XVII DOMINGO DEL T. O. LA MESA DE LA CREACIÓN

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(2Re 4, 42-44; Sal 144; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15)

LA MESA DE LA CREACIÓN

En el ciclo “B” del Tiempo Ordinario, por ser el año en el que se proclama el evangelio de San Marcos, que es el más breve de los textos evangélicos, a partir de este domingo se leerá el capítulo sexto del evangelio de San Juan.

Las palabras de Jesús en el evangelio son a la vez llamada de atención y profecía de la situación actual, cuando les advierte a los discípulos, después de dar de comer a la multitud: –«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.».

El papa Francisco, quien acaba de regalarnos la comprometedora carta encíclica: “Laudato sí”, nos señala en ella: “Sa-bemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y « el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre” (Francisco, Laudato Sí 50). Esta denuncia nos obliga a cada uno, y no solo a las instituciones políticas o económicas.

Escuchamos hoy la orden que da Eliseo a su criado cuando recibe la ofrenda de veinte panes de cebada: «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor. (2 Re 4, 44)”. La imagen coincide con el gesto de Jesús ante la multitud, con los cinco panes de cebada: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6, 11). Deberíamos sentir por un lado, la responsabilidad sobre la administración de los bienes y por otro lado, el escándalo por la cultura del consumismo y del despilfarro, cuando tantos pasan hambre.

Al meditar la Palabra, nos tendría que invadir la compasión, como a Jesús, y movernos a introducir en nuestros hábitos, al tiempo que la austeridad, la opción de compartir, sintiendo el grito de los más pobres. “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente” (Sal 144).

Los textos bíblicos que hoy se proclaman, si los leemos en clave material tienen una dimensión social, que no deberemos obviar: hay una gran necesidad de pan en el mundo. Y también contienen una dimensión sacramental, al interpretarlos en clave eucarística, como lo hace el Papa en su encíclica: “La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, « la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo ».167 Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (Ls 236).

Seamos solidarios, a la vez que contemplativos. Participemos en la mesa santa, a la vez que compartimos el pan cotidiano.

P. Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

PASTOR Y CORDERO. Domingo XVI TO


XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, “B”

(Jer 23, 1-6; Sal 22; Ef 2, 13-18; Mc 6, 30-34)

De un tiempo acá, vengo considerando con sobrecogimiento, hasta dónde llega el amor de Dios por cada ser humano, pensamiento que se me reaviva hoy, al hilo de las lecturas que se proclaman en la liturgia dominical.

En esta época posindustrial, quizá no llegamos a sentir la fuerza de las imágenes bíblicas, que tienen que ver con una cultura rural. Sin embargo, los textos son suficientemente explícitos para comprender la revelación del amor divino que contienen.

Si Dios en el Antiguo Testamento se manifestó a su pueblo como pastor que cuida a su rebaño – “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen” (Jer 23, 4) –
Y el salmista compone una plegaria esperanzadora: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas” (Sal 22)
. En el Nuevo Testamento, es Jesús quien personaliza la figura del pastor que se conmueve al ver a la multitud sin guía: “Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma” (Mc 6, 34).

La concurrencia de los textos confirma la clave con la que se deben leer las Sagradas Escrituras, siempre desde el acontecimiento de Jesucristo. Y haciéndolo así, nos sorprendemos al contemplar que quien se presenta como el pastor que nos cuida, se entregará como Cordero que nos redime.

Según el Libro Sagrado, el Creador se hace criatura, para decirnos a todos que siempre cabe la esperanza, pues si Dios hizo al hombre, y éste desobedeció y se arriesgó a romper la amistad con su Hacedor, en la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para que todos los nacidos de mujer recuperaran la amistad con Dios.

Encontramos una imagen semejante a la hora de leer en la Biblia que Dios cuidaba a su pueblo como el labrador cuida su viña preferida, pero ésta, en vez de dar buenas uvas, le da agrazones. El labrador, que pasa por la tentación de destruir la heredad, acaba haciéndose él mismo vid, y su fruto, lo brinda Cristo en la Cena Santa como libación para perdón de los pecados.

El Pastor bueno va a dar su vida por sus ovejas, y la da como Cordero inmolado, sacrificio expiatorio, para que nadie quede fuera de su redil. Ahora se comprende mejor la expresiónpaulina: “Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca” (Ef 2, 16-17).

P. Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

LA DEBILIDAD. XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Ez 2, 2-5; Sal 122; 2 Co 12, 7b-10; Mc 6, 1-6)

LA DEBILIDAD

Nuestra naturaleza aspira a la seguridad, siente que sin ella no puede alcanzar metas importantes. Por lo mismo, rehúye el fracaso, la contingencia y la inseguridad.

Los estrategas de la economía, por ejemplo, se sientan a planear cómo ganar más, o cómo conseguir grandes resultados en sus inversiones, y huyen de cualquier signo de duda.

Y sin embargo, por propia experiencia, es en los momentos de mayor debilidad cuando la persona se abre a un conocimiento propio, de sí misma, que en ninguna otra situación alcanza.

El salmista describe la actitud menesterosa del esclavo o de la esclava, que están pendientes del favor de su señor o su señora, para decir con mayor plasticidad la que nos corresponde a nosotros mantener ante Dios. “Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia” (Sal 122).

Aún es más evidente el testimonio de san Pablo, por el que nos confiesa en quién debemos poner nuestra confianza, y de dónde nos viene la fuerza. Como es lógico y natural, el apóstol cree que es bueno pedir verse libre de la debilidad, de la flaqueza, del aguijó de la carne. Y sin embargo, el Señor le responde: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» (2Co 12, 9).

Un peligro que se deriva de toda situación de poder es el afán de dominar, no solo por poseer el mayor cúmulo de bienes materiales, sino también por el ejercicio despótico sobre las personas. ¡Qué difícil es encontrar a quien convierte su capacidad en servicio magnánimo!

Jesús quiso pasar por este mundo con la sencillez de un vecino de Nazaret, de un paisano de Galilea, de tal manera que, cuando salió a predicar, cundió la extrañeza, y sus conciudadanos se preguntaban: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?”

El papa Francisco ha advertido a los sacerdotes que evangelizar no es hacer proselitismo. “Las dos columnas sobre las que se apoya el Cristianismo: las Bienaventuranzas y Mateo 25, que es el protocolo sobre el que vamos a ser juzgados” (Roma, 12 de junio, 2015).

Quienes ponen su confianza en la fuerza, en el poder, en el tener, se resisten a dejarse conducir y acompañar por la fe. Dice el Evangelio que Jesús, al ver la incredulidad de sus paisanos, “se extrañó de su falta de fe”.

P. Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

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