Administradores de la Luz y la sangre

Te respondo ahora a lo que me has preguntado acerca de los ministros de la santa Iglesia. Para que puedas conocer mejor la verdad, considera su excelencia y en qué alta dignidad los he puesto. Los elegí para vuestra salud espiritual, para que por ellos os sea administrada la sangre de mi humilde e inmaculado Cordero, mi Hijo unigénito. A éstos les he encargado que administren el Sol, es decir, la sangre y el cuerpo de mi Hijo.

Este cuerpo —el Verbo, Dios y hombre verdadero— es una misma cosa conmigo. Este Sol da luz a todo el mundo, a todos los que quieran recibir su calor.

Yo, Dios Eterno, soy este Sol, del que proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio del Verbo encarnado, con el fuego del Espíritu Santo, habéis recibido la luz. ¿A quién la he confiado para que la administre? A mis ministros en el Cuerpo Místico de la santa Iglesia, para que tengáis vida, recibiendo de ellos el cuerpo de Jesucristo en manjar, y su sangre en bebida. De este modo recibís la misma divinidad en este dulcísimo sacramento bajo la blancura del pan. Y como el sol no se puede dividir, tampoco se puede dividir el que es todo Dios y todo Hombre en esta blancura del pan. Supongamos que se partiese la hostia. Aunque fuera posible hacer de ella millares de pedacitos, en cada uno está todo Dios y todo hombre, a la manera del espejo, que se divide y se parte, sin que por esto se parta la imagen que en el espejo se representa. No disminuye en sí mismo, como sucede con el fuego cuando se reparte. Si tuvieras en tus manos una vela y todo el mundo viniese a tomar su lumbre de la tuya, tu luz no disminuiría aunque cada uno tenga la suya. Es cierto que unos reciben mas y otros menos según el tamaño de la vela que os presenten. Si unas fuesen grandes y otras pequeñas, en cada una de ellas, estaría toda la luz. Sin embargo, tú dirías que es menor la de aquel que la lleva pequeña que la del que la lleva grande.

Lo mismo sucede con los que reciben este sacramento. Cada uno lleva, cuando va a recibirlo, la vela de su santo deseo, el amor. Esta vela está apagada y se enciende recibiendo este sacramento.

Apagada digo, porque nada sois por vosotros mismos. Es cierto que os doy la materia, la cera, con la que podéis alimentar en vosotros esta luz y recibirla. Esta materia en vosotros es el amor, porque yo por amor os creé, y por esto no podéis vivir sin amor.

Este ser que por amor os di ha recibido el santo bautismo en virtud de la sangre de este Verbo. De otro modo no podríais participar de esta luz, antes bien seríais como vela sin el pabilo dentro —la fe y la gracia que recibís en el bautismo—, que no puede arder ni recibir ensí esta luz.

¿En dónde se enciende esta alma? En el fuego de mi divina caridad, amándome y siguiendo la doctrina de mi Verdad. Cierto es que se enciende más o menos, según dije, según el tamaño de la vela que acerque a este fuego. Porque, aunque todos tengáis una misma materia —creados todos a imagen y semejanza mía—, y tengáis la luz del santo bautismo los que sois cristianos, no obstante, cada uno puede crecer en amor y en virtud según le plazca y según mi gracia mientras disponéis de tiempo.

Podéis, pues, crecer en el amor. Este amor es el que os hace acercaros a recibir esta luz, que mis ministros deben administrar y que yo os he dado como alimento; cuanto mayor sea el amor y más encendido el deseo que traigáis, mayor será la luz que recibiréis. No dejaréis de recibirla toda entera, pues en cada uno esta luz será completa, sea la que sea la imperfección de los que la reciben y de los que la administran; pero participáis de esta luz según el amor con que os disponéis a recibirla. Y quien se acerque a este dulce sacramento en pecado mortal, no recibe de él la gracia aunque reciba realmente atodo Dios y a todo el hombre.

¿Sabes a qué se parece esta alma que le recibe indignamente? Se parece a la vela sobre la que ha caído agua, que no hace más que chirriar cuando se la acerca al fuego. En el momento que el fuego la penetra, se apaga en aquella vela y no queda allí más que humo. Por no haberse secado al fuego de la verdadera contrición por la confesión de su culpa, cuando recibe esta luz, la recibe materialmente, pero no espiritualmente. Esta verdadera luz no permanece por la gracia en el alma que no está dispuesta como debería para este misterio, antes bien queda en el alma una mayor confusión, envuelta en tinieblas y con un pecado más grave todavía. No saca de este sacramento más que remordimiento de conciencia, no por defecto de la luz inalterable, sino por culpa del agua que encontró en el alma. Esta agua es la que impide que pueda recibir esta luz.

Santa Catalina de Siena, Extracto del Diálogo, pp, 147ss.

+Vida, Estudio y Fuentes para su conocimiento.

Lucia Caram, o.p.

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Vidas Misticas. Equipo Hesiquia Blog

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El silencio de los sentidos (Primera parte)

Escrito por  [www.la-oracion.com]
El silencio de los sentidos (Primera parte)

 La virtud del silencio abarca los diversos niveles del ser humano. Reflexionemos, primeramente, sobre el silencio exterior, el silencio de los sentidos. ¿Cómo vivir este silencio que es la puerta para todos los demás?

Hoy todo es brillo, propaganda que excita la imaginación y los sentidos. Actualmente se habla mucho y de todo. El desorden y el derroche externo reclaman y hablan a los sentidos, pero no se piensa, no se reflexiona, no se pesan las cosas, todo pasa.

Pablo VI había advertido que “El silencio es una condición admirable e indispensable del espíritu cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna”. (Nazareth, 5 de enero de 1964).

El segundo capítulo del Génesis nos presenta un pasaje que nos puede hacer entender la necesidad del silencio: “Entonces el señor Dios modeló al hombre de arcilla de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo”. El hombre está hecho de arcilla, es decir, tiene un cuerpo, y recibe un soplo, que es su espíritu. Así, nuestra arcilla está hecha para llenarla de vida, para llenarla de Dios.

Había una vez…

Nuestro cuerpo es nuestro hogar. En él podemos acoger a Dios o podemos invitar las diversas cosas del mundo.

Cuentan de un rey muy rico que, cosa extraña para un personaje de su categoría, tenía fama de ser indiferente ante las riquezas materiales y, a la vez, ser un hombre de profunda espiritualidad. Movido por la curiosidad un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano para no dejarse deslumbrar por el oro, las joyas y los lujos excesivos que caracterizaban a la nobleza de su tiempo.
– Majestad, ¿cuál es su secreto para cultivar su vida espiritual en medio de tanta riqueza?
– Te lo revelaré –respondió el rey–, pero antes tendrás que superar una prueba. Recorrerás mi palacio para que conozcas la magnitud de mi riqueza. Durante el recorrido, llevarás en tu mano una vela encendida. Si durante el trayecto se te apaga, te decapitaré.
El vasallo no tenía más remedio que aceptar la prueba después de su osadía. Recorrió todo el palacio y logró llegar nuevamente ante el rey con la llama encendida. Le preguntó el rey:
– ¿Que te han parecido mis riquezas?
– No vi nada –respondió el osado curioso–, he estado todo el tiempo preocupado de que la llama no se apagara.
– Ese es mi secreto –afirmó satisfecho el rey–. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera.

En efecto, muchas veces deseamos vivir como buenos cristianos y tener una más rica vida espiritual, pero sin decidirnos a apartar la mirada de las cosas, que nos rodean y deslumbran con su aparente belleza, y de las trivialidades y preocupaciones de la vida, que nos roban la paz y la serenidad interior. Si queremos esa paz y serenidad interior, necesitamos concentrarnos en la llama. Y cuanto más concentrados en la llama, menos nos preocuparemos o distraeremos de las cosas de fuera.

Callarse, abstenerse del ruido, no es el silencio; es únicamente un aspecto externo del silencio. El silencio es un hábito de interiorización, mediante el cual podemos recogernos en nosotros mismos. Se trata, como dueños de nuestro cuerpo, de invitar a nuestro hogar solamente aquellas realidades que nosotros queremos, que nosotros necesitamos.


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XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. LA TORMENTA

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Job 38,1.8-11; Sal 106; 2 Co 5, 14-17; Mc 4, 35-40)

LA TORMENTA

Coincide este domingo con la entrada del verano en el hemisferio norte, un cambio de estación, para muchos un tiempo de descanso, de cambio de actividad, de nuevas relaciones, circunstancias que se han podido desear, pero que cuando llegan, no siempre definen un tiempo sereno y pacífico, sino que cabe, como describe la Palabra de este día, que sobre él se cierna la tormenta, el huracán y la crisis.

Los que estudian los comportamientos humanos, suelen ofrecer estadísticas curiosas, en las que se señalan incidencias de violencia, tristeza, hasta depresión, como efecto del tiempo vacacional. No obstante la posible tormenta, la primera lectura afirma que “el Señor habló a Job desde la tormenta” (Jb 38, 1).

TEXTO COMPLETO: La encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco en PDF y versión web

ACOGER LA NUEVA ENCICLICA DEL PAPA EN ESTE ENLACE. CLIC EN IMAGEN PARA DESCAR

¡Cuántas veces un momento recio desahoga la tensión y libera la mente de fantasmas! Además, según la enseñanza que hoy nos ofrece la Liturgia de la Palabra, la secuencia no termina en el fragor del trueno o del huracán, sino que pasa la fenomenología atmosférica y acontece la experiencia del sosiego y de la calma, efecto del poder del Señor. “Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole:-«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» (Mc 4, )

Si observamos otros pasajes bíblicos, el relato parece que obedece a un canon. Así se describe la travesía del Mar Rojo, cuando los israelitas llegaron al borde del mar, al atardecer, vieron venir sobre ellos los ejércitos de Faraón, creyeron morir, y gracias a la intervención divina, se abrieron las aguas, pasaron a pie enjuto, y al amanecer se vieron a salvo a la otra orilla.

Si la tormenta puede ser símbolo de crisis, también se puede contemplar como manifestación del poder del Creador, y ver en el rayo, en el trueno, en el relámpago, y en el chaparrón la fuerza divina. El salmista canta: “Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas en el océano. Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto” (Sal 106).

Más allá de una interpretación referida a efectos atmosféricos, el relato bíblico se puede aplicar a los acontecimientos humanos, a los procesos personales, que tantas veces atraviesan por situaciones dramáticas, en las que se cree que no hay remedio o que acontecerá lo peor, y después todo se resuelve felizmente.

Una actitud creyente es saber esperar, y aunque surja de nosotros el grito de auxilio, sabernos acompañados por la Providencia divina, que permite que lleguemos al límite de nuestras fuerzas para que se vea más claramente su intervención, y que no es nuestra pericia la que resuelve la tormenta, sino el favor del Señor.

P. Ángel Morero de Buenafuente del Sistal

El don del perdón: XXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”

https://i0.wp.com/update.gci.org/wp-content/uploads/2013/05/Jesus-disciples-risen.jpgXXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”
(Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20)

El don del perdón

Entra dentro de ti, aunque vivas un tiempo de descanso un tanto extrovertido. No pierdas la ocasión que te ofrece la Palabra que se proclama este domingo. Jesucristo ha entregado a la Iglesia el poder divino de perdonar los pecados, de desatar la conciencia, secuestrada tantas veces por la mala memoria.

Ya el profeta Isaías prefiguraba el don que Jesús entregó a Pedro, y en él a la Iglesia: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra, nadie lo cerrará, lo que él cierre, nadie lo abrirá.” (Is 22, 22). El salmista responde: “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Y el apóstol san Pablo reconoce: “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Sal 137). San Benito reza en su Regla: “El Señor que comenzó esta obra buena en ti, Él mismo la lleve a término”. Y lo hace con el ofrecimiento permanente del perdón.

La Iglesia no se arroga ningún poder judicial. Los sacerdotes “no son agentes de aduana”, nos ha dicho el papa Francisco. El sacramento del perdón es el regalo precioso del Resucitado, para que sus hermanos, los hombres, puedan avanzar por los desiertos de la vida con el auxilio del agua para su sed; del pan vivo, para su hambre; de las sandalias y de la túnica, que no se les desgastan en su éxodo o exilio, gracias al perdón y a la misericordia divina.

El Maestro no dijo al discípulo: “-Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”, para que la Iglesia se convirtiera en un poder fiscalizador, sino para que sea un puerto franco, donde los náufragos no sucumban en su despojo durante la travesía.

No disimules tu debilidad, no huyas de la zona oscura; atrévete a pronunciar las sombras que te habitan delante de quien puede ofrecerte, en nombre del Señor, luz, paz, alegría, serenidad, descanso, unidad interior, restablecimiento, novedad, como ningún otro medio te puede conceder.
Quizá has probado a distraerte, has intentado olvidar en el tiempo de vacaciones, has relativizado los hechos que sabes que te hieren. Antes de reiniciar las tareas, puedes aprovechar la ocasión para drenar todo aquello que te pesa y te entristece. Dicen que a la vuelta de vacaciones, muchos sienten depresión. Tienes la posibilidad de librarte de toda nostalgia, dejando entrar en tu corazón la gracia del perdón divino, y desde él, el deseo de reemprender de nuevo, con ilusión, el trabajo.

 P.  Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

Testimonio: Vincent, adolescente agnóstico. A los 32 años, se ha bautizado

 
Cuando Vincent escribió esta frase todavía era agnóstico. Hoy, ya católico después de su reciente bautismo, recuerda para Alfa y Omega cómo fue su proceso de conversión. Al echar la vista atrás, este treintañero australiano se da cuenta de cómo Dios le ha ido acercando, poco a poco, a la fe. (Noticia digital (28-VII-2014)

 

Lo primero que Vincent supo de la fe, con cuatro años de edad, es que iría al infierno si no se bautizaba. «Un profesor de Religión me dijo que debía bautizarme si no quería ir al infierno así que llegué a casa y le pedí el bautismo a mi madre», explica Vincent. «Mi madre, que era agnóstica, me dijo para tranquilizarme: Claro que sí hijo, te bautizaremos y ahí se quedó la cosa», continúa.

Su madre, siendo agnóstica, fue, sin darse cuenta, una de las primeras persona en acercarle a Dios. «Era muy abierta, frente al resto de sus hermanos y de sus padres, que eran ateos. Mi madre era mucho más moderada en su posición. Ella no rechazaba la fe y eso fue un ejemplo muy positivo en mi vida».

La segunda pista que le puso Dios para acercarle a la fe fue la iconografía religiosa, por la cual siempre sintió mucha atracción. «De adolescente coleccionaba todo aquello que tuviera una imagen religiosa de cualquier credo. Tenía un pedazo de estatua de San Antonio en mi cuarto. Con 18 años, había coleccionado infinidad de cosas religiosas. En ese momento era más pan-religioso», recuerda Vincent. Y esa atracción por todo lo que tuviera que ver con las imágenes religiosas lo interpretó como una búsqueda: «No profesaba ninguna fe y me interesaban todas. Yo esto lo entendí como una búsqueda, como una necesidad de poner mi mirada en algo más allá». Vincent, sin saberlo, estaba comenzando un camino que le ha llevado al bautismo, y ese camino comenzó gracias a su inquietud. «Dios se ha servido de mi inquietud para acercarme a la fe», asegura.

Obstáculo en el camino: El monopolio de la verdad

A pesar de su atracción por la iconografía, Vincent seguía siendo agnóstico y lo que le echaba para atrás de los católicos es lo que él definió como su monopolio de la verdad. «Para mí, que una religión profese que tiene la única verdad y el único camino era algo que chocaba y que me alejaba del cristianismo», cuenta Vincent. Pero gracias a su novia y a un cura católico las dudas se fueron despejando.

La novia de Vincent se convirtió tras el cáncer de su madre. «Cuando le detectaron la enfermedad, María se puso a rezar intensamente por la curación de su madre. El cáncer desapareció y a María se le despejaron las dudas. Después de algún tiempo volvió a la fe y empezó a hacer visitas a los pobres. Ella me contaba lo contenta que estaba y que tenía que acompañarla a visitar a los pobres porque era increíble, era un sitio muy especial». Vincent un día probó suerte y acudió, junto a su novia, a la casa donde se atendían a los enfermos. Fue allí donde conoció al padre Alberto, del que se hizo buen amigo y quien le ayudó a superar las barreras de los prejuicios. «El sacerdote me ayudó. Me contó que él había hecho peregrinaciones por países musulmanes y cuando te encuentras de frente a un hombre de Dios, da igual que sea musulmán, que sea cristiano, tú te das cuenta de que es un hombre de Dios. Eso me inspiró mucho respeto y me calmó bastante esas preocupaciones».

El ejemplo de los demás fue clave

Otra de las cosas que le fue acercando a la fe fue el ejemplo de las personas. Dios quiso que Vincent se encontrara con personas clave en su vida que, de una forma natural, le fueran acercando hacia Él. «El ejemplo de los demás siempre me llamó mucho la atención. Mi madre pudo ser muy ejemplar en esa apertura, en esa tolerancia. Yo creo que fue clave. Y el padre Alberto, algo parecido. De hecho él fue mi catequista». Son personas que marcaron a Vincent y le ayudaron a liberarse de prejuicios y de dudas.

Años de búsqueda

La conversación entre el padre Alberto y Vincent tuvo lugar hace seis años. «Empecé a ir a la casa de los pobres, pero sin mucha regularidad». Y el Señor fue lanzando nuevos anzuelos, ahora a través de la música y la Virgen. «Yo soy una persona que me emociono con mucha facilidad. Pude asistir como espectador a varias Misas y me emocionaba especialmente la música. Recuerdo que al oír los cantos a la Virgen, muchas veces lloraba. Era un llanto de tristeza porque sentía que no participaba de la Misa y era también un llanto por la Virgen. Veía aquellas personas que le cantaban a su madre y yo había perdido a la mía».

Vincent se fue metiendo cada vez más en las celebraciones y quería poder participar plenamente. «Me afectó muchísimo no poder comulgar y me sentía como un excluido. Allí nació ese deseo de poder comulgar, de poder participar con la comunidad. Ahí empezó mi interés primero y real por la religión católica, casi como un interés social. Fue entonces cuando comencé a recibir catequesis».

Catequesis sin prejuicios

«Yo me quería dejar llevar. Tenía mucha ilusión en vivir el proceso sin ninguna idea preconcebida y sin ninguna expectativa sobre mí. Cuando empecé el catecismo hice un esfuerzo de distanciarme de cualquier resultado del proceso. Obviamente, si empiezas a recibir catequesis es con la intención de convertirte y bautizarte pero yo, en verdad, quería vivirlo con más libertad y pensé: A ver qué pasa. Yo estoy dispuesto, pero no sé si me conozco lo suficiente para saber cómo voy a responder a la catequesis. Me dejé esa libertad para decir que si en un momento una enseñanza me chirriaba, no podría proceder y tendría que parar», explica Vincent sobre el comienzo de las catequesis.

Y con esta disposición, las catequesis fueron un éxito. «Mucho del mérito es del padre Alberto, que ha sabido llegar a mi corazón y comunicarme las cosas, las Verdades, para que yo las entendiera. Todas las enseñanzas esenciales del Evangelio me parecían muy aceptables, me parecían Buena Noticia. Me iba pareciendo apetecible y me iba entregando, me iba dejando llevar».

Mi independencia espiritual hacia el bautismo

El proceso que estaba siguiendo Vincent ilusionó a mucha gente, especialmente a su novia, que veía como la persona a la que amaba se estaba acercando, poco a poco, a Dios. Fue entonces cuando María quiso animar a su novio a seguir dando pasos hacia el bautismo inminente. Pero Vincent le dejó muy claro que no quería presión, que le dejara ese espacio. Ella fue muy respetuosa y durante unos meses fue un proceso que no compartió con nadie. «Me tenía que independizar espiritualmente. Quería estar seguro de mis propias intenciones», puntualiza Vincent. Él no quería bautizarse porque le hiciera ilusión a alguien, él quería bautizarse porque había descubierto a Dios.

Tres sacramentos en un día

Vincent consiguió llegar al final del proceso, y decidió bautizarse. El 21 de junio de 2014, a los 32 años, recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión. «Mucha gente, cuando se acercaba la fecha, me hablaba de la importancia de aquel día y me decían que tenía que llevar chaqueta y corbata. Yo les decía que yo no era así, y que Dios le quería como era», así que Vincent decidió llevar su habitual traje claro y su camisa de flores.

Ahora, después de algo más de un mes como miembro de la Iglesia católica, Vincent piensa en la cruz. «Pienso mucho en la cruz. No me he quitado nunca el crucifijo que me regalaron el día de mi bautizo […] Cuando voy por la calle y paso por delante de una Iglesia, si tengo tiempo, entro para hablar un rato con Dios. Le pido que me conceda el discernimiento necesario para tomar siempre las decisiones más acertadas».

Vincent recibirá un nuevo sacramento el 20 de septiembre de 2014. Ese día se casará con María en un pequeño pueblo de Granada.

José Calderero
@jcalderero

EXPERIENCIA DE DIOS

 

https://i0.wp.com/equipoagora.es/Humanizar-la-salud/Imagenes/Ante-el-dolor-y-el-sufrimiento.jpgCada vez que nuestra historia conozca el infierno, aquel momento será también el único en que podremos hacer experiencia de Dios, porque su gracia, habiéndonos precedido, estará ya allí esperando abrazarnos.

Así lo expresa el padre Silvano Fausti: “<Dios “quiere que todos los hombres se salven”, porque están extraviados: el infierno es el único lugar de posible salvación> (Tierra colgada del cielo).

El infierno es el lugar habitual que todos experimentamos cuando pecamos, cuando nos enfrentamos con nuestros límites, en una situación familiar difícil donde no nos entendemos…

Se dice que al final de la vida, san Jerónimo –el primer Padre de la Iglesia que tradujo la Biblia al latí— oró con estas palabras:

<”Oh Dios, yo te he ofrecido la traducción de la Biblia y no te basta; te he dado mi vida misionera y no te basta; te he ofrecido mi vida de sacerdote y no te basta; te he dado mi oración y no te basta: ¿qué más quiere de mí?”. Y Dios respondió: “Dame tu pecado, para que yo pueda perdonarte”>

La poetisa francesa Marie Noël (1883-1967),  en su diario secreto, escribió este diálogo con Dios recuperando el antiguo pasaje citado más arriba:

<Estoy aquí, Dios mío, ¿Me buscabas? ¿Qué querías de mí? No tengo nada que darte. Desde nuestro último encuentro, no he puesto nada a un lado para ti. Nada… ni siquiera una obra buena. Estaba demasiado cansada. Nada, ni siquiera una buena palabra. Estaba demasiado triste. Nada, sino el disgusto de vivir, el aburrimiento, la esterilidad>>.

<Dámelos>.

<<El sopor de mi alma, los remordimientos de mi flaqueza, y la flaqueza más fuerte que los remordimientos…>>

<¡Dámelos!>>.

<Turbaciones, sustos, dudas…>.

<Dámelos>

<Señor, pero entonces Tú, como un trapero, recoges las sobras, las basuras. ¿Qué quieres hacer con ellas, Señor?>.

<El Reino de los cielos>

Esta visión nos preserva de la continua tentativa –debida a la terrible idea de perfección que llevamos dentro—de escapar de las situaciones donde siempre estamos pensando en “otros mundos”.

La Biblia, por el contrario, narrándonos las historia “sagradas”, nos enseña a estar en lo negativo, a perseverar también cuando e l camino parece interrumpido, porque precisamente allí se revelará lo imposible. Esto es la fe.

[Elogio de la vida imperfecta. Paolo Scquizzato. Paulinas, 2014]

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