Administradores de la Luz y la sangre

Te respondo ahora a lo que me has preguntado acerca de los ministros de la santa Iglesia. Para que puedas conocer mejor la verdad, considera su excelencia y en qué alta dignidad los he puesto. Los elegí para vuestra salud espiritual, para que por ellos os sea administrada la sangre de mi humilde e inmaculado Cordero, mi Hijo unigénito. A éstos les he encargado que administren el Sol, es decir, la sangre y el cuerpo de mi Hijo.

Este cuerpo —el Verbo, Dios y hombre verdadero— es una misma cosa conmigo. Este Sol da luz a todo el mundo, a todos los que quieran recibir su calor.

Yo, Dios Eterno, soy este Sol, del que proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio del Verbo encarnado, con el fuego del Espíritu Santo, habéis recibido la luz. ¿A quién la he confiado para que la administre? A mis ministros en el Cuerpo Místico de la santa Iglesia, para que tengáis vida, recibiendo de ellos el cuerpo de Jesucristo en manjar, y su sangre en bebida. De este modo recibís la misma divinidad en este dulcísimo sacramento bajo la blancura del pan. Y como el sol no se puede dividir, tampoco se puede dividir el que es todo Dios y todo Hombre en esta blancura del pan. Supongamos que se partiese la hostia. Aunque fuera posible hacer de ella millares de pedacitos, en cada uno está todo Dios y todo hombre, a la manera del espejo, que se divide y se parte, sin que por esto se parta la imagen que en el espejo se representa. No disminuye en sí mismo, como sucede con el fuego cuando se reparte. Si tuvieras en tus manos una vela y todo el mundo viniese a tomar su lumbre de la tuya, tu luz no disminuiría aunque cada uno tenga la suya. Es cierto que unos reciben mas y otros menos según el tamaño de la vela que os presenten. Si unas fuesen grandes y otras pequeñas, en cada una de ellas, estaría toda la luz. Sin embargo, tú dirías que es menor la de aquel que la lleva pequeña que la del que la lleva grande.

Lo mismo sucede con los que reciben este sacramento. Cada uno lleva, cuando va a recibirlo, la vela de su santo deseo, el amor. Esta vela está apagada y se enciende recibiendo este sacramento.

Apagada digo, porque nada sois por vosotros mismos. Es cierto que os doy la materia, la cera, con la que podéis alimentar en vosotros esta luz y recibirla. Esta materia en vosotros es el amor, porque yo por amor os creé, y por esto no podéis vivir sin amor.

Este ser que por amor os di ha recibido el santo bautismo en virtud de la sangre de este Verbo. De otro modo no podríais participar de esta luz, antes bien seríais como vela sin el pabilo dentro —la fe y la gracia que recibís en el bautismo—, que no puede arder ni recibir ensí esta luz.

¿En dónde se enciende esta alma? En el fuego de mi divina caridad, amándome y siguiendo la doctrina de mi Verdad. Cierto es que se enciende más o menos, según dije, según el tamaño de la vela que acerque a este fuego. Porque, aunque todos tengáis una misma materia —creados todos a imagen y semejanza mía—, y tengáis la luz del santo bautismo los que sois cristianos, no obstante, cada uno puede crecer en amor y en virtud según le plazca y según mi gracia mientras disponéis de tiempo.

Podéis, pues, crecer en el amor. Este amor es el que os hace acercaros a recibir esta luz, que mis ministros deben administrar y que yo os he dado como alimento; cuanto mayor sea el amor y más encendido el deseo que traigáis, mayor será la luz que recibiréis. No dejaréis de recibirla toda entera, pues en cada uno esta luz será completa, sea la que sea la imperfección de los que la reciben y de los que la administran; pero participáis de esta luz según el amor con que os disponéis a recibirla. Y quien se acerque a este dulce sacramento en pecado mortal, no recibe de él la gracia aunque reciba realmente atodo Dios y a todo el hombre.

¿Sabes a qué se parece esta alma que le recibe indignamente? Se parece a la vela sobre la que ha caído agua, que no hace más que chirriar cuando se la acerca al fuego. En el momento que el fuego la penetra, se apaga en aquella vela y no queda allí más que humo. Por no haberse secado al fuego de la verdadera contrición por la confesión de su culpa, cuando recibe esta luz, la recibe materialmente, pero no espiritualmente. Esta verdadera luz no permanece por la gracia en el alma que no está dispuesta como debería para este misterio, antes bien queda en el alma una mayor confusión, envuelta en tinieblas y con un pecado más grave todavía. No saca de este sacramento más que remordimiento de conciencia, no por defecto de la luz inalterable, sino por culpa del agua que encontró en el alma. Esta agua es la que impide que pueda recibir esta luz.

Santa Catalina de Siena, Extracto del Diálogo, pp, 147ss.

+Vida, Estudio y Fuentes para su conocimiento.

Lucia Caram, o.p.

+ Textos para leer y descargar.

Vidas Misticas. Equipo Hesiquia Blog

Entrar en el Castillo interior

V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS

 

CONDICIONES PARA ENTRAR AL CASTILLO INTERIOR

El deseo de orar es bueno, el gusto en la oración puede ser señal de Dios, el intento de provocar el sentimiento de consolación, ya no hay seguridad de que de Dios sea, porque lo de Dios es gratuito.

Hay una actitud para iniciar y consolidar la vida de oración y el camino espiritual: la humildad. Lo que no esté ungido de humildad puede estar infectado de vanidad, orgullo, afán pretencioso.

Santa Teresa nos instruye, como maestra de oración, en la necesidad de practicar la humildad, aun en las más altas estancias del Castillo Interior.

HUMILDAD

“Verdad es que no en todas las moradas podréis entrar por vuestras fuerzas, aunque os parezca las tenéis grandes, si no os mete el mismo Señor del castillo. Por eso os aviso, que ninguna fuerza pongáis, si hallareis resistencia alguna, porque le enojaréis de manera, que nunca os deje entrar en ellas. Es muy amigo de humildad” (Moradas VII, 4, 2).

“La humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido. (Moradas I, 2, 8)

“Mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad”. (Moradas I, 2, 9)

El Señor os lo dará a entender, para que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio (Moradas II, 1, 9).

https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQaB-uwSkeX4-QXjg_zRkpg6392UMkKdCDx7k0a_6DirkZNgI3e“Y creedme que no está el negocio en tener hábito de religión o no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya. Ya que no hayamos llegado aquí ­como he dicho­ humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque, si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos” (Moradas III, 2, 6).

En el discernimiento espiritual, para saber si algo es de Dios o no, una nota importante es descubrir si va en humildad. “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad (Moradas VI, 10, 7).

P. Ángel Moreno, Buenafuerte del Sistal

LEE AQUI O DESCARGATE LA OBRA:

El Castillo Interior o las Moradas de Sta. Teresa

Súplica al Espíritu Santo

¡Ven, Espíritu Santo! Da luz a mis ojos para que mire la realidad a través de tu Sabiduría divina. Que no me atrape la atracción inmediata de las cosas, ni el atractivo de las personas, que contemple y valore toda la realidad, a través del cristalino de la fe, con mirada teologal y trascendente.
¡Ven, Espíritu Santo! Ábreme el oído del corazón para que perciba tus insinuaciones más íntimas, las que me dictas en lo secreto de mi interior, y haz que las acoja con obediencia amorosa, para que sea mi gozo y mi alegría seguir en todo tu voluntad. Que no me invente el camino por el que he de seguir, sino que me acompañe la certeza de que obedezco a cuanto procede de ti. Tú siempre me dejas conocerlo por la paz interior unida a esa obediencia.

¡Ven, Espíritu Santo! Mueve mi corazón hacia el bien, la generosidad, el amor de caridad desinteresado. Que no me quede en el sentimentalismo emocionado ante la debilidad y la pobreza de los otros, ante el dolor y la enfermedad de los que los padecen, sino que me mueva eficazmente hacia el bien hacer.
¡Ven, Espíritu Santo! Y hazme responsable de los talentos que me has dado, que no me enfeude en ellos de manera egoísta, especuladora, sino que los utilice y ejercite para el bien de los demás. Si Tú me has dado gratis lo que soy, que sea solidario con aquello que tengo y que recibo.
¡Ven, Espíritu Santo! Tú me das alas de paloma, fuerza en mis pisadas, destreza en mis manos, capacidad de discernimiento. No permitas que malgaste la riqueza con la que me has agasajado, haz que corra en ayuda de cuantos tengan necesidad, sin pararme en prejuicios, aspecto externo o posición social.


¡Ven, Espíritu Santo! Tú me has dado la fe y el don de piedad. Nada puede impedir que ore por todos, que eleve mis manos de manera anónima, desinteresada, constante, por tantos que necesitan encontrar a su paso una mirada amiga, una mano tendida, una palabra de aliento. Sé y creo que existe la comunión de los santos, y que nada se pierde de todo lo que oremos y ofrezcamos por los demás. Gracias por atraerme hacia el ministerio de la oración por todos.
¡Ven, Espíritu Santo! No permitas que sea pretencioso, queriendo caminar emancipado; ni que sea pusilánime, por creerme sin fuerzas. Fortalece mi espíritu, para que reivindique siempre tu autoría en mi vida, y dé acogida a lo que quieres hacer en mí y a través de mí a cuantos se cruzan en mi camino.
¡Ven, Espíritu Santo! Inspírame la sagacidad evangelizadora, por la que colabore contigo para la extensión del gozo del Evangelio. Que no me acostumbre, ni me justifique; que perciba los mensajes que me envías a través de la Palabra y de los acontecimientos, y sea fiel a tus insinuaciones.

Ángel Moreno, Buenafuente del Sistal

 


¡He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres!

El Corazón de Jesús: Un Corazón ardiente, llagado y crucificado

En un monasterio en Francia a orillas del apacible rio Bourbince, una humilde hermana de la Visitación escuchó en un éxtasis estas ardientes palabras del Divino Maestro: “Mi Divino Corazón se encuentra tan repleto de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo contener más las llamaradas de su ardiente caridad, se siente forzado a difundirlas por tu intermedio”. Fue ésta, la primera de las cuatro principales revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque hace 430 años, la primera en la que pudo sopesar verdaderamente la misión para la cual la Divina Providencia la había destinado: ser Heraldo de aquel Corazón que tanto amó a los hombres y que por ellos es tan poco amado.

En esta misma aparición nuestro Señor la invita a ocupar el lugar de San Juan en la Última Cena, colocando el oído en su pecho sacratísimo para escuchar en los latidos armónicos y cadenciados del Sagrado Corazón sus infinitos designios, dice ella: “Jesús me hizo reposar largamente sobre su pecho, desvendándome las maravillas de su amor y los insondables secretos de su Sagrado Corazón”
A inicios del año 1674 Jesús se aparece de nuevo a Santa Margarita y en esta ocasión le muestra su Corazón, que ella describe así: “Ese Divino Corazón me fue presentado como sobre un trono de llamas más resplandeciente que un sol y transparente como un cristal, con la llaga adorable bien visible, y todo él circundado por una corona de espinas significando las heridas que nuestros pecados le infringían. En la parte de arriba estaba una cruz, dando a entender que ella había sido plantada en él desde el primer instante en que fue formado (en las entrañas inmaculadas de María)”. Margarita, arrebatada de fervor, le manifiesta la necesidad de reproducir en imagen la figura de su Corazón ardiente, llagado y crucificado. Nuestro Señor asiente y así mismo llena de privilegios, gracias y bendiciones, todos los lugares en donde esta imagen se venere. Además le reitera a la futura Santa el entrañable deseo de ser amado por los hombres y de manifestar al mundo los tesoros insondables de su amor, de su misericordia y de su gracia, que repartiría con profusión a aquellos que con espíritu humilde lo busquen, amen y glorifiquen.

El amor del Corazón de Jesús

En torno a la fiesta de Corpus Christi se da la tercera aparición. Esta es la más pungente de todas pues Jesús se muestra como receptáculo de ingratitudes por parte de los hombres, a pesar de que tanto los amó, que dio su vida por ellos. Dice a Santa Margarita: “Esa ingratitud me es más penosa que todos los sufrimientos que padecí en mi Pasión. Si en algo me retribuyesen ese amor, Yo tomaría como poco todo lo que hice por los hombres, y estaría dispuesto a hacer más aún, si fuese posible. En ellos, entre tanto, sólo encuentro frialdades y rechazos delante de mis desvelos y bondades”. Tanto es su amor hacia nosotros que sería capaz de sufrir nuevamente la Pasión, si fuese necesario, para rescatar a la humanidad caída, mas, de ella sólo recibe ignominia cómo respuesta. ¡Quién nos diera ser el consuelo de Jesús en estos momentos! Ser otro Cirineo en el Vía Crucis que Él mismo cruza actualmente, haciendo nuestro corazón semejante al suyo, aceptando con verdadera alegría cristiana los pequeños sacrificios de nuestra vida cotidiana y asociándolos a los méritos infinitos de su Pasión.

La Gran Revelación

La Gran Revelación tiene lugar entre los días 13 y 20 de junio del año 1675. De todas las apariciones, es ésta la más importante, pues en ella muestra el Señor los deseos más profundos de su Santo Corazón. Estando Margarita en la capilla del monasterio, delante del Santísimo Sacramento expuesto, se le apareció Jesús, y mostrándole su Divino Corazón le dijo: “He aquí el corazón que tanto amó a los hombres, no ahorrando nada hasta agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. En reconocimiento, sólo recibo ingratitudes de la mayor parte: por sus irreverencias y sacrilegios, por las frialdades y desprecios que ellos tienen por Mí en este Sacramento de mi amor. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicada a una fiesta especial para honrar mi Corazón: comulgando en ese día y prestando a él una solemne reparación, a fin de desagraviarlo por las indignidades que recibe cuando está expuesto sobre los altares (…). Yo te prometo también que mi corazón se dilatará para difundir con abundancia los influjos de su divino amor sobre aquellos que le prestasen esa honra y se empeñen en que le sea tributada.”

Al Corazón de Jesús se le llama en las letanías “Horno ardiente de caridad”, ¡qué bella imagen! no es una llama simplemente, es un horno de amor que calienta el alma de aquellos que verdaderamente lo aman y a él se acercan. “Yo vine a traer fuego al mundo, y no quiero otra cosa sino que arda” (Lc 12, 49) y “para encender más ese fuego de caridad quiso Jesús que se estableciese y propagase en la Iglesia la veneración y culto de su Sagrado Corazón” (Beato Pio IX, Breve de la Beatificación de Margarita María)

Pero ¡Cuánto frio Señor mío en este mundo! ¡Cuántos corazones helados por la envidia, la tristeza, el egoísmo…!

Por eso te pedimos que vengas cuanto antes a encender con tu infinita misericordia todos estos corazones. Tú mismo dijiste a Sor Josefa Menéndez: “No es el pecado lo que más hiere mi Corazón… Lo que lo despedaza es que ellas [las almas] no quieran refugiarse en Mí después de haberlo cometido”. Jesús se acerca hoy a nosotros, toca la puerta de nuestra alma y nos dice como le dijo en otro tiempo a los Apóstoles: “no temáis soy yo” y corresponde a cada uno abrirle la puerta y dejarlo entrar. De esa manera, el alma que antes se encontraba oscura y fría sin su presencia, se iluminará con la Luz salutar de su misericordia y se calentará con el fuego ardiente de su amor.

Por Guillermo Torres Bauer

El canto de la fe en Teresita

“Mi vida es un instante,

una efímera hora,

momento que se evade

y que huye veloz.

Para amarte, Dios mío,

en esta pobre tierra

no tengo más que un día:

¡sólo el día de hoy!

 

¡Oh, Jesús, yo te amo!

A ti tiende mi alma.

Sé por un solo día

mi dulce protección,

ven y reina en mi pecho,

ábreme tu sonrisa

¡nada más que por hoy!

 

¿Qué me importa que

en sombras esté envuelto el futuro?

Nada puedo pedirte, Señor, para mañana.

Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra

¡nada más que por hoy!”

 

Santa Teresa del Niño Jesús, Poesía  No. 4

Fuente Orar el año de la fe

Grandes creyentes (II): Edith Stein. La fe que nace dentro

Esa fe que nace de dentro

«El corazón del rey es una acequia en manos del Señor: él lo conduce adonde quiere» (Pr 21, 1) «Recibe el consejo de tu corazón. ¿Quién te será más fiel que él? El corazón del hombre le informa de la oportunidad más que siete centinelas en las almenas» (Eclo 13-14). Los sabios de Israel hablaban así de ese núcleo último de nuestro ser donde se juega la opción creyente. Y es de ahí de donde nace un río de agua viva, como dicen que decía Jesús.

Uno de los primero padres de la Iglesia, Ignacio de Antioquia, decía cuando iba camino del martirio: «Siento en mí una fuente de agua viva que murmura en mi interior y me repite: ‘Ven al Padre’». Y esa fuente sigue viva y murmura en el corazón de cada creyente: Ven al Padre, ven a la Madre.

Edith Stein escuchó en su interior el rumor de esa fuente. Alemana de familia judía, nació a finales del XIX y fue discípula de Husserl. Se hizo católica en 1922 y tras un tiempo de actividad filosófica, entró en el Carmelo de Colonia a los 42 años. Al llegar la persecución nazi pasa a un Carmelo de Holanda, allí la detienen y la conducen a Auswichtz, donde muere en 1942. Ha pasado a la posterioridad más por su vida mística y su capacidad para expresarla de forma comprensible que por su obra filosófica. La escuchamos:

«La vida mística ofrece experimentalmente algo que enseña la fe: la inhabitación de Dios en el alma. El que, dirigido por la fe busca a Dios, ha de disponerse a ir a donde es atraído el místico, a acogerse a la soledad de su interior para permanecer allí, en la fe oscura, en una sencilla mirada amorosa hacia el Dios escondido que, aunque velado, está presente».

«Cuanto más recogida vive una persona en lo íntimo de su alma, tanto más potente es esa irradiación que despide de sí y hechiza a los demás».

«Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu, en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino. El descanso en Dios es algo completamente nuevo e irreductible. Antes era el silencio de la muerte. Ahora es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad.

Cuando me abandono a este sentimiento me invade a una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones».

Alguien que estuvo cerca de ella al final de su vida y que sobrevivió, recuerda la huella que dejó en él: «Conversar con ella era como hacer un viaje a un mundo distinto». Y le escuchó decir: «El mundo se compone de contrastes, pero, al final, nada quedará de esos contrastes, no quedará otra cosa sino el gran Amor».

Pastoralsj.org

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