Adorar la Eucaristia. Solemnidad del Corpus Christi

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La Iglesia, con amor entrañable, ha colocado en los domingos siguientes a la Pascua de Pentecostés, celebraciones especiales, en honor de la Santísima Trinidad, y del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, además de la invocación al Sagrado Corazón de Jesús, Sacratísima Humanidad, que diría Santa Teresa de Jesús.

Creo que el calendario litúrgico introduce estas celebraciones como pedagogía de acompañamiento, para que afrontemos el largo camino del Tiempo Ordinario con las provisiones necesarias.

El ángel del Señor, cuando se acercó al profeta Elías, que estaba tendido en el suelo, desanimado y sin ganas de vivir, lo despertó y le mostró pan y agua, para que lo comiera, tomara fuerzas, y siguiera por el largo camino del desierto.

La Iglesia nos ofrece, como el ángel del Señor, la provisión de los sacramentos, el agua regeneradora del perdón y de la misericordia, y el pan de la Palabra y de la Eucaristía, provisiones que fortalecen y posibilitan avanzar por el camino de la existencia.

La presencia real de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía es la concreción más sobrecogedora de la promesa de Jesús a los suyos, cuando les aseguró: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta la consumación del mundo”. El tabernáculo, presente en las iglesias, señalado con lámpara encendida, como faro de puerto, se convierte para tantos cristianos en referencia y acompañamiento espiritual.

Necesitamos estar en adoración, y necesitamos la oración silenciosa y la visita personal al Santísimo Sacramento, de manera especial en momentos de soledad, de angustia, de quiebra de la salud, de conflictos familiares, de necesidad de misericordia.

Adorar la Eucaristía es el signo más noble del creyente.

Adorar la Eucaristía es la forma más expresiva de amor al Señor.

Adorar la Eucaristía concede la experiencia de saberse mirado por el Señor.

Adorar la Eucaristía concentra la expresividad creyente en la presencia real de Cristo.

Adorar la Eucaristía de manera habitual es un hito de camino seguro.

Adorar la Eucaristía es tiempo en el que se deja modelar el corazón en las manos del Señor.

Adorar la Eucaristía es privilegio de la fe, por el que se experimenta la cercanía histórica de Cristo resucitado.

D. Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

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Contemplacion de la Trinidad, Rublëv

En 1425 el monje André Rublëv elabora el icono de la SantísimaTrinidad, modelo de la iconografía y de todas las representaciones de la Trinidad y que está a la vuelta de esta hoja.

No existe en ninguna parte nada parecido, en cuanto al poder de síntesis teológica, a la riqueza del simbolismo y a labelleza artística.

Ofrecemos algunas pistas pueden ayudarnos a vivir mejor esta fiesta.

Alrededor de cada ángel se lee una inscripción en lengua ziriana: el ángel de la izquierda lleva el nombre de Py (Hijo) el de la derecha (Puiltos) Espíritu Santo y el del centro (Aï) Padre.

Rectángulo:

El rectángulo expresa los cuatro lados del mundo, los cuatro puntos cardinales, que enlos Padres de la iglesia eran la cifra simbólica de los cuatroevangelios en su plenitud, a la que no se lepuede añadir ni suprimir nada; es el signo de la universalidad de la Palabra.

La cruz:

Según la tradición del árbol de la vida se extrajo la madera de la cruz. Su figura es el eje invisible, pero el más evidente de la composición. Esta divide al icono en dos y se cruza con la línea horizontal que une los círculos luminosos de los ángeles de los lados y forma la cruz. La cruz se inscribe en el círculo sagrado de la vida divina, es el eje vivo del amor trinitario.

El triángulo:

Si se unen los extremos de la mesa al punto que se encuentra justo sobre la cabeza del ángel del centro, se puede ver que losángeles se sitúan exactamente en un triángulo equilátero. Esto significa la unidad e igualdad de la trinidad.

El círculo:

la línea trazada siguiendo los contornos exteriores de los tres ángeles forma un círculo perfecto, símbolo de la eternidad divina. Elcentro de este círculo está en la mano del Padre el Pantocrator.

El Padre:

El poder del amor del Padre se manifiesta en la mirada del ángel del centro. Él es amor yprecisamente solo puede revelarse en la comunión y puede ser conocido comocomunión. Es la más conmovedora revelación de la naturaleza misma del amor. No se puede tener ningún conocimiento de Dios fuera de la comunión entre el hombre yDios, y esta es siempre trinitaria e inicia en la comunión entre el Padre y el Hijo. Hace comprender por qué el Padre no se revela nunca directamente. El icono muestra esta comunióncuya morada viva es la copa.

El Hijo:

El Hijo escucha, las parábolas de su vestido muestran la atención suprema, el abandono de sí. El también renuncia a sí mismo para ser solo Verbo de su Padre. Su mano derecha reproduce el gesto del Padre: la bendición.

Espíritu:

La dulzura del ángel de la derecha tiene algo de maternal. (Ruah= el espíritu en las lenguas semíticas es femenino. Los textos sirios lo llaman a menudo la Consoladora).

Es el consolador, pero también es el Espíritu: el Espíritu de la vida. Es el que da la vida y de quien todo se origina. Por su inclinación y el impulso de todo su ser, está en medio del Padre y del Hijo: es el Espíritu de la comunión.

El movimiento parte del él. Con una tristeza inefable, dimensión divina del Ágape, el Padre inclina su cabeza hacia el hijo. Parece que habla del cordero inmolado cuyo sacrificio culmina en el cáliz que bendice. La posición vertical del Hijo traduce toda su atención, su rostro está como cubierto por la sombra de la cruz; pensativo, manifiesta su acuerdo con el mismo gesto de labendición.

Si la mirada del Padre, en su profundidad sin fondo, contempla el único camino de la salvación, la elevación apenas perceptible de la mirada del Hijo traduce su consentimiento.

El Espíritu Santo se inclina hacia el Padre; está sumergido en la contemplación del misterio, su brazo tendido hacia el mundo muestra el movimiento descendente, Pentecostés.

[Fuente: Centro San Camilo DaD.]

Ver el Comentariodel P. Ángel Morero, Santísima Trinidad

 

Consagración a Jesús Niño

946437_10208344071462328_3110420247566584293_n“Niño Jesús, Niño Dios, has venido tan pequeñito, tan vulnerable, tan pobre, tan débil por nosotros. Te ofrezco los miedos de mi debilidad, de mi vulnerabilidad, de mi pequeñez, de mi pobreza. Deposito todo lo que soy en tu puro e inocente corazón. Sí, me consagro a ti, Niño Jesús. Rey de Amor, me consagro a tu inocencia, a tu pureza. Sí, Tú eres el verdadero Amor, la verdadera belleza, Tú eres Aquel que no sospecha nada. ¡La inocencia de tu mirada nos salvará! ¡Niño Jesús, sálvame por tu inocencia!”

JM Hammel

NAVIDAD

JOHN MAIN
 
Dios está con nosotros!
 
´La Navidad es una fiesta de gran gozo porque viene nuestro Redentor. El viene a restaurar la inocencia perdida, a restaurarnos a ese estado perfecto de la niñez, para convertirnos en los hijos de Dios, que le obedecemos, que lo amamos, dispuestos a servirle siempre de la forma más perfecta y generosa posible.
 
El estado de maravilla y de felicidad de un niño en la Navidad es correctamente visto como un sacramento en su verdadero significado.  Es con la misma simpleza que debemos recibir este regalo supremo del amor de Jesús.
 
La Navidad es más que una fiesta – es una estación.  Y como todas las estaciones, su esencia consiste en un periodo de preparación,  luego el logro y luego de integración de lo que ha sido logrado en la gran estación de la que formamos parte, la estación de nuestra propia vida.´
John Main
Del libro: “The Joy of Being”
Darton, Longman and Todd – London

Adviento. Esperar y Acoger

El tiempo de Adviento que inauguramos, es una ocasión de gracia que se nos brinda para acoger de nuevo al Señor que viene. Toda la Liturgia de este tiempo va orientada a mantener viva en nosotros la actitud de espera y la disponibilidad para la acogida. Esperar y acoger, dos grandes palabras, que deben marcar el ritmo de nuestra vida cristiana.

¿Por dónde viene?. Como el vigía. Esperar con tensión, atentos para ver por dónde llega el Señor y con él la Salvación. Lo hace de muchas maneras; en medio de un momento feliz, o de uno difícil; en el prójimo, y de un modo especial en el débil; a través de la Palabra, en la intimidad de la oración y la celebración de los sacramentos…Y es ahí donde pide ser acogido. En la portada del presente folleto encontráis esa bella cita del libro del Apocalipsis, donde el Señor se presenta como aquél que está a la puerta llamando y desea que le abramos. El gran fruto de este Tiempo litúrgico debe ser precisamente ese: acogerle, abrirle la puerta de nuestra vida, dejarle entrar para que renueve en nosotros esos espacios empobrecidos de nuestra alma.

Es muy bueno preguntarse al empezar: ¿Dónde me resisto a acogerle?. Tal vez ¿en el sufrimiento?, ¿en algún hermano/a?, ¿en la Iglesia con toda su grandeza y fragilidad?, ¿en la celebración de los sacramentos?…Todas las colinas de mis rebeldías han de abajarse: la cerrazón debe dar paso a la confianza, el resentimiento al perdón, el miedo a la paz. Para ello está el Adviento, y en él, la gracia que el Señor nos regalará para una sincera conversión.

Os animo a aprovechar al máximo estas cuatro semanas previas a la Navidad y os propongo que pongáis el acento en la escucha atenta de la Palabra de Dios.

D. Antonio Ferrando, Parroquia San Roque,

Silla, (Valencia)

 

CUADERNO DE ADVIENTO

Desde este cuaderno,  podéis orar con los textos de los cuatro domingos y la festividad de la Inmacualada, haciendo vuestra LECTIO DIVINA, en la intimidad de la oración personal, a vuestro ritmo, en casa.

 Descargaos desde AQUÍ  el cuaderno de Adviento en .pdf para tenerlo siempre a vuestra disposición. Hay edición impresa en la parroquia.

 

 

CORRECCIÓN FRATERNA, PERDÓN, ORACIÓN

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Ez 33, 7-9; Sal 94; Rom 13, 8-10; Mt 18, 15-20)

La vida comunitaria y familiar, y la convivencia diaria pueden llegar a ser, en ocasiones, circunstancias adversas porque el trato se vuelve difícil y quizá hay agravios comparativos por desigualdades en el trabajo, porque algunos pueden evadirse de las tareas y otros sentirse sobrecargados.

No siempre se vuelve más descansado de las vacaciones, y cabe que al recomenzar los trabajos surjan la hipersensibilidad y la irritabilidad. Una ayuda, para el buen entendimiento, es el servicio entrañable de corregir con delicadeza, aunque hay momentos en los que la amonestación se vuelve dolorosa, pero si no se hace, crece el mal, o deriva a peores consecuencias.

El profeta Ezequiel indica la misión de ser luz, indicador, guía, ejemplo: “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte”. Este oficio deberá ir ungido de amor y de sinceridad. “A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley”, dice el apóstol. En ocasiones, el vigía se convierte en acusador, y en este caso, no surge el efecto beneficioso.

Uno de los momentos más difíciles, a la vez que provechoso, es el de la corrección fraterna. Difícil sea porque en general cada uno cree que está obrando bien y no acepta la corrección, sea porque por su carácter da miedo la posible reacción. Sin embargo, el consejo evangélico es claro: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Y la mejor reacción la señala el salmista: “Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis vuestro corazón.»

La corrección debe conllevar el ofrecimiento del perdón, más que el ajuste de cuentas o la denuncia de la debilidad. El texto evangélico une la llamada a la corrección con el poder de perdonar, entregado por Jesús a los discípulos: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

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En el mismo Evangelio se une corrección, perdón y oración: “Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La pregunta que surge es muy necesaria. Cuándo se corrige, ¿se hace por amor, o por crispación? En la relación fraterna, además de la posible corrección, ¿se da el perdón mutuo y la oración en común?

P. Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

El don del perdón: XXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”

https://i0.wp.com/update.gci.org/wp-content/uploads/2013/05/Jesus-disciples-risen.jpgXXI Domingo del Tiempo Ordinario “A”
(Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20)

El don del perdón

Entra dentro de ti, aunque vivas un tiempo de descanso un tanto extrovertido. No pierdas la ocasión que te ofrece la Palabra que se proclama este domingo. Jesucristo ha entregado a la Iglesia el poder divino de perdonar los pecados, de desatar la conciencia, secuestrada tantas veces por la mala memoria.

Ya el profeta Isaías prefiguraba el don que Jesús entregó a Pedro, y en él a la Iglesia: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra, nadie lo cerrará, lo que él cierre, nadie lo abrirá.” (Is 22, 22). El salmista responde: “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Y el apóstol san Pablo reconoce: “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Sal 137). San Benito reza en su Regla: “El Señor que comenzó esta obra buena en ti, Él mismo la lleve a término”. Y lo hace con el ofrecimiento permanente del perdón.

La Iglesia no se arroga ningún poder judicial. Los sacerdotes “no son agentes de aduana”, nos ha dicho el papa Francisco. El sacramento del perdón es el regalo precioso del Resucitado, para que sus hermanos, los hombres, puedan avanzar por los desiertos de la vida con el auxilio del agua para su sed; del pan vivo, para su hambre; de las sandalias y de la túnica, que no se les desgastan en su éxodo o exilio, gracias al perdón y a la misericordia divina.

El Maestro no dijo al discípulo: “-Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”, para que la Iglesia se convirtiera en un poder fiscalizador, sino para que sea un puerto franco, donde los náufragos no sucumban en su despojo durante la travesía.

No disimules tu debilidad, no huyas de la zona oscura; atrévete a pronunciar las sombras que te habitan delante de quien puede ofrecerte, en nombre del Señor, luz, paz, alegría, serenidad, descanso, unidad interior, restablecimiento, novedad, como ningún otro medio te puede conceder.
Quizá has probado a distraerte, has intentado olvidar en el tiempo de vacaciones, has relativizado los hechos que sabes que te hieren. Antes de reiniciar las tareas, puedes aprovechar la ocasión para drenar todo aquello que te pesa y te entristece. Dicen que a la vuelta de vacaciones, muchos sienten depresión. Tienes la posibilidad de librarte de toda nostalgia, dejando entrar en tu corazón la gracia del perdón divino, y desde él, el deseo de reemprender de nuevo, con ilusión, el trabajo.

 P.  Ángel Moreno de Buenafuente del Sistal

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”.

 

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “A”.  LA INTEMPERIE

(1Re 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33)

LA INTEMPERIE

Una de los beneficios del tiempo de vacaciones es que se suele salir del lugar habitual donde se vive o trabaja. Este distanciamiento hace más fácil la convivencia y ayuda a valorar más y mejor lo que se tiene.

Pero salir no solo significa un movimiento físico, como puede parecer que se le manda al profeta Elías: “Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar” (1Re 19, 11). Principalmente, la Palabra de Dios de este día nos impulsa a afrontar la intemperie, a dejar el refugio, la cueva donde nos defendemos y escondemos, para poder encontrarnos con el Tú divino, como señala el salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor” (Sal 84).

Cuando vivimos pertrechados en nuestros feudos ideológicos, seguros de nosotros mismos porque dominamos el ambiente, nos exponemos a perder la posibilidad de percibir la acción del Señor, y con ello, perder la experiencia de su paso.

El ejemplo de Jesús, quien “después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar” (Mt 14, 23), coincide con el de Elías en el monte, que se nos presenta como lugar abierto, sin defensa. Tanto en el caso de Elías como en el de Jesús, será en el espacio abierto del monte donde se encuentren con Dios.

Jesús manda a los suyos a embarcar y a cruzar “a la otra orilla”. Además de lo que significa la otra orilla, la travesía fue accidentada, pero gracias a la intemperie que sufrieron los discípulos por la tormenta, fueron testigos del poder del Señor. Al oír lo que les decía su Maestro “-¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!”-, se produjo en ellos una experiencia fundante, que se grabaría en su memoria.

San Pablo, por el contrario, lamenta la situación que vive su pueblo, refractario a las enseñanzas de Jesús, acorazados en la seguridad que les da ser el pueblo elegido, que por serlo, no tiene por qué abrirse a nada ni a nadie. “Siento una gran pena y un dolor incesante, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.” (Rom 9, 1-3)

No siempre salimos voluntariamente al monte para ponernos en contacto con Dios. Quizá son más las veces que nos empujan las circunstancias a situaciones de inseguridad. Si aprendemos el código que nos ofrecen las lecturas de hoy, al menos estaremos atentos a la posible moción espiritual que nos pueda producir lo que en un principio juzgamos contratiempo, crisis, tormenta…

Aprovecha la oportunidad de salir de casa, del medio habitual de vida, y hasta puedes elegir algún lugar propicio para dar oportunidad al Señor, que desea hablarte. Recuerda lo que dice el profeta Oseas: “La llevaré al desierto, y le hablaré al corazón” (Os 2,14).

 

P. Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

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