EL MISTERIO DEL CORAZÓN DE CRISTO. S. JUAN PABLO II

 

¡Queridos Hermanos y Hermanas!

1. El próximo miércoles 22 de junio, la liturgia de la Iglesia se concentra, con una adoración y un amor especial, en torno al misterio del Corazón de Cristo. Quiero, pues, ya hoy, anticipando este día y esta fiesta, dirigir junto con vosotros la mirada de nuestros corazones sobre el misterio de ese Corazón. Él me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia.

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

2. Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del miércoles, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. “Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 31-34).

El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el Corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este Corazón -este corazón humano- ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del Corazón de Cristo, después de la muerte -a pesar de toda la “crudeza” histórica del texto- nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora. El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37; Zac 12, 10).

En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.

3. Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertido de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido “anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9).

Esa “riqueza de Cristo” es, al mismo tiempo, el “designio eterno de salvación” de Dios que el Espíritu Santo dirige al “hombre interior”, para que así “Cristo habite por la fe en nuestros corazones” (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición “de comprender con nuestro espíritu humano” (es decir, precisamente con este “corazón”) “cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la Caridad de Cristo, que supera toda ciencia…” (Ef 3, 18-19).

Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. “…Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce” (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón “invita”. Para esto fue abierto con la lanza del soldado.

4. El misterio del Corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de Misericordia de nuestro Dios (San Bernardo, Sermón 61, 4; PL 183, 1072).

Cristo dice en la liturgia de hoy: “Aprended de Mí, que Soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante la “mansedumbre y la humildad”. Todo el misterio de Su reinado está expresado en estas palabras. La “mansedumbre y la humildad. encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa “mansedumbre y humildad” lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención cada día.

5. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, Domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.


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El dolor y el sufrimiento humano por C. S. Lewis

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VER ABAJO PELICULA COMPLETA

El problema del dolor humano

El dolor es un misterio universal e inevitable que sobrecoge y desconcierta al ser humano. Con frecuencia se proponen fórmulas más o menos anestésicas: resignación, escapismo, anulación de la voluntad. En casi ningún caso se resuelven las preguntas que todo hombre se hace: ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? ¿Cómo se armoniza la realidad dolorosa con la bondad divina para aquellos que creen?

Los médicos nos acercamos al hombre, al enfermo, pero tampoco tenemos siempre todas las respuestas. Somos privilegiados espectadores, y a veces protagonistas, de los momentos en los que los hombres deben enfrentarse al dolor y al sufrimiento. Con frecuencia debemos volver la mirada a la verdadera condición y dignidad del hombre.

Uno de los escritores contemporáneos que han afrontado más lúcidamente el problema del dolor humano ha sido C.S. Lewis.

El escritor inglés escribió en 1940 su libro “El problema del dolor”. Su propósito era resolver el problema intelectual presentado al sufriente por el sufrimiento. Esta erudición intelectual del problema del dolor es una necesidad urgente para quien sufre, pues el doliente no sólo se duele de padecimientos físicos sino también de la misma conciencia del dolor como aporía, como callejón sin salida. Por eso la reflexión sobre el sentido del dolor resulta inevitable. Con todo Lewis observa con agudeza que una filosofía del dolor nunca podrá llegar a ser un analgésico adecuado para obviar al sufrimiento.

[Jose Antonio Trujillo. Del blog Perlas, Post: C. S. Lewis, una pena observada.

 

Entender el sufrimiento

Tierras de penumbra es una película singular, porque ofrece frontalmente una reflexión seria sobre el sentido del dolor. Naturalmente, en una película no hay tiempo para mucho, pero el esquema es nítido, veraz, fuera de toda ñoñería y de toda tonta incredulidad.

Vemos a C. S. Lewis, conferenciante de temas cristianos, tratando con frecuencia el tema del dolor. Aparecen muchos de los argumentos cristianos verdaderos, pero repetidos con frecuencia sin haberlos experimentado. Esa posición de Lewis puede verse en su libro El problema del dolor (1). Ideas como ésta: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo”.

Pues bien: muere, de cáncer, su esposa Joy Gresham. Y aquel hombre, que hablaba muy bien del amor, pero que no había querido con locura a nadie, salvo a su Joy, se da cuenta de que la mayoría de las cosas que ha escrito y predicado sobre la aceptación del dolor suenan literalmente a música celestial.

En esa circunstancia, escribe unos cuadernos con sus doloridas impresiones ante la muerte de su esposa -designada en ellos como H.- y sus quejas dirigidas a Dios. Después de la película he vuelto a leer ese libro -Una pena observada (2)- y sigo pensando que esa obra es como una vacuna. Y que deberían leerla -por desgracia, está agotada- todas las personas que han sentido a veces chirriar algo en su interior cuando “el consuelo de la religión” es presentado como una cadena de tópicos.

[ Rafael Gómez Pérez en El dolor de amar según C. S. Lewis. ]

www.aceprensa.com/

 

TIERRA DE PENUMBRAS. LA PELICULA

 

 

Testimonio: Vincent, adolescente agnóstico. A los 32 años, se ha bautizado

 
Cuando Vincent escribió esta frase todavía era agnóstico. Hoy, ya católico después de su reciente bautismo, recuerda para Alfa y Omega cómo fue su proceso de conversión. Al echar la vista atrás, este treintañero australiano se da cuenta de cómo Dios le ha ido acercando, poco a poco, a la fe. (Noticia digital (28-VII-2014)

 

Lo primero que Vincent supo de la fe, con cuatro años de edad, es que iría al infierno si no se bautizaba. «Un profesor de Religión me dijo que debía bautizarme si no quería ir al infierno así que llegué a casa y le pedí el bautismo a mi madre», explica Vincent. «Mi madre, que era agnóstica, me dijo para tranquilizarme: Claro que sí hijo, te bautizaremos y ahí se quedó la cosa», continúa.

Su madre, siendo agnóstica, fue, sin darse cuenta, una de las primeras persona en acercarle a Dios. «Era muy abierta, frente al resto de sus hermanos y de sus padres, que eran ateos. Mi madre era mucho más moderada en su posición. Ella no rechazaba la fe y eso fue un ejemplo muy positivo en mi vida».

La segunda pista que le puso Dios para acercarle a la fe fue la iconografía religiosa, por la cual siempre sintió mucha atracción. «De adolescente coleccionaba todo aquello que tuviera una imagen religiosa de cualquier credo. Tenía un pedazo de estatua de San Antonio en mi cuarto. Con 18 años, había coleccionado infinidad de cosas religiosas. En ese momento era más pan-religioso», recuerda Vincent. Y esa atracción por todo lo que tuviera que ver con las imágenes religiosas lo interpretó como una búsqueda: «No profesaba ninguna fe y me interesaban todas. Yo esto lo entendí como una búsqueda, como una necesidad de poner mi mirada en algo más allá». Vincent, sin saberlo, estaba comenzando un camino que le ha llevado al bautismo, y ese camino comenzó gracias a su inquietud. «Dios se ha servido de mi inquietud para acercarme a la fe», asegura.

Obstáculo en el camino: El monopolio de la verdad

A pesar de su atracción por la iconografía, Vincent seguía siendo agnóstico y lo que le echaba para atrás de los católicos es lo que él definió como su monopolio de la verdad. «Para mí, que una religión profese que tiene la única verdad y el único camino era algo que chocaba y que me alejaba del cristianismo», cuenta Vincent. Pero gracias a su novia y a un cura católico las dudas se fueron despejando.

La novia de Vincent se convirtió tras el cáncer de su madre. «Cuando le detectaron la enfermedad, María se puso a rezar intensamente por la curación de su madre. El cáncer desapareció y a María se le despejaron las dudas. Después de algún tiempo volvió a la fe y empezó a hacer visitas a los pobres. Ella me contaba lo contenta que estaba y que tenía que acompañarla a visitar a los pobres porque era increíble, era un sitio muy especial». Vincent un día probó suerte y acudió, junto a su novia, a la casa donde se atendían a los enfermos. Fue allí donde conoció al padre Alberto, del que se hizo buen amigo y quien le ayudó a superar las barreras de los prejuicios. «El sacerdote me ayudó. Me contó que él había hecho peregrinaciones por países musulmanes y cuando te encuentras de frente a un hombre de Dios, da igual que sea musulmán, que sea cristiano, tú te das cuenta de que es un hombre de Dios. Eso me inspiró mucho respeto y me calmó bastante esas preocupaciones».

El ejemplo de los demás fue clave

Otra de las cosas que le fue acercando a la fe fue el ejemplo de las personas. Dios quiso que Vincent se encontrara con personas clave en su vida que, de una forma natural, le fueran acercando hacia Él. «El ejemplo de los demás siempre me llamó mucho la atención. Mi madre pudo ser muy ejemplar en esa apertura, en esa tolerancia. Yo creo que fue clave. Y el padre Alberto, algo parecido. De hecho él fue mi catequista». Son personas que marcaron a Vincent y le ayudaron a liberarse de prejuicios y de dudas.

Años de búsqueda

La conversación entre el padre Alberto y Vincent tuvo lugar hace seis años. «Empecé a ir a la casa de los pobres, pero sin mucha regularidad». Y el Señor fue lanzando nuevos anzuelos, ahora a través de la música y la Virgen. «Yo soy una persona que me emociono con mucha facilidad. Pude asistir como espectador a varias Misas y me emocionaba especialmente la música. Recuerdo que al oír los cantos a la Virgen, muchas veces lloraba. Era un llanto de tristeza porque sentía que no participaba de la Misa y era también un llanto por la Virgen. Veía aquellas personas que le cantaban a su madre y yo había perdido a la mía».

Vincent se fue metiendo cada vez más en las celebraciones y quería poder participar plenamente. «Me afectó muchísimo no poder comulgar y me sentía como un excluido. Allí nació ese deseo de poder comulgar, de poder participar con la comunidad. Ahí empezó mi interés primero y real por la religión católica, casi como un interés social. Fue entonces cuando comencé a recibir catequesis».

Catequesis sin prejuicios

«Yo me quería dejar llevar. Tenía mucha ilusión en vivir el proceso sin ninguna idea preconcebida y sin ninguna expectativa sobre mí. Cuando empecé el catecismo hice un esfuerzo de distanciarme de cualquier resultado del proceso. Obviamente, si empiezas a recibir catequesis es con la intención de convertirte y bautizarte pero yo, en verdad, quería vivirlo con más libertad y pensé: A ver qué pasa. Yo estoy dispuesto, pero no sé si me conozco lo suficiente para saber cómo voy a responder a la catequesis. Me dejé esa libertad para decir que si en un momento una enseñanza me chirriaba, no podría proceder y tendría que parar», explica Vincent sobre el comienzo de las catequesis.

Y con esta disposición, las catequesis fueron un éxito. «Mucho del mérito es del padre Alberto, que ha sabido llegar a mi corazón y comunicarme las cosas, las Verdades, para que yo las entendiera. Todas las enseñanzas esenciales del Evangelio me parecían muy aceptables, me parecían Buena Noticia. Me iba pareciendo apetecible y me iba entregando, me iba dejando llevar».

Mi independencia espiritual hacia el bautismo

El proceso que estaba siguiendo Vincent ilusionó a mucha gente, especialmente a su novia, que veía como la persona a la que amaba se estaba acercando, poco a poco, a Dios. Fue entonces cuando María quiso animar a su novio a seguir dando pasos hacia el bautismo inminente. Pero Vincent le dejó muy claro que no quería presión, que le dejara ese espacio. Ella fue muy respetuosa y durante unos meses fue un proceso que no compartió con nadie. «Me tenía que independizar espiritualmente. Quería estar seguro de mis propias intenciones», puntualiza Vincent. Él no quería bautizarse porque le hiciera ilusión a alguien, él quería bautizarse porque había descubierto a Dios.

Tres sacramentos en un día

Vincent consiguió llegar al final del proceso, y decidió bautizarse. El 21 de junio de 2014, a los 32 años, recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión. «Mucha gente, cuando se acercaba la fecha, me hablaba de la importancia de aquel día y me decían que tenía que llevar chaqueta y corbata. Yo les decía que yo no era así, y que Dios le quería como era», así que Vincent decidió llevar su habitual traje claro y su camisa de flores.

Ahora, después de algo más de un mes como miembro de la Iglesia católica, Vincent piensa en la cruz. «Pienso mucho en la cruz. No me he quitado nunca el crucifijo que me regalaron el día de mi bautizo […] Cuando voy por la calle y paso por delante de una Iglesia, si tengo tiempo, entro para hablar un rato con Dios. Le pido que me conceda el discernimiento necesario para tomar siempre las decisiones más acertadas».

Vincent recibirá un nuevo sacramento el 20 de septiembre de 2014. Ese día se casará con María en un pequeño pueblo de Granada.

José Calderero
@jcalderero

EXPERIENCIA DE DIOS

 

https://i0.wp.com/equipoagora.es/Humanizar-la-salud/Imagenes/Ante-el-dolor-y-el-sufrimiento.jpgCada vez que nuestra historia conozca el infierno, aquel momento será también el único en que podremos hacer experiencia de Dios, porque su gracia, habiéndonos precedido, estará ya allí esperando abrazarnos.

Así lo expresa el padre Silvano Fausti: “<Dios “quiere que todos los hombres se salven”, porque están extraviados: el infierno es el único lugar de posible salvación> (Tierra colgada del cielo).

El infierno es el lugar habitual que todos experimentamos cuando pecamos, cuando nos enfrentamos con nuestros límites, en una situación familiar difícil donde no nos entendemos…

Se dice que al final de la vida, san Jerónimo –el primer Padre de la Iglesia que tradujo la Biblia al latí— oró con estas palabras:

<”Oh Dios, yo te he ofrecido la traducción de la Biblia y no te basta; te he dado mi vida misionera y no te basta; te he ofrecido mi vida de sacerdote y no te basta; te he dado mi oración y no te basta: ¿qué más quiere de mí?”. Y Dios respondió: “Dame tu pecado, para que yo pueda perdonarte”>

La poetisa francesa Marie Noël (1883-1967),  en su diario secreto, escribió este diálogo con Dios recuperando el antiguo pasaje citado más arriba:

<Estoy aquí, Dios mío, ¿Me buscabas? ¿Qué querías de mí? No tengo nada que darte. Desde nuestro último encuentro, no he puesto nada a un lado para ti. Nada… ni siquiera una obra buena. Estaba demasiado cansada. Nada, ni siquiera una buena palabra. Estaba demasiado triste. Nada, sino el disgusto de vivir, el aburrimiento, la esterilidad>>.

<Dámelos>.

<<El sopor de mi alma, los remordimientos de mi flaqueza, y la flaqueza más fuerte que los remordimientos…>>

<¡Dámelos!>>.

<Turbaciones, sustos, dudas…>.

<Dámelos>

<Señor, pero entonces Tú, como un trapero, recoges las sobras, las basuras. ¿Qué quieres hacer con ellas, Señor?>.

<El Reino de los cielos>

Esta visión nos preserva de la continua tentativa –debida a la terrible idea de perfección que llevamos dentro—de escapar de las situaciones donde siempre estamos pensando en “otros mundos”.

La Biblia, por el contrario, narrándonos las historia “sagradas”, nos enseña a estar en lo negativo, a perseverar también cuando e l camino parece interrumpido, porque precisamente allí se revelará lo imposible. Esto es la fe.

[Elogio de la vida imperfecta. Paolo Scquizzato. Paulinas, 2014]

DIEZ NOTAS PARA UNAS VACACIONES CRISTIANAS

 

La necesidad del descanso y la serenidad es algo que viene pedido por la naturaleza humana. En las primeras páginas del Génesis se nos dice que: “cuando llegó el día séptimo Dios había terminado su obra, y descansó de todo lo que había hecho” (2,2). El mismo  Jesús invitó a sus discípulos: “a un lugar solitario para descansar un poco. Porque eran tanto los que iban y venían, que no tenían tiempo para comer” (Mc 6,31). ¿Qué quiere decir todo esto? ¡Que las vacaciones no son un invento de la sociedad del bienestar! Hay dos formas de vivir el tiempo vacacional: la más potenciada por la cultura hedonista domínate es el “dolce far niente”. Es decir, deja a un lado la cabeza, el corazón, la conciencia, para vivir la aventura humana del capricho de moda. Otra manera es la que propone Benedicto XVI “metiendo el Evangelio en la maleta” (Zenit 3.7.2011), que significa convertirnos en dueños de nuestras vacaciones, saber valorarla pero nunca  mitificarla y descubrir los valores que encierra esa época del año:

1º El descanso: la fatiga y el afán por el trabajo y otras ocupaciones, ofusca el criterio de lo verdadero y lo justo. Las vacaciones son un periodo útil para reponer fuerzas físicas, psíquicas y espirituales que posibiliten un cambio en los aspectos de la vida que lo requieran.

2º La reflexión: hay que buscar espacio y tiempo para pensar en uno mismo. No tengas miedo de reencontrarte contigo y vencer la superficialidad que produce el ajetreo de la vida ordinaria. Para ello, no olvides los Evangelios que te ayudarán.

3º La alegre serenidad: las diversiones distraen, los viajes alejan momentáneamente los problemas. Pero la alegría permanente brota de tener la “casa interior” en orden. Las vacaciones son un tiempo privilegiado para una “puesta a punto”.

4º La familia: en una sociedad donde trabaja el padre y la madre fuera del hogar, los hijos gozan poco de sus progenitores. El periodo vacacional puede estrechar mucho más los lazos familiares, crecer en comunicación entre sus miembros y ayudar a aquel que más lo necesite.

5º La amistad: las relaciones entre los amigos necesitan su tiempo. Las vacaciones son un momento propicio para acercar amistades, reparar olvidos, subsanar malos entendidos, visitar al amigo enfermo y dedicar horas a disfrutar de las buenas compañías.

 

6º  Redescubrir la belleza de la fe: las vacaciones no se reduce a “campo, mar o montaña”. Hay que saber captar  la hermosura de las obras humanas que nos legaron nuestros mayores. Este tiempo de asueto se puede gastar en cultivar la sensibilidad hacia nuestro patrimonio histórico, artístico, cultural y religioso que son expresiones de la vida de nuestros antepasados.

7º El silencio: en él logramos percibir las voces más significativas para nuestra realización personal. Quienes aprecian el silencio se convierten en “maestros” del escuchar y  comunicar.

8º La oración: tan escasa por las múltiples ocupaciones, es ahora un momento para mayor comunicación con el Señor y recibir de Él la fuerza y el estímulo para nuestro camino diario.

9º La creación: en la época vacacional muchas personas tienen más oportunidad de  contemplar y valorar el hermoso espectáculo que cada día nos ofrece gratuitamente la madre naturaleza donde está tan palpable la huella del Creador.

10º La solidaridad: en vacaciones nunca se debe olvidar el amor a los pobres. Ello se manifiesta en el austeridad en gasto  y en el compartir, cuidando y dando compañía a los mayores, apoyando interesantes actividades sociales y pastorales en zonas.

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España 

MUERTE DE DIOS: El Misterio del Sábado Santo.

sabado santo (1)SOBRE LAS TINIEBLAS DE LOS CORAZONES
BRILLA SU LUZ

LA afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más  fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en Jean Paul 1, como una simple pesadilla. Jesús muerto proclama  desde el techo del mundo que en su marcha al más allá no ha  encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo  la nada infinita, el silencio de un vacío bostezante. Pero se trata  simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al  despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en  el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es  ·Nietzsche-F quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente  grito de espanto: «¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo  hemos asesinados. Cincuenta años después se habla ya del asunto  con una serenidad casi académica y se comienza a construir una  «teología después de la muerte de Dios», que progresa y anima al  hombre a ocupar el puesto abandonado por él.

SABADO-STO/MISTERIO: El impresionante misterio del sábado  santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época  un tremendo realismo. Porque esto es el sábado santo: el día del  ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que  expresamos en el credo con las palabras «descendió a los  infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo  podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está  vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha  terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un  fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su  hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al  principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder,  llevaban razón.

;Sábado santo, día de la sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma  especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse  nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de  Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido  vacío en el corazón y se disponen a volver a su casa avergonzados  y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de  esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que aquél a  quien creen muerto se halla entre ellos?

Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos  dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi  literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con  frecuencia algo parecido en el vía-crucis, sin penetrar en la terrible  seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos  asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y  costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad  irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de  museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de  nuestra vida, que lo oscurece a él mismo; porque, ¿qué puede  hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la  caridad tan discutibles de sus creyentes?
La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte  cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se  refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo  consolador Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo  tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio  más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de  una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio  del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo,  pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y  qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por  ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían  formado de él, en la que intentaban introducirlo, debía ser  destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha  pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la  infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el  silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su  grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros  si él no existiese.
JOSEPH RATZINGER

SER CRISTIANO. SIGUEME.SALAMANCA-1967. Págs. 87-97

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YO SOY EL PAN DE VIDA – YO SOY LA VID VERDADERA.

Tarde del Jueves Santo. Las lecturas hacen memoria de la Cena del Señor en las palabras de San Pablo en su carta a los cristianos de Corinto. Se lee también el rito del lavatorio de los pies según el evangelio de San Juan, que, sorprendentemente, no contiene el relato del banquete ritual. Sin embargo, el cuarto evangelio ofrece dos textos muy significativos que se relacionan con la Cena del Señor: el discurso del “Pan de Vida”, y la parábola de “la vid y el sarmiento”. Si los tenemos presentes, comprenderemos mejor lo que nos disponemos a celebrar esta tarde y la implicación que supone para nuestra vida.

 

Jesús, en Cafarnaúm, proclama: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6). Y en la parábola: “Yo soy la vid verdadera” (Jn 15). La expresión “Yo soy” es la más solemne de la Biblia, porque hace referencia al nombre con el que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente. En otros pasajes del mismo evangelio, encontramos expresiones semejantes en labios de Jesús: “Yo soy el Buen Pastor”; “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”; “Yo soy la luz del mundo”; “Yo soy rey”. Y, precisamente, en la noche de Getsemaní, el Maestro se presenta por tres veces ante Judas y las autoridades, diciendo: “Yo soy”.

 

Hecha esta observación, nos disponemos a escuchar las palabras más solemnes como si se tratara de un verdadero testamento. Si comparamos el discurso de Cafarnúm con la parábola de la vid y los sarmientos, y los leemos en paralelo, desde una clave literaria oriental circular, deberemos sentirnos abrazados y conducidos por las frases similares que se encuentran en ambos relatos.

 

Jesús se presenta a sí mismo: “Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la vid verdadera”, y estas palabras nos sitúan ante quien es el Señor. Y si interpretamos ambas expresiones en relación con la Eucaristía, nos sentiremos introducidos en el Misterio de la entrega total de Jesús, el Hijo de Dios, en forma de pan y en forma de vino, como expresión máxima de amor, en cumplimiento de la voluntad de su Padre. Jesús no se convierte en protagonista vanidoso, sino que reivindica el nombre de su Padre como fuente y origen de su identidad. “Es mi Padre quien os da Pan del cielo”; “Es mi Padre el Viñador”.

 

La revelación que nos hace Jesús en su discurso es esencial: “El que come mi carne permanece en mí y yo en él”. Y en la parábola de la vid, amplia los efectos que se siguen de esta permanencia: “El que permanece en mí y yo en él ese da mucho fruto” (Jn 15, 5). No solo da fruto, sino que asegura la vida para siempre: “El que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). “Si no coméis mi carne no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 53). Expresiones que se corresponden con el aforismo de la parábola: “Si no permanece en mí se seca” (Jn 15, 6). Son apotegmas contundentes, claros, precisos, sin que la glosa pueda evitar la radicalidad que encierran.

 

La savia de la gracia corre por nuestras vidas si permanecemos en Cristo, si comemos de la mesa santa. “El que come mi carne habita en mí y yo en él”. De lo contrario, somos como los sarmientos podados, que se secan y los echan fuera, para la lumbre. En cambio, “al que acuda a mí no lo echaré fuera” (Jn 6, 37). “Permaneced en mí y yo en vosotros”. Este es el ruego del Maestro a sus amigos en el momento más duro que narran los evangelios, cuando muchos no soportaron su enseñanza y lo abandonaron.

 

Hay un consejo que sobresale por encima de todos y que suena a mandamiento: “Permaneced”. El verbo permanecer puede significar estabilidad, mantener la palabra, fidelidad, relación, pertenencia. Hijos míos, permaneced en mí, permaneced en mi amor, permaneced en el amor fraterno. Esta noche, resuenan de forma dramática las palabras de Jesús a los suyos, que cada uno podemos personalizar: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67). “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14).

EL ANTÍDOTO CONTRA TODO MAL

 

“Haz una serpiente de bronce y colócala en un asta. Todo el que haya sido mordido y la mire sanará. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado” (Núm 20, 8-9).

 

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.” (Jn 3, 14-15)

 

Si te sientes herido porque has puesto tus manos en mil tareas, y parece que has perdido el tiempo, o por el contrario, has tenido éxito y te descubres insatisfecho, mira al que, levantado el alto, te muestra sus manos clavadas, para ofrecerte el remedio a tu prepotencia, y podrás realizar en su nombre el bien, sin resentimiento ni vanidad.

 

Si traes los pies cansados, hinchados, porque has andado por caminos ásperos, y dolorido de caminar sin rumbo o por veredas que no llevan a metas saludables, y sientes la tentación de la derrota, mira al Crucificado, clavados sus pies, sujetos, para trasvasarte fuerza en tu debilidad. Por los pies detenidos del Señor recibirás a cambio unos pies de gacela, ágiles, para avanzar hacia la entrega generosa y total de ti mismo.

 

Si tu herida es más íntima, porque tienes el corazón deshecho, dividido, roto, por tus afectos imposibles, o por el alejamiento de los que amas. Si reconoces que en vez de amor has proyectado afán posesivo y te has quedado en la amargura de la soledad, extenuado y seco, descorazonado y escéptico, mira al traspasado con una lanza, herido en su pecho, convertido en manantial de vida, de amor desposeído, sin especulación ni reivindicación alguna, sino entregado a fondo perdido. Si bebes de este manantial, volverás a sentir el amor primero, el amor que te funda y del que se renace, el amor que te permitirá amar y sentirte amado.

 

Creo que no me equivoco si intuyo que tu dolor puede provenir de tus pensamientos, de dar vueltas a las cosas que te preocupan, de la mala memoria que te sobrecarga la cabeza de pensamientos negativos, de obsesiones persistentes hasta llevarte a perder la alegría. Mira al coronado de espinas. Él te ofrece descanso, y te llama a silenciar la mente, a abandonarte en Él. Si llegas a contemplar ese rostro y se trasfunde en ti su mirada, sentirás sosiego, paz, serenidad, y quedarás libre de las imágenes negativas que te atraviesan las sienes, hasta producirte dolores como si te clavaran espinas en la cabeza.

 

Pero si lo que te duele es todo el cuerpo, tu propia naturaleza herida, tu historia desnuda a los ojos de quien penetra las entrañas y el corazón, y no superas el peso de tu carne herida, de la quiebra de tu humanidad por haber convivido con deseos extraños, con relaciones insatisfechas, mira el cuerpo desnudo del Señor, su cuerpo entregado, su oblación total, para que no dudes de que Él ha deseado llevar todas tus dolencias, e incluso tus propios pecados. El te ofrece la reconciliación total contigo mismo, al transfigurar todas tus llagas en señales compartidas con quien es el Hijo de Dios. En la medida en la que te veas reflejado en Jesucristo, tus heridas se curan, se iluminan, y se convierten en trofeos, títulos nobles, por los que has recibido la compasión entrañable de Dios.

 

¿COMO LLEVO MI RELACIÓN CON DIOS?

Dia de Retiro Personal o Comunitario

Lucas  18: 9 – 14

9Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola:10«Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.11El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano.12Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.”13En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”14Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»


Tu hambre y sed, tu necesidad de Dios, es una gracia que tiene la forma de insatisfacción e inquietud. “No me buscarías si yo no te hubiese encontrado”, te dice el Señor. Y esta es lo más importante al reanudar la marcha espiritual, que más empeñado que tú, está Dios mismo.

Párate en esa necesidad, búsqueda o inquietud, y mira sus deferentes manifestaciones, porque “cuando el hombre busca, a quien busca es a Dios”. ¿Es la insatisfacción, el vacío, la pobreza lo que te hace estar en búsqueda? ¿O es el anhelo de paz, alegría, sosiego, fortaleza,

silencio, soledad..?. Todo esto y mucho más, es lo que nos hace sentimos pobres y buscadores, es decir, creyentes. Buscar a Dios y buscarle incesantemente es la actitud fundamental del CREYENTE. Dios es más de lo que no sabemos y más de lo que conocemos de El, por eso no podemos dejar de buscarlo juntos.

Creerse en posesión de Dios, pensar que ya se le tiene y se está a bien con El, suele llevar al orgullo y desprecio de los demás. Suele llevar separamos y no tener necesidad de compartir con ellos. Pero el conocimiento y experiencia que viene de buscarlo, de desearlo, invita a llamarnos unos a otros y escuchar cómo nos va en esa aventura. Por eso no nos cansamos de seguir buscándolo. En la búsqueda se le experimenta, y al experimentarles;- se le conoce y se le ama. ¿Os dais cuenta de la gran fiera que nos une cuando buscamos a Dios junios?

Pero ¿cómo llevar a cabo esa búsqueda? Desde la verdad que hay en el corazón. Dios no se fija en el exterior; ni se pone de lado del socialmente bien considerado, ni rechaza al marginado por la sociedad.

A los ojos de Dios tienen más importancia las actitudes internas del publicano:

reconocimiento del propio pecado; arrepentimiento y petición de perdón, que las obras buenas hechas con corazón orgulloso. El humilde, el sencillo, es el que goza del favor de Dios, no el engreído y orgulloso.

Esta búsqueda suele venir acompañada de una mirada llena de cariño, profundamente conmovedora. Pero no se impone. Espera nuestra libre respuesta. Las renuncias y las pruebas sólo

se explican desde el gozo de haber hallado el tesoro escondido. Porque vivir en relación con Dios es un gozo inefable.

La necesidad de relación con Dios llega y nos saca de nuestra comodidad, de nuestra rutina, de los horizontes estrechos en los que se mueve nuestra vida.; por eso su búsqueda nunca puede ser una disculpa para nuestra pasividad. Dios nos ha confiado unas tareas de transformación y mejora del mundo y de la realidad que nunca las va a hacer El por nosotros. Y esas tareas son también señal de nuestra búsqueda incansable.

Esta aventura de buscarlo y encontrarlo, no lo hacemos nunca solos. Mi búsqueda es parte de la tuya. Es como una estrella que orienta la búsqueda de los, demás. Por eso necesitamos también hoy compartir la fe y la experiencia del deseo de Dios. ¿Estás dispuesto?

Por si te ayuda a centrarte en esta tarea, trabaja hoy tu corazón con esta pequeña historia.

El Maestro estaba de un talante comunicativo, y por eso sus discípulos trataron de que les hiciera saber las fases por las que había pasado en su búsqueda de la divinidad.

-“Primero”, les dijo, “Dios me condujo de la mano al País de la Acción, donde permanecí una serie de años. Luego volvió y me condujo al País de la Aflicción, y allí viví hasta que mi corazón quedó purificado de toda afección desordenada. Entonces cuando me vi en el País del Amor, cuyas ardientes llamas consumieron cuando quedaba en mi de egoísmo. Tras de lo cual, accedí al País del Silencio, donde se desvelaron ante mis asombrados ojos los misterios de la vida y de la muerte”.

– Y fue ésta la fase final de tu búsqueda?, le preguntaron.

– No, respondió el Maestro. “Un día dijo Dios: Hoy voy a llevarte al santuario más escondido del Templo, al corazón del propio Dios” Y fui conducido al País de la Risa”.(Anthony de Mello)

Para orar y pensar.

1.- Para llegar al corazón de Dios hay que recorrer un camino largo. ¿Estás en actitud de búsqueda o más bien crees que posees a Dios y no necesitas buscarle?

2.- El camino que conduce a Dios te hará pasar necesariamente de la acción a la aflicción, de la aflicción al amor, del amor al silencio… ¿Donde crees que te encuentras

3.- El santuario más escondido del Templo de Dios, el corazón del propio Dios es la risa, el gozo. ¿Puedes decir por tu experiencia que Dios es un gozo inefable o más bien que es la suprema tristeza? ¿Cómo influye esto en tu vida?

4.- ¿Cómo tendríamos que comunicar nuestra fe , nuestra experiencia de Dios, para hacer entender a los demás que El es un gozo indescriptible?

Autor y Fuente Angel Moreno, Buenafuente del Sistal

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