MARTES SANTO. EL AMOR PRIMERO

MARTES SANTO

(Is 49, 1-6; Sal 70; Jn 13, 21-33. 36-38)

EL AMOR PRIMERO

El profeta Jeremías, figura de Jesús, reconoce: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre (Is 49, 1). Esta confesión pone letra a una realidad que deberíamos reconocer cada ser humano, y de manera especial quienes hemos sido enriquecidos con la fe, y quizá con la llamada al seguimiento del Maestro de Nazaret.

Sin duda que los textos proféticos los debemos aplicar a Jesús. Él es el Amado antes de los siglos. Esta certeza es lo que, en los últimos momentos de su vida, le va a dar valor para entregarse y para abandonarse en las manos del Creador. El salmo le puede recordar la fidelidad de su Padre: “Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas” (Sal 70).

Cuado se viven momentos de prueba, se beben las palabras, y los gestos se agigantan. En el enclave de la Cena del Señor, el evangelista menciona la presencia del discípulo amado: “Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho” (Jn 13,23), como si deseara compensar el dolor de la traición, que sucedería poco después.

Son días de sentirse amados por el Señor, y de devolver amor. Tenemos la llamada a ser del grupo de los que desean aliviar la hora de mayor sufrimiento de Jesús, y a la vez deberemos tomar conciencia de sabernos amados por Él, más allá de que las circunstancias impongan oscuridad y dolor.

P. Án gel Moreno, Buenafuente del Sistal

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Martes Santo. El Amor Primero

 

MARTES SANTO

(Is 49, 1-6; Sal 70; Jn 13, 21-33. 36-38)

EL AMOR PRIMERO

El profeta Jeremías, figura de Jesús, reconoce: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre (Is 49, 1). Esta confesión pone letra a una realidad que deberíamos reconocer cada ser humano, y de manera especial quienes hemos sido enriquecidos con la fe, y quizá con la llamada al seguimiento del Maestro de Nazaret.

Sin duda que los textos proféticos los debemos aplicar a Jesús. Él es el Amado antes de los siglos. Esta certeza es lo que, en los últimos momentos de su vida, le va a dar valor para entregarse y para abandonarse en las manos del Creador. El salmo le puede recordar la fidelidad de su Padre: “Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas” (Sal 70).

Cuado se viven momentos de prueba, se beben las palabras, y los gestos se agigantan. En el enclave de la Cena del Señor, el evangelista menciona la presencia del discípulo amado: “Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho” (Jn 13,23), como si deseara compensar el dolor de la traición, que sucedería poco después.

Son días de sentirse amados por el Señor, y de devolver amor. Tenemos la llamada a ser del grupo de los que desean aliviar la hora de mayor sufrimiento de Jesús, y a la vez deberemos tomar conciencia de sabernos amados por Él, más allá de que las circunstancias impongan oscuridad y dolor.

P. Án gel Moreno, Buenafuente del Sistal

Pregón de Ramos

Domingo de Ramos 

(Mc 11, 1-10; Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15, 47) 

Cuando se cumple hoy la cuarentena de preparación para la Pascua, y entramos en la Semana Mayor, muchos son los aspectos que podríamos meditar.  

 En los textos que se proclaman en la liturgia de este domingo, deseo fijarme en la concurrencia de los términos “manto”, “vestido”, “ropa” y “túnica”. 

 A primera vista, parece que no tienen nada que ver el gesto de quienes se quitan sus mantos para aparejar el burro o para alfombrar el camino -“Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos” (Mc 11, 8)-, con los demás textos, aunque se citan términos semejantes: “Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica (Sal 21). “Lo vistieron de púrpura. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa” (Mc 15,20). En el primer caso es un momento de euforia colectiva de las gentes de Jerusalén; en el segundo se trata de la opción total de Jesús de entregar su vida por amor. 

 En las Sagradas Escrituras, el manto, el vestido y la túnica, son algo más que una pieza de tela para cubrir el cuerpo; significan la propia identidad y la dignidad de la persona,  de ahí que dar el manto y la capa es darse enteramente a sí mismo, y echar el manto a los pies del Señor es gesto y obsequio de fe y de reconocimiento total, aunque en el caso del Domingo de Ramos las expresividades, tanto verbales como gestuales, se puedan explicar como reacción emocional colectiva. 

 San Pablo alude al rebajamiento de Jesús, quien “se despojó de su rango” (Flp 2,7). Los relatos de la Pasión narran cómo le quitaron los soldados las ropas al Señor, en actitud de sorna y de desprecio. Y le crucificaron, y repartieron sus vestiduras, echando suertes sobre ellas, para ver qué se llevaría cada uno (Mc 15, 24). Todas  estas imágenes, en el pórtico de la Semana Santa, nos invitan a tomar la actitud de entrega del Señor, como quien cambia de vida o se reafirma en el seguimiento evangélico. 

 Estos días, muchos se revestirán con capirotes y distintos atuendos, con el deseo de acompañar de manera penitencial al Señor. No debiera ser artificial ninguna identificación cristiana, sino, por el contrario, debería manifestar una confesión radical de pertenencia al Nazareno. 

P. Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

 

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