada, sino el disgusto de vivir, el aburrimiento, la esterilidad>>.

<Dámelos>.

<<El sopor de mi alma, los remordimientos de mi flaqueza, y la flaqueza más fuerte que los remordimientos…>>

<¡Dámelos!>>.

<Turbaciones, sustos, dudas…>.

<Dámelos>

<Señor, pero entonces Tú, como un trapero, recoges las sobras, las basuras. ¿Qué quieres hacer con ellas, Señor?>.

<El Reino de los cielos>

Esta visión nos preserva de la continua tentativa –debida a la terrible idea de perfección que llevamos dentro—de escapar de las situaciones donde siempre estamos pensando en “otros mundos”.

La Biblia, por el contrario, narrándonos las historia “sagradas”, nos enseña a estar en lo negativo, a perseverar también cuando e l camino parece interrumpido, porque precisamente allí se revelará lo imposible. Esto es la fe.

[Elogio de la vida imperfecta. Paolo Scquizzato. Paulinas, 2014]

Oración a Nuestra Señora Asunta al Cielo

A ti, la gloriosa, Virgen y Madre, Santa María, a quien los discípulos de tu Hijo veneraron como a madre propia, por fidelidad al testamento del Crucificado, y a quien nosotros seguimos venerando del mismo modo.

A ti, la Bienaventurada, la llenada de gracia, según el saludo del ángel, elevada a lo más alto del cielo, a cuya casa los discípulos de tu Hijo sintieron la necesidad de acudir a la hora de tu tránsito para despedirte y sentir tu última mirada terrena, y a quien nosotros acudimos también para sentirnos mirados por tus ojos misericordiosos.

A ti, la Bendita entre todas las criaturas, como te saludó tu prima Isabel, que gozas de la gloria de tu Hijo y nos confirmas nuestro destino, a ti, a quien los primeros cristianos invocaron como a Madre de Dios y sintieron cobijo y defensa, y nosotros seguimos sintiéndolos cuando rezamos la invocación más antigua: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos, necesitados. Líbranos de todo peligro, Oh siempre gloriosa y bendita”.

A ti, la Reina de todo lo creado porque participas del triunfo de tu Hijo, a ti, a quien podemos invocar como abogada nuestra ante el trono de Dios, como lo fue ante el emperador Asuero la reina Ester en favor de su pueblo. Sabemos que intercedes por nosotros. Así te rezamos todos los días: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

A ti, Esperanza nuestra, porque creemos que vives donde la humanidad tiene su destino, a quien cantan los monjes: “Dios te salve, reina y madre, esperanza nuestra”, desde que San Pedro Mezonzo compusiera la oración más popular, la “Salve”.

A ti, Nuestra Señora, y Señora de los ángeles, Puerta del cielo, a quien san Bernardo cantó extasiado: “¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce siempre virgen, María!”, a ti, que nos dejas sentir la certeza de tu acompañamiento peregrino.

A ti, Asunta al cielo, que no quiere decir ajena a nuestra historia; por el contrario, te sentimos compañera nuestra mientras recorremos valles oscuros y de lágrimas. Sé tú nuestro consuelo, y aviva en nosotros la certeza de los peregrinos, que avanzan seguros hacia la meta luminosa, tú que eres estrella de la mañana, luz del alba, aurora de la vida.

Hoy, el día que veneramos y festejamos tu triunfo, al tiempo de felicitarte y de felicitarnos en ti dando voz a todos los que aún caminamos por este mundo, te pedimos que ruegues por todos a tu Hijo Jesús, para que un día alcancemos la gloria de la que tu ya gozas.

María, reina, asunta al cielo. Ruega por nosotros.

P. Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal.

¿Oración o caridad?

Se necesita tiempo para que abandonemos nuestras ilusiones sobre la caridad. Es cierto: estamos de acuerdo con el evangelio cuando le da a la caridad la primacía sobre todos los deberes cristianos. Cuando se nos habla de caridad, de amor, de acuerdo a priori.

Pero al mismo tiemo mucha veces demostramos bien poco entusiasmo cuando se trata de realizar de veras nuestra vida de caridad y de purificarla de todas las falsificaciones. ¡Cuántas veces la caridad sólo sirve par cubrir nuestras simpatías naturales, nuestra necesidad de paternalismo o de maternidad prolongada! Todo es bueno para justificar nuestro egoísmo y la búsqueda de nosotros mismos so pretexto de caridad: apostolado, entrega, actividad… Todo es bueno cuando se trata de buscarnos y de encontrarnos a nosotros mismos…

Afortunadamente, casi siempre se presenta un conflicto entre la caridad y la oración en ciertos momentos de nuestra vida. Sencillamente, por falta de tiempo.

Por un lado, el evangelio establece, como ley fundamental de la oración, el deber de orar sin cesar, continuamente, en todas las ocasiones. Los textos del Nuevo Testamento están de acuerdo en ello; igualmente, todos los maestros espirituales de la Iglesia. Toda nuestra vida está interesada en la oración. No nos podemos desembarazar de Dios, como tampoco de nosotros mismos.

Pero también es verdad que creemos en la primacía de la caridad. Estamos convencidos de esa primacía y de su urgencia; y con los años vemos cómo esta convicción crece en nosotros y se impone cada vez más. Hasta tal punto, que en determinados momentos, ante todas esas miserias que nos rodean y nos presionan, nos sentimos como acudados, como si tuviéramos una mala conciencia. Y quizás entonces, si alguienviene  insistirnos en la oración, le respondemos: “¿Para qué perder el tiempo y las fuerzas en la oración cuando los demás nos están necesitando para hacer algún trabajo útil?“. O bien, más sencillamente todavía, ante las dificultades y el esfuerzo de la oración cotidiana, nos parece que podrían barnarnos nuestra entrega y nuestra fatiga: “Mi oración es mi trabajo”.

Sabido es cómo esta tensión entre oraicón y caridad (vida “contemplativa” y vida “activa”, etc.) es crónica en la historia de la Iglesia, lo mismo que en cada existencia humana, y el problema del motivo formal de la caridad exige un estudio regular de la teología. Claudel lo formulaba de esta manera: “La tentación del hombre moderno consiste en mostrar que no tenemos necesidad deDios para hacer el bien.”

B. Bro. Enséñanos a orar.

Sígueme, Salamanca, 1969;  p. 184-185

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Libros para el verano

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”.

 

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”.  LA INTEMPERIE

(1Re 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33)

LA INTEMPERIE

Una de los beneficios del tiempo de vacaciones es que se suele salir del lugar habitual donde se vive o trabaja. Este distanciamiento hace más fácil la convivencia y ayuda a valorar más y mejor lo que se tiene.

Pero salir no solo significa un movimiento físico, como puede parecer que se le manda al profeta Elías: “Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar” (1Re 19, 11). Principalmente, la Palabra de Dios de este día nos impulsa a afrontar la intemperie, a dejar el refugio, la cueva donde nos defendemos y escondemos, para poder encontrarnos con el Tú divino, como señala el salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor” (Sal 84).

Cuando vivimos pertrechados en nuestros feudos ideológicos, seguros de nosotros mismos porque dominamos el ambiente, nos exponemos a perder la posibilidad de percibir la acción del Señor, y con ello, perder la experiencia de su paso.

El ejemplo de Jesús, quien “después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar” (Mt 14, 23), coincide con el de Elías en el monte, que se nos presenta como lugar abierto, sin defensa. Tanto en el caso de Elías como en el de Jesús, será en el espacio abierto del monte donde se encuentren con Dios.

Jesús manda a los suyos a embarcar y a cruzar “a la otra orilla”. Además de lo que significa la otra orilla, la travesía fue accidentada, pero gracias a la intemperie que sufrieron los discípulos por la tormenta, fueron testigos del poder del Señor. Al oír lo que les decía su Maestro “-¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!”-, se produjo en ellos una experiencia fundante, que se grabaría en su memoria.

San Pablo, por el contrario, lamenta la situación que vive su pueblo, refractario a las enseñanzas de Jesús, acorazados en la seguridad que les da ser el pueblo elegido, que por serlo, no tiene por qué abrirse a nada ni a nadie. “Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.” (Rom 9, 1-3)

No siempre salimos voluntariamente al monte para ponernos en contacto con Dios. Quizá son más las veces que nos empujan las circunstancias a situaciones de inseguridad. Si aprendemos el código que nos ofrecen las lecturas de hoy, al menos estaremos atentos a la posible moción espiritual que nos pueda producir lo que en un principio juzgamos contratiempo, crisis, tormenta…

Aprovecha la oportunidad de salir de casa, del medio habitual de vida, y hasta puedes elegir algún lugar propicio para dar oportunidad al Señor, que desea hablarte. Recuerda lo que dice el profeta Oseas: “La llevaré al desierto, y le hablaré al corazón” (Os 2,14).

 

P. Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

El alimento que sacia y da vida

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario “A”

(Is 55, 1-3; Sal 144; Rom 8, 35. 37-39; Mt 14, 13-21)

La saciedad

“Venid, comprad trigo; comed sin pagar vino y leche de balde” (Is 55, 1).

Estamos en agosto, mes eminentemente veraniego en el hemisferio norte. Muchos viven todo el año pensando en el tiempo de descanso, de vacaciones y esperando de él la satisfacción de los deseos naturales.

Suelen ser atractivos los lugares que ofrecen buenas viandas, bien sean productos del mar, o de la montaña. La hora de la comida y el lugar donde hacerla es uno de los detalles que más se cuida en el tiempo de descanso.

Jesús era muy sensible a las reuniones familiares y amistosas en torno a la mesa. Son muchos los valores que se despliegan en las celebraciones domésticas -ordinarias o festivas-, con ocasión de comer juntos. La hospitalidad, la convivencia, la amistad, la alegría, la fiesta… tienen su punto cumbre en la mesa.

Sin embargo, la comida puede tener otro sentido más prosaico y sensual, cuando con ella se intenta saciar necesidades biológicas exclusivamente. Jesús, en la cuarentena, nos deja un aforismo contundente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Cuántas veces, por dar rienda suelta al apetito natural de saciar el estómago con abundante comida y bebida, se desnaturaliza la fiesta y el banquete, además de superarse el presupuesto. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura?” (Is 55, 2)

Para comprender el sentido de lo que significa verdaderamente la comida como alimento que sacia y vitaliza, deberemos remontar la interpretación natural y abrirnos a un significado mayor. El salmista canta “abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.” (Sal 144).

Jesús se nos muestra sensible y solidario con la multitud hambrienta, y es pródigo y generoso, multiplicando el pan: Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras” (Mt 14,20). Pero a su vez, en otro pasaje denuncia que mucho lo siguen por el pan que les da, por el estómago, y no por Él.

No podemos quedarnos embotados por comer y beber, y perder la trascendencia de la prodigalidad de Dios. Jesús se va a dar en comida y bebida. Él se va a presentar como “Pan del cielo”, como “agua vida” que sacia y salta a la vida eterna. Debemos estar hambrientos del alimento que no perece, que sacia no solo el cuerpo, sino el espíritu, porque alimenta el sentido de la existencia.

Que nada ni nadie nos aparten de la centralidad que significa Jesucristo, el Pan de vida. San Pablo nos dice en la segunda lectura: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? (Rm 8, 35)

P. Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

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