¿Oración o caridad?

Se necesita tiempo para que abandonemos nuestras ilusiones sobre la caridad. Es cierto: estamos de acuerdo con el evangelio cuando le da a la caridad la primacía sobre todos los deberes cristianos. Cuando se nos habla de caridad, de amor, de acuerdo a priori.

Pero al mismo tiemo mucha veces demostramos bien poco entusiasmo cuando se trata de realizar de veras nuestra vida de caridad y de purificarla de todas las falsificaciones. ¡Cuántas veces la caridad sólo sirve par cubrir nuestras simpatías naturales, nuestra necesidad de paternalismo o de maternidad prolongada! Todo es bueno para justificar nuestro egoísmo y la búsqueda de nosotros mismos so pretexto de caridad: apostolado, entrega, actividad… Todo es bueno cuando se trata de buscarnos y de encontrarnos a nosotros mismos…

Afortunadamente, casi siempre se presenta un conflicto entre la caridad y la oración en ciertos momentos de nuestra vida. Sencillamente, por falta de tiempo.

Por un lado, el evangelio establece, como ley fundamental de la oración, el deber de orar sin cesar, continuamente, en todas las ocasiones. Los textos del Nuevo Testamento están de acuerdo en ello; igualmente, todos los maestros espirituales de la Iglesia. Toda nuestra vida está interesada en la oración. No nos podemos desembarazar de Dios, como tampoco de nosotros mismos.

Pero también es verdad que creemos en la primacía de la caridad. Estamos convencidos de esa primacía y de su urgencia; y con los años vemos cómo esta convicción crece en nosotros y se impone cada vez más. Hasta tal punto, que en determinados momentos, ante todas esas miserias que nos rodean y nos presionan, nos sentimos como acudados, como si tuviéramos una mala conciencia. Y quizás entonces, si alguienviene  insistirnos en la oración, le respondemos: “¿Para qué perder el tiempo y las fuerzas en la oración cuando los demás nos están necesitando para hacer algún trabajo útil?“. O bien, más sencillamente todavía, ante las dificultades y el esfuerzo de la oración cotidiana, nos parece que podrían barnarnos nuestra entrega y nuestra fatiga: “Mi oración es mi trabajo”.

Sabido es cómo esta tensión entre oraicón y caridad (vida “contemplativa” y vida “activa”, etc.) es crónica en la historia de la Iglesia, lo mismo que en cada existencia humana, y el problema del motivo formal de la caridad exige un estudio regular de la teología. Claudel lo formulaba de esta manera: “La tentación del hombre moderno consiste en mostrar que no tenemos necesidad deDios para hacer el bien.”

B. Bro. Enséñanos a orar.

Sígueme, Salamanca, 1969;  p. 184-185

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