La Tradición cristiana, el Jueves Santo

Al orar con las lecturas de la liturgia de la Cena del Señor, el Jueves Santo, me sorprendo con la concurrencia de los textos. En todos ellos hay una llamada especial a cumplir una tradición.

Desde los tiempos de Moisés, el pueblo judío tiene el mandato de celebrar la Pascua: “Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre” (Ex 12, 14). San Pablo apela a la tradición que ha recibido: “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1Co 11, 23). Y el Evangelio, según san Juan, refiere el mandato de Jesús de hacer lo que Él mismo hizo: “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 14-15).

A la luz de los textos que se proclaman en la misa de la Cena del Señor, he comprendido mejor lo que supone celebrar una tradición. En los pueblos y ciudades, en muchas comunidades y familias hay ritos, costumbres intocables, porque son herencia como signos de identidad. ¿Quién no conoce lo que supone la Semana Santa en Sevilla; el Corpus en Toledo; la ofrenda de flores a la Virgen en Valencia…? Guardar la tradición significa respeto a los que nos han precedido, y es señal de pertenencia.

A poco que se conozca a un pueblo o a una comunidad, se sabe que hay algo intocable, sus tradiciones; en ellas sienten su honor. Romper la tradición o maltratarla es desacato y traición que difícilmente se perdona.

La tradición conserva una herencia de manera colectiva, social y familiar. Se afirma con ella todo el grupo, se cohesiona la familia, se aglutina el pueblo, se hace más recia la pertenencia y los vínculos llegan a ser sagrados.

En el contexto del significado de la tradición, se comprende mejor qué es celebrar lo que nos dejó Jesús como herencia y testamento: tanto la fracción del pan como el lavatorio de los pies.

En la noche del Jueves Santo, Jesús nos deja vinculados con el doble mandato de celebrar la Eucaristía y la relación fraterna. Quien no cumpla esta tradición se desnaturaliza, pierde pertenencia, arriesga su identidad cristiana, queda desprotegido, solitario, a la intemperie.

El Maestro nos ha dejado como tradición vinculante celebrar la Eucaristía y servirnos unos a otros con humildad, respeto, entrega generosa. A su vez, ser fieles a lo que hemos recibido significa novedad. Así nos lo presenta Jesús, como mandamiento nuevo y como alianza nueva y eterna. No es un tradicionalismo mimético, sino una celebración viva, actual, consciente. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa, después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía» (1Co 11, 24-25).

Sorprende que la palabra tradición tenga la misma raíz que traición. Y yo pienso: Quien no guarda la tradición, traiciona. Solo nos queda hacer como nos indica el salmista: “Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo” (Sal 115).

P. Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

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VIVES EN EL PAN
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IVES en el pan
roto y compartido.
Vives en la copa
redonda de vino.


Banquete de pobres.
Botín de mendigos.
Compañero fiel,
amigo entre amigos.


Vestido de vientos
y sol de domingo,
moreno de viñas,
y hermoso de trigos.


Muerto por los hombres
y en los hombres vivo.
Cuando nos juntamos
te abrimos caminos
y vienes y pasas
alegre y activo
por todas las cosas
por todos los sitios.


Cantamos tu muerte:
el definitivo
triunfo de la vida
por mundos y siglos.


Cantamos la muerte
fatal del destino.
Cantamos la fiesta
final del sentido.

Vives en el pan
roto y compartido.
Vives en la copa
redonda de vino.

Víctor Manuel Arbeloa

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CUARESMA 2015: “Fortalezcan sus corazones (St 5,8)” Mensaje Papa Francisco

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA
CUARESMA 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus

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© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

¿Oración o caridad?

Se necesita tiempo para que abandonemos nuestras ilusiones sobre la caridad. Es cierto: estamos de acuerdo con el evangelio cuando le da a la caridad la primacía sobre todos los deberes cristianos. Cuando se nos habla de caridad, de amor, de acuerdo a priori.

Pero al mismo tiemo mucha veces demostramos bien poco entusiasmo cuando se trata de realizar de veras nuestra vida de caridad y de purificarla de todas las falsificaciones. ¡Cuántas veces la caridad sólo sirve par cubrir nuestras simpatías naturales, nuestra necesidad de paternalismo o de maternidad prolongada! Todo es bueno para justificar nuestro egoísmo y la búsqueda de nosotros mismos so pretexto de caridad: apostolado, entrega, actividad… Todo es bueno cuando se trata de buscarnos y de encontrarnos a nosotros mismos…

Afortunadamente, casi siempre se presenta un conflicto entre la caridad y la oración en ciertos momentos de nuestra vida. Sencillamente, por falta de tiempo.

Por un lado, el evangelio establece, como ley fundamental de la oración, el deber de orar sin cesar, continuamente, en todas las ocasiones. Los textos del Nuevo Testamento están de acuerdo en ello; igualmente, todos los maestros espirituales de la Iglesia. Toda nuestra vida está interesada en la oración. No nos podemos desembarazar de Dios, como tampoco de nosotros mismos.

Pero también es verdad que creemos en la primacía de la caridad. Estamos convencidos de esa primacía y de su urgencia; y con los años vemos cómo esta convicción crece en nosotros y se impone cada vez más. Hasta tal punto, que en determinados momentos, ante todas esas miserias que nos rodean y nos presionan, nos sentimos como acudados, como si tuviéramos una mala conciencia. Y quizás entonces, si alguienviene  insistirnos en la oración, le respondemos: “¿Para qué perder el tiempo y las fuerzas en la oración cuando los demás nos están necesitando para hacer algún trabajo útil?“. O bien, más sencillamente todavía, ante las dificultades y el esfuerzo de la oración cotidiana, nos parece que podrían barnarnos nuestra entrega y nuestra fatiga: “Mi oración es mi trabajo”.

Sabido es cómo esta tensión entre oraicón y caridad (vida “contemplativa” y vida “activa”, etc.) es crónica en la historia de la Iglesia, lo mismo que en cada existencia humana, y el problema del motivo formal de la caridad exige un estudio regular de la teología. Claudel lo formulaba de esta manera: “La tentación del hombre moderno consiste en mostrar que no tenemos necesidad deDios para hacer el bien.”

B. Bro. Enséñanos a orar.

Sígueme, Salamanca, 1969;  p. 184-185

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Libros para el verano

Jueves Santo. Amor Fraterno. Servicio. Eucaristía

 (…)El “mandamiento del amor” está inseparablemente unido a la obediencia al mandato del Señor: “Haced esto en conmemoración mía”. No se puede separar la celebración de la eucaristía y la reconciliación de la justicia, el amor fraterno y el servicio.

(…).El apóstol San Juan, nos dejó escrito “quien ama a su hermano permanece en la luz” (1 Jn, 2, 10), y Jesús nos amó hasta el extremo, por eso Él vive en la Luz, Él es la Luz. Así, cuando nosotros actualizamos dicho gesto, sirviendo a los hermanos más pobres y compartiendo nuestros bienes con ellos, compartimos la misma Luz de Jesús y somos signos y testimonio de amor en el mundo.

El Jueves Santo, día del amor fraterno, Cristo “nuestra Luz” nos llama a derribar muros, unidos con Él. Jesucristo se entregó a la muerte para derribar “la barrera del odio” que separaba a las gentes (cf. Ef 2,14), y hacer de todos ellos una única familia bajo un mismo y único Padre.

En aquel primer Jueves Santo el Señor nos mandó amar como Él amó y nos da su propio corazón en la Eucaristía para amar con Él(…) Con este inefable Don, el Señor nos entrega, junto con el mandato del amor, la fuerza divina para poderla cumplir en todo tiempo y circunstancia, por difícil que sea. Cáritas trabaja para que, el compartir de la comunidad a través de sus colectas, donativos y servicios posibilite a las personas que viven en la pobreza y la exclusión una oportunidad para alcanzar su promoción e inserción social.

Jesús nos invita a amarnos sin límites, a entregar lo que somos y tenemos para que las tinieblas de la pobreza y la exclusión sean disipadas por la luz del amor y el compartir. Por eso, es cada vez más necesario, que descubramos la generosidad y nos aventuremos, sin miedo, a compartir nuestros bienes con los más pobres. (…)

Antonio Ceballos Atienza, Obispo de Cádiz y Ceuta (con leves cambios)

 

Cáritas sigue trabajando en Haití

Cáritas sigue trabajando en Haití, dos años después del terremoto


El 12 de enero de 2010 un terremoto de 7,3 grados en la escala de Ritcher provocó en Haití más de 230.000 muertos. En torno a tres millones de personas se vieron afectadas. Hoy, cerca de 600.000 personas viven en campamentos porque no tienen casa.

Cáritas, que trabajaba en Haití desde el año 1975, ha intensificado su labor en el país en los últimos años para afrontar este drama.

Paolo Beccegato
Responsable Área Internacional de Cáritas Italia
“Trabajamos desde los primeros minutos en coordinación con Caritas Haití, enviando profesionales y recursos financieros, contenedores, etc. Se trata de un trabajo muy orientado a las primeras emergencias, a la ayuda humanitaria, abastecimiento de agua y otras ayudas de primera necesidad”.

Haití forma una isla junto a la República Dominicana. Su costa está a 90 kilómetros de Cuba. A comienzos del siglo XIX se independizó de Francia. Y es el país más pobre de América.
La situación empeoró aún más tras el seísmo de 2010. Como consecuencia del terremoto, una epidemia de cólera mató a 7.000 personas. Hoy por hoy, unas 200 personas contraen esta enfermedad cada día y más de medio millón de haitianos la padecen.

Paolo Beccegato
Responsable Área Internacional de Cáritas Italia
“Durante estos dos años hemos trabajado mucho en la prevención del cólera, en la potabilización del agua y en la atención médica. No sólo es importante la reconstrucción de casas, escuelas y hospitales, sino también mirar al futuro y a estos nuevos dramas dentro del drama del terremoto”.

Quienes pagan más cara la tragedia son los niños. Cáritas Internacional, en Haití, dedica especial atención a la salud infantil.

Paolo Beccegato
Responsable Área Internacional de Cáritas Italia
“Haití tiene uno de los peores índices de salud básica y de salud materno-infantil del mundo. La mortalidad materna en el parto y la mortalidad infantil siguen siendo muy preocupantes. En el futuro trabajaremos más en este campo porque es el futuro del país”.

También, la organización Oxfam ha publicado su informe “Haití: El lento camino hacia la reconstrucción”. Asegura que la reconstrucción no está siendo tan rápida como debería. Denuncia que cerca de 520.000 personas todavía viven en tiendas de campaña en 758 campamentos y que la mitad de los escombros provocados por el seísmo no han sido retirados.

Lo primero es lo que va por delante; Domingo 30º T. O.

Domingo 30º T. O.

Publicado por  Parroquia de San Ignacio de Loyola (Valencia)

Mt. 22, 34-40:

 Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Éste mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

Lo que va d´avant, va d´avant.
Lo primero es lo que va por delante;
y conviene no confundir lo secundario por lo importante.

Desde que Dios se encarnó haciéndose humano en cada ser humano,
el amor a Dios y el amor al prójimo son una misma cosa.

El prójimo es nuestro mejor templo y la más segura religión,
es el verdadero icono de Dios, su rostro en éste mundo.

El prójimo es Dios en proximidad, a nuestra vera y a nuestro alcance, de forma que no encontramos más Dios en la eucaristía que en él prójimo.

La prueba de que amamos a Dios es que amamos al prójimo,
creer en Dios, tener fe en Él es cuidar del prójimo,
la fe cristiana es siempre una fe samaritana.

Todo hombre y toda mujer son la mejor metáfora de Dios,
con ellos y por ellos Dios sale a nuestro encuentro.

El dolor de cada hombre y de cada mujer es el mismo dolor de Dios;
Dios tiene el rostro del necesitado que se cruza en nuestro camino.

Amar a Dios sin amar al prójimo es beatería;
amar al prójimo sin amar a Dios es pobre humanismo;
el cristianismo ni es una beatería ni es un puro humanismo.

Dios y prójimo se identifican en el amor y en el Evangelio,
se funden y confunden, al amar a uno amamos al otro.

Dios y prójimo son nuestros sujetos de amor, al amarles a ellos nos atamos.

El cristiano no puede entenderse a sí mismo ni dar razón de su vida sin citar a Dios y al prójimo.

Para amar a una persona primero tenemos que conocerla,
conviene mantener con ella un trato lo más cercano y frecuente,
pues amamos a quien conocemos y conocemos a quien amamos.
Amor y conocimiento, trato frecuente y cercano, siempre van unidos.

Por ese trato frecuente y cercano que exige todo amor
Dios ya no es una idea, ni el prójimo un concepto,
ni la Iglesia una multinacional del espíritu,
una masa anónima de gentes sin rostro.

Por el amor Dios es persona,
su pueblo es mi comunidad y el prójimo es mi hermano.  

El amor se ha de vivir en concreto; amar en universal es mentira,
cuando uno ama a todo el mundo, no pierde el sueño por nadie.

Al salir de nosotros para entrar en el amor entramos en Dios.
Al experimentar el amor, experimentamos a Dios,
sentimos y vivimos lo que él siente y vive.

Dios y prójimo, al vivir un amor desinteresado se reclaman mutuamente:
Dios es nuestro padre y el prójimo nuestro hermano.

Para Jesús amar a Dios es igual que amar al prójimo,
y amar al prójimo es igual que amar a Dios.

Amar, sea a Dios y al prójimo o al revés,
es una operación humano/divino/terrestre/celestial
en la que el orden de los factores no altera el producto.

Al ir a Dios vamos al prójimo y al ir al prójimo vamos a Dios;
siempre y cuando vamos a un amor desinteresado vamos a Dios.
No podemos olvidar que si Dios es amor, amar es experimentar ser Dios.

Quien ama a Dios, ama a todo aquel que ha nacido de Él.
El amor a Dios se expresa amando y sirviendo a sus criaturas.
Es imposible e insostenible amar a quien sea sin amar lo que de él nace.

Amar es permitir que otra persona tome posesión de ti.
Al amar dejas de poseerte y quedas expropiado;
cuando amas a Dios y al prójimo,
a ellos perteneces.

Deuteronomio 15, 7-11 : Abre la mano a tu hermano

Textos bíblicos comentados

Las «meditaciones bíblicas» son propuestas para sostener la búsqueda de Dios en el silencio y la oración. Se trata de dedicar dos o tres horas para leer en silencio los textos bíblicos que se sugieren y que van acompañados de un breve comentario y algunas preguntas. Más tarde, reunidos en pequeños grupos en casa de uno de los participantes, se comparte brevemente lo que cada uno cree haber descubierto, pudiendo eventualmente finalizar el encuentro con un tiempo de oración.

2011 septiembre

Deuteronomio 15, 7-11 : Abre la mano a tu hermano

Si hay entre los tuyos un pobre, un hermano tuyo, en una ciudad tuya, en esa tierra tuya que va a darte el Señor, tu Dios, no endurezcas el corazón ni cierres la mano a tu hermano pobre. Ábrele la mano y préstale a la medida de su necesidad. Cuidado, no se te ocurra este pensamiento rastrero: “Está cerca el año séptimo, año de remisión”, y seas tacaño con tu hermano pobre y no le des nada, porque apelará al Señor contra ti, y resultarás culpable. Dale, y no de mala gana, pues por esa acción bendecirá el Señor, tu Dios, todas tus obras y todas tus empresas. Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por eso yo te mando: Abre tu mano al pobre, al hermano necesitado que vive en tu tierra. (Deuteronomio 15, 7-11)

En la vida del antiguo Israel, la relación con Dios se expresaba en las relaciones de solidaridad entre el pueblo. Este pasaje del libro del Deuteronomio ilustra bien dicha relación: los israelitas deben estar dispuestos a “abrir la mano” a los pobres como a sus propios hermanos o hermanas.

La ley de Moisés establecía que el séptimo año los campos no debían ser cultivados (Levítico 25, 4, ver Éxodo 23, 10-11). Esto se debe a razones de índole religioso, era un “Sabbat de la tierra”, que recordaba a Israel que el verdadero dueño de la tierra era el propio Dios.

Pero esta prescripción, pese a ser de naturaleza religiosa, tenía también una importante consecuencia social. El séptimo año era también el “año de remisión” (Deuteronomio 15, 1), de la cancelación de las deudas. Así pues, a medida que se aproximaba, los prestamistas tendían a volverse reticentes ante el riesgo de un “borrón y cuenta nueva” que les perjudicaría. Esto es lo que el autor llama “pensamiento rastrero” (v. 9a). Este pensamiento podría incluso convertirse en un verdadero pecado (v. 9b), porque “quien explota al necesitado afrenta a su Hacedor” (Proverbios 14, 31). Por el contrario, dar generosamente llevará a la bendición de Dios (v. 10).

El último versículo del pasaje: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra” (v. 11a) nos recuerda las palabras de Jesús (ver Juan 12, 8). Esta afirmación, en cierto modo pesimista, sobre la persistencia de la pobreza, implica un enérgico recordatorio del mandato que se halla en el corazón del pasaje: “Abre tu mano al pobre, al hermano necesitado que vive en tu tierra” (v. 11b). En efecto, si vemos a nuestros hermanos en necesidad y les abrimos nuestras manos (ver 1 Juan 3, 17) reflejamos el amor de Dios hacia la humanidad.

- Teniendo en cuenta el entorno en el que vivo, ¿qué respuesta concreta puedo dar a la llamada a “gozar dando”? (2 Corintios 9, 7)

- ¿De qué manera ayudar a mi hermano o hermana pobre puede convertirse en una fuente de plenitud para mí?

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